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Domingo 04 de Septiembre de 2016

"La memoria no se aplaca por decreto"

La destacada politóloga Pilar Calveiro pasó por la ciudad para participar de unas jornadas en la Facultad de Humanidades y dialogó con Más. Crítica y rigurosa, dio su visión acerca de los cambios de paradigma que se están produciendo en el país e hizo advertencias acerca del rol del Estado.

"El orden neoliberal es extraordinariamente violento, aunque su discurso es un discurso que levanta lo light o lo flexible, desconoce el conflicto pero tiene un núcleo profundamente violento, sobre todo en el momento actual". Así lo afirma la destacada politóloga Pilar Calveiro, invitada a la apertura de las VIII Jornadas de Trabajo sobre Historia Reciente, donde brindó la conferencia "Reconfiguraciones del Estado y sus violencias en el neoliberalismo actual", en la Facultad de Humanidades de la UNR. Calveiro es argentina pero desarrolló su carrera y ejerce como docente e investigadora en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina es su libro más citado, en el que trabaja conceptos como la memoria, los derechos humanos, la represión durante la dictadura y sus formas políticas, y donde narra su experiencia personal por ser detenida desaparecida en distintos centros clandestinos. Desde 1979 está radicada en México.

—Con respecto al tema de la conferencia en las jornadas, ¿cómo explica la reconfiguración del Estado neoliberal que plantea?

—Parto de la idea de que estamos en una reconfiguración política que tiene que ver con una reconfiguración en el orden global; la globalización es una reorganización del capitalismo, y en esta nueva fase del capitalismo la forma de organización de lo económico es el neoliberalismo como característica general. Va a adoptar rasgos específicos y diferenciados según si un país es central o periférico. Pero todos están dentro de esta gran configuración llamada neoliberalismo, en términos de lo económico, que tiene también sus correlatos en la reorganización de lo político, de las subjetividades, de la cultura. El modelo neoliberal que estaba ya instalado y de alguna manera triunfante en buena parte de los países de América Latina, ha hecho hoy un avance en las sociedades que estaban tratando alternativas, en algunos casos más distanciadas del neoliberalismo, en otros menos, pero que buscaban alternativas para construir sociedades un poco menos polarizadas, más distributivas, defendiendo atribuciones de lo nacional y del propio Estado. Estas distintas experiencias, en Brasil, Ecuador, Bolivia, Venezuela, en Argentina (con el kirchnerismo) están siendo objeto de una ofensiva muy marcada de los grupos políticos que quieren instaurar un neoliberalismo radical y muy violento.

—¿Y de qué maneras se manifiesta esa violencia?

—Estos modelos neoliberales recurren a formas de una violencia efectiva, física, directa, al mismo tiempo que a formas de la violencia simbólica, comunicacional. Pero es importante no desconocer la primera dimensión, la directa: son represivos en primer lugar con los movimientos sociales; en segundo, con los grupos sociales excluidos, ya que se manifiesta en represión a la formas de organización de lo sindical, a la protesta, a la toma de espacios públicos. Se enfatiza en legislaciones y formas de organización de lo represivo que impiden estas prácticas. Son además represivos en términos sociales por el incremento del punitivismo penal. Lo que ocurre con los gobiernos neoliberales es que se incrementa la población que está en situación de encierro, se disminuyen las edades penales, junto con esto hay una violencia carcelaria muy importante, y a partir de allí hay una violencia estructural, que tiende a la exclusión y polarización social. Al mismo tiempo, en el discurso neoliberal los medios son aliados del modelo, porque éste se asienta en el poder corporativo y las corporaciones de las comunicaciones son parte del modelo, alientan los discursos, sostienen los proyectos y al mismo tiempo generan mensajes que exaltan lo violento y generan poblaciones temerosas: por el discurso del auge de la delincuencia, de los peligros sociales, por la construcción de enemigos amenazantes, y a partir de esto legitiman la violencia de Estado.

—Y en el caso de los países latinoamericanos, ¿cómo se instauró el neoliberalismo?

