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Domingo 16 de Octubre de 2016

La marea

Alguien lo había arrastrado hasta un pasillo en donde todos gritaban y lo atropellaban, y no podía siquiera poner el bastón en el piso o levantar la voz para que lo ayudaran. Las voces pasaban a sus costados y pensó que era posible que esa fuera la dirección, hacia adelante, entonces giró y fue en busca de la pared para ubicarse. Se movió quizá dos metros y la encontró, y cuando apoyó la palma de la mano tuvo que sacarla, porque la pared estaba hirviendo. Se quemó y puso el hombro, amortiguando el calor con la camisa. Se hacia cada vez más difícil respirar y empezó a escuchar tosidos y arcadas. El olor era de algo quemado, pero no al que estaba acostumbrado: el de las hojas marchitas incendiadas en el cordón o el de la electricidad fundiendo el plástico. Era una marea penetrante y ácida, una mixtura de toda forma de combustión.

Otra vez lo agarraron del brazo y lo llevaron. Le hablaban al oído o intentaban hacerlo, porque el murmullo era agitado y lento, casi imperceptible. Los pies le temblaban y con el empuje temía caerse de boca, pero entendía que estaban nadando en un tropel asustado e inconsciente, como las vacas que avanzan por el corral hasta el rifle sanitario. Lo soltaron en un espacio en el que pudo respirar y era sin techo, quizá la calle, porque los gritos no se encimaban en el eco y se perdían o alargaban en el aire, y porque había una claridad que no era artificial. Empezó a caminar entre las corridas. Apagó el dispositivo del bastón porque no paraba de zumbar y eso lo confundía; se concentró en los pequeños golpes que chasqueaban el piso. Sentía el sol en la espalda y en la cabeza, el sudor le bajaba de las axilas y del cuello, lo sentía también en las sienes y en los pliegues del abdomen. Ya estaba mareado y necesitaba tomar agua, tenia la garganta seca y rasposa, como si hubiera tragado arena. Todavía le costaba respirar. Pidió agua a los que pasaban cerca de él, con firmeza y después con algo de desesperación. Se acercó a las vidrieras y lo supo cuando levantó el bastón y sonó a vidrio.

Siguió caminando junto a la vidriera hasta que se terminó. No había sol en ese lugar, ni vértices que unieran las paredes, entonces pudo identificar la esquina. Era la entrada a la tienda. No sólo había sombra, sino que además venia una corriente fresca desde la puerta. La siguió hasta entrar. El silencio era absoluto. Por alguna razón se habían ido todos y habían dejado las luces y el aire acondicionado prendidos. Podía sentir el vacío, la ausencia de la energía de los cuerpos, de las vibraciones o los quejidos de los músculos al caminar. Le resultaba difícil moverse entre los percheros y los estantes. Encendió el dispositivo y fue armándose un camino. Recordaba que detrás de la línea de cajas había un dispenser de agua y se decidió a encontrarlo, como una pequeña meta, un islote de coral a mitad del océano eterno. Siguió recto hasta que se topó con el mostrador y lo rodeó. Las cajas registradoras estaban abiertas y vacías, y los teléfonos descolgados silbaban como alarmas, y se dio cuenta de que había incorporado ese chillido como si fuera parte del silencio. Llegó al dispenser y puso la boca en el vertedor, el agua le recorrió el pecho por debajo de la ropa, aliviando el sopor que traía adherido al cuerpo. Se refrescó la cabeza y por un segundo tuvo frío. Permaneció apoyado en el mostrador, pensando, recuperando en la memoria el lugar y construyendo un mapa mental de habitaciones y de tiempo.

Salió de la línea de cajas y fue hasta las escaleras mecánicas. Había estado tratando de recordar cuál de las dos subía. Sería cuestión de suerte. Eligió la de la derecha y arrimó el pie, pero pisó con fuerza y la cinta lo arrastró hacia abajo. Cayó sentado y el borde del escalón le impactó en la cintura. El dolor le subió por toda la espalda y cuando llegó al final no podía ni moverse. Las piernas estaban entumecidas y los músculos de la espalda se habían aferrado a la columna y la apretaban hasta torturarlo. Intentó ponerse de pie antes de llegar al final de la escalera y que lo chupara, y extendía el brazo hasta el pasamanos y se resbalaba. Se dio cuenta de que si hubiera hecho eso antes de poner el pie, hubiera comprobado la dirección de la escalera, y eso era algo que solía hacer en ese mismo lugar, y sin embargo lo había olvidado. Con mucho dolor pudo incorporarse, saltó la ranura y se arrastró hasta una pared para dejarse caer y descansar. En otro momento se hubiera acordado de eso. Quizá no fuera la vista, quizá fueran los años, el tiempo que borroneaba los recuerdos más útiles. Quizá no olvidara nunca el sabor de la carne, de la primera y la última noche de las que tenía conciencia. Pero se había olvidado de cómo subir una escalera mecánica. Logró subir y fue directo al oeste de la entrada, en donde recordaba que estaban las camas y los muebles. Se sacó los zapatos y las medias. Un hedor viscoso empezó a acosarlo y sintió vergüenza, hasta que volvió a caer en la cuenta de que estaba solo, completamente solo.

Se despertó sudando. Había tenido frío en un momento y le dio pereza levantarse y buscar algo con qué cubrirse, y se quedó acurrucado, defendiéndose con los brazos y las piernas. Pero ahora tenía el colchón pegado a la espalda. Se levantó para secarse y cuando apoyó las plantas de los pies en el parqué, sintió la madera caliente. Buscó una pared con desesperación para comprobar su sospecha y empezó a llevarse todo por delante, los muebles y las sillas de los espacios de espera. Una de las que pateó tenía el bastón y los pantalones y perdió tiempo gateando por el piso hervido, el gato en la jaula electrificada de aquella película. Bajó por las escaleras que estaban inmóviles. El reflejo que percibía venía de los ventanales y no sabía si era la luz del día o las llamas que ya habían llegado. Salió a la calle. Pudo sentir cierta luz natural desde arriba, que era por momentos ensombrecida por alguna nube despareja. La nube hacía ruido, el aplauso frenético de las aves en fuga, con los chillidos y el roce de las alas. La oscuridad fue total y pudo oír también gritos humanos desde los rincones, vidrios cayendo y las sirenas.

Avanzó hasta cruzarse con algo que no pudo rebasar. Tanteó con el bastón y supo lo que era sin necesidad de acercarse, pero no pudo ignorarlo. Se arrodilló y trató de encontrar la muñeca para tomarle el pulso. No podía oír si respiraba o no, había demasiado escándalo alrededor. Le acarició la cabeza, parecía ser una mujer. Fue bajando con los dedos, quería ponerlos debajo de la nariz para comprobar el aliento. No respiraba. Siguió hasta la boca pero se asustó cuando no encontró los labios, tenía las encías expuestas. Algo se movía y no era el cuerpo, y cuando empezó a sentir los aguijonazos en las manos y en las piernas, alguien lo levantó y lo apartó.

Vamos amigo, está caminando para el otro lado.

¿Qué mierda era eso? —les preguntó mientras se alejaban—.

De todo había ahí, palomas, gorriones, lo que venga. Se enloquecieron con el humo, o con el calor. No sé. Pero no suben a más de dos o tres metros y van derecho para el agua, hacia las islas, como nosotros. No son boludos, ¿sabe?

Ahