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Domingo 15 de Noviembre de 2015

La maternidad y la paternidad, una construcción

Tener un hijo, que generalmente responde a un proyecto de una pareja o una persona, no puede reducirse a su dimensión biológica.

Tener un hijo, que generalmente responde a un proyecto de una pareja o una persona, no puede reducirse a su dimensión biológica. La capacidad de poder engendrarlo no implica necesariamente que ese hombre o mujer tengan el deseo de ser padres ni estén preparados emocionalmente para serlo.
  La llegada del hijo repercute y reacomoda las relaciones de sus padres y éstos a su vez con la generación que los antecede. Un hombre se paternaliza y una mujer se maternaliza en un proceso en que se van constituyendo como padres, creando un vínculo paterno-filial que pueda sostener a un niño que les fue dado, posibilitando que posicionen a ese hijo como un sujeto.
  Función paterna en la que se juega el deseo inconsciente de recibir y acoger un hijo, biológico o adoptado, de darle un lugar, brindarle amor, cuidados y protección. Que el niño sea reconocido, significado y nombrado como hijo, adoptándolo, generando lazos afectivos entre los sujetos que están conformando este vínculo actual.
  El encuentro con el hijo produce en los padres, en un primer momento, un sentimiento de extrañeza. Si bien el deseo del hijo es potente a la vez es necesario “un tiempo interno de adopción”, tiempo en el que se van fundando sentimientos de pertenencia y filiación.
  El hijo produce una ruptura con la situación anterior de la pareja o del adulto adoptante. Es un acontecimiento nuevo, distinto, que moviliza todo el esquema que imperaba hasta ese momento. Es importante cómo se van tejiendo los hilos de esta nueva familia, las vicisitudes que acontecen en la construcción de la historia de ese niño. Un hijo se configura desde su singularidad, por eso es fundamental que los padres puedan respetar, aceptar e integrar su pasado que es parte de la vida de esa criatura.
  En este cruce de historias anteriores es fundamental que los adultos puedan ser sostenedores de los enigmas y misterios de su hijo para posibilitarle construir su propio saber.
  La disposición emocional y la elaboración subjetiva de los padres adoptivos es fundamental para el encuentro entre ambas historias: la de la pareja parental y la del niño, para apuntalar la creación de esta historia familiar que se inicia.
  Estos padres han transitado un doloroso proceso de desilusiones, desencantos, pérdidas, frustraciones y decepciones en el que han tenido que reflexionar profundamente y procesar cuestiones particulares. Atraviesan la especial situación de no haber podido engendrar a un hijo ya sea porque la biología no lo ha posibilitado o por ser personas solas o del mismo sexo.
  Socialmente se han generado diversas fantasías en relación al hijo adoptado: que son chicos con problemas, agresivos, con dificultades de aprendizaje o para relacionarse, entre otras. La importancia de lo genético, como el color de la piel, de los ojos, del cabello, colocada como un bastión subraya la discontinuidad entre lo biológico y el vinculo padre-hijo.
  Los adultos que adoptan muchas veces sienten el estigma “del no poder” en contrapartida a los que "si pueden”. Sumado esto al derrotero que atraviesan al buscar al hijo, menoscaba su autoestima haciendo tambalear su subjetividad, su posición en la vida, sintiéndose frágiles, vulnerables.
  Los padres que persisten en el ideal de la paternidad biológica o sienten temor a lo hereditario, o la historia anterior de ese niño, lo van a significar como un extraño, trabando la sana construcción de la relación con ese hijo y la aceptación como tal por toda la familia.
  Para los padres adoptivos no es fácil. Algunas veces pueden tener el deseo de borrar la pre-historia del hijo vivida en el proceso de adopción por miedo a ocasionarle un gran dolor o por no saber cual puede ser su reacción.
     Aparecen las dudas y fantasías de que el hijo quiera buscar sus orígenes, quedando ellos en un segundo plano.
  A partir del lenguaje y del pensamiento simbólico, el niño tiene la posibilidad de armar su autobiografía, acompañado en este hecho fundamental por sus padres adoptivos. Para que juntos puedan construir con el tema de la adopción formas propias de pensarla, de significarla de manera compartida. Un vínculo que contribuya a la unión creando una atmósfera afectiva y de confianza mutua. Dejando de lado las barreras y obstáculos silenciados en el contexto familiar.


Dar

  Por otra parte, en un tema tan particular, algunas personas se preguntan: ¿por qué una mujer decide dar a un hijo en adopción? Creo que habría que preguntarse sobre la autonomía de esa decisión de la mujer, cuando es tomada con convicción y responde a su deseo genuino.
  Pueden ser mujeres o adolescentes devastadas en su subjetividad, acorraladas, que no poseen los recursos internos ni externos que les posibiliten afrontar la realidad de un embarazo. Pero muchas son las razones conscientes o inconscientes que llevan a alguien a “esta elección”. La miseria, el abuso, la violencia, la inmadurez, el no deseo de ser madre, la enfermedad, la desprotección, la soledad, la alienación total, entre tantas otras.
  Poco se habla y se sabe sobre el dolor y el sufrimiento de estas mujeres cuyas historias generalmente quedan sumergidas en el silencio. Mujeres que no suelen nombrar lo que hicieron, algo que deja su huella imborrable.
  Vivimos en una sociedad muy moralista, llena de prejuicios y estructuras, que juzga duramente cualquier hecho que escape a su esquema. A la madre biológica se la ha nombrado de diversos modos que por sí solos marcan el desprecio social y el poder estigmatizante de las palabras. Hasta se les dice madres abandónicas.
      En el imaginario social todo el peso de la condena recae en las mujeres, nunca por ejemplo en el hombre que intervino en esa concepción, padre biológico con igualdad de responsabilidad en relación al hijo. Y  a veces ni se piensa en la multiplicidad de motivos que pudieron influir. Un tema sensible que vale la pena exponer, y del que tenemos que poder hablar.

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