—En el caso de América Latina ésta instauración es muy temprana, de hecho el neoliberalismo se instala antes que en los países centrales. Chile es la primera experiencia, y justamente viene de la mano de las grandes violencias de los años setenta, como la dictadura pinochetista. En toda América Latina en ese momento se llamó las guerras sucias, pero que no fue otra cosa que la instalación de modelos represivos y violentos para impedir que los países del continente pudieran orientarse en una dirección diferente, y para resolver los múltiples conflictos sociales y políticos que había en ese momento, de manera de aplastar las disidencias e impedir cualquier alternativa política a un capitalismo, en aquel momento liderado claramente por Estados Unidos.

—¿Arrastramos en el presente violencias de las dictaduras?

—Arrastramos cosas de la dictadura y de antes, la dictadura no nació de la nada, fue producto de procesos largos y con fuerte arraigo en diferentes sectores sociales, las sociedades no producen procesos de la nada; hay violencias del Estado que son reflejo de continuidades de la dictadura: la portación de cara, el gatillo fácil... hay una serie de fenómenos que tiene que ver con violencias muy marcadas sobre ciertos grupos de la población que están ligadas a visiones autoritarias y excluyentes, que hizo su expresión más clara en el período dictatorial. Me parece que esto es una cuestión importante a trabajar y observar: cuáles son las violencias en el momento actual, y las formas de lo represivo que en el momento actual amenazan la participación de las libertades. Es importante estar muy atentos al respecto y poder reconocer las nuevas formas, porque una de las características del Estado es que tiene la capacidad de naturalizar las violencias, y que entonces parezcan como algo muy distinto y mucho más legítimo. Hay que tener una mirada clara y crítica con respecto a las violencias actuales y desmontar los discursos que tienden a legitimarlas.

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—A 40 años del golpe militar argentino se están generando nuevamente debates, ¿qué opina?

—En realidad no hay una memoria sino que hay diferentes memorias, y hay luchas de lo que se recuerda y de cómo se recuerda; eso es lo que está en este momento en juego. En esas memorias hay formas de construir lo que compartimos como sociedad y de cómo nos paramos en el momento presente. Lo que pasa con los dichos de Lopérfido o la situación de Hebe de Bonafini es interesante en el sentido de que lo que se está disputando no es tanto lo que ocurrió en los 70, sino cómo se colocan en el momento actual ciertos grupos de la sociedad civil y las organizaciones de defensa de derechos humanos, para sostener ciertos logros y ciertos acuerdos de la sociedad en relación con ese pasado —que es el presente—, o sea qué derechos esta sociedad va a seguir manteniendo, o no. El kirchnerismo tuvo su relato histórico y una forma de pensar la dictadura, el presente y los desafíos actuales de la Nación; el macrismo tiene otra forma de pensar el pasado, de construirlo y de plantear los desafíos argentinos. Creo que ahí hay una lucha entre estas dos miradas, que es política, de cómo se piensa el pasado y cómo se construye, estamos frente a eso. A lo largo de estos 40 años ha habido distintas prácticas y aproximaciones, no solamente a lo que ocurrió en los 70, sino a pensar el alfosinismo, el menemismo, el kirchnerismo. Este juego de las distintas miradas es un discurso que conocemos, no es novedad, lo que es novedad es que alguien en el gobierno lo haga. Lo que está diciendo Lopérfido es que el problema de los derechos humanos no tiene hoy la importancia que se le ha dado en gobiernos anteriores. Lo que plantea Hebe es que el hecho de tener el gobierno no implica tener un poder absoluto, la sociedad tiene una capacidad de respuesta, y estando en el gobierno no se puede hacer cualquier cosa. No hablan del pasado, hablan del presente.

—Entonces, ¿cómo podemos definir la memoria?

—La memoria nunca fue una cosa homogénea, si tomamos el campo de los organismos de derechos humanos, hay una perspectiva general compartida, pero hay distintas memorias que enfatizan en ciertos aspectos, y otras en otros aspectos. Esto es buenísimo, porque eso hace que los ejercicios de memoria puedan integrar distintas perspectivas, enriquece que sea un campo diverso y complejo. Se lucha por ver cuál es el relato que podríamos decir que predomina, y que se va a dar por verdadero. Esto ocurre permanentemente y es algo que no se puede zanjar de una vez por todas, estos distintos relatos van a estar en pugna siempre. Yo haría una diferencia entre lo que es memoria y lo que son los relatos históricos, las memorias son múltiples y están presentes y siempre se están modificando, y no son solamente relatos, son prácticas sociales que se van desarrollando, que implican distintos posicionamientos con respecto a los peligros y necesidades del presente. Ahora bien, toda forma de organización del poder político intenta construir un relato histórico, y en ese relato histórico van implícitas interpretaciones del pasado y del presente, por supuesto; lo que estamos es presenciando intencionalidades políticas en el presente.

"La memoria es extraordinariamente tozuda, no se la aplaca por decreto, aparece y aparece, y es una de las cosas que la hacen tan revolucionaria" / @PilarCalverio

—Las memorias hablan más del presente que del pasado...

—Creo que el pasado siempre excede a lo que se puede haber dicho de él, siempre hay cosas que pueden no haberse trabajado, lo que importa es cuáles son las cosas significativas para el momento presente. El valor político de los fenómenos está dado por su significación en el momento presente, sea de los 70 o de períodos anteriores o intermedios. Además, la memoria no necesariamente es resistente, tenemos distintos tipos de memorias, así como puede haber memorias que potencien las formas de resistencia en el presente, puede haber memorias paralizantes que lo que convoquen es el miedo, la inmovilidad. Lo que hace de la memoria una práctica resistente es que lo que traigo del pasado me permite actuar en el presente, y de una manera contrahegemónica, eso es lo que hace de la memoria una cosa resistente. El hecho de repetir gestas del pasado de una manera interminable puede no tener ningún valor político, lo importante es qué cosas moviliza la memoria en el momento presente. Es de por sí algo político, no puede no serlo, de lo que se trata es eso. Yo de las memorias de las que hablo son estas, y mi posicionamiento es contrahegemónico, las memorias que trabajo son memorias de carácter resistente.

—¿Qué piensa de cómo se fue haciendo memoria a través de estas últimas cuatro décadas?

—Cada sociedad hace su propio recorrido según ciertas condiciones: su proceso político, según las características culturales, según las relaciones de poder que están operando. El caso argentino es sumamente interesante, por la diversidad de prácticas y organizaciones que ha habido en el país; a través de todas estas organizaciones no se ha descuidado ni se ha dejado de insistir en todos sus procesos, en el juicio y el castigo de los responsables, por ejemplo. Esto tiene una importancia extraordinaria, la de establecer responsabilidad, juzgar y condenar, porque lo que el derecho estipula es un proceso fundamental para la sociedad: no solo —y en primer lugar— para las víctimas, sino que para la sociedad implica un reconocimiento colectivo de las cosas que no son aceptables en una sociedad. Creo que eso ha sido fundamental en el caso de la Argentina y muy claro, así como no tan claro en otros países, donde se ha eludido el juicio o se ha restringido sólo a los operadores directos y no a los responsables de las órdenes, y hay casos como en México donde ha reinado la impunidad más absoluta. Creo que esto en el caso argentino ha sido muy importante, creo que las prácticas de memoria tienen que ir mas allá de los juicios, con un procesamiento de lo vivido que implica otras cosas, tanto en el aspecto de los juicios como de las prácticas de memoria para toda la sociedad. Y es un proceso que vale la pena defender.

—Las prácticas de la memoria se construyen día a día...

—Siempre, la memoria es independiente de nuestra voluntad, está ahí, puede haber políticas para sostener la memoria, para propiciar prácticas de memoria, pero independientemente de eso, la memoria allí está y aparece una y otra vez. La memoria es extraordinariamente tozuda, no se la aplaca por decreto, no se puede obturar la memoria por decreto; aparece y aparece, y es una de las cosas que la hacen tan revolucionaria. Más allá de lo organizado por las instituciones que gestionan desde el Estado, lo más interesante y lo más rico son las otras memorias, son las prácticas sociales que implican procesamientos de la experiencia vivida, que se traducen en formas específicas de reorganización, lo importante son las memorias más vivas. La memoria tiene esta potencialidad, y aunque haya algunas memorias que no lo sean, la potencialidad de revolucionar, de modificar, cuestionar y polemizar con lo instalado es una dimensión importantísima de las prácticas de la memoria.

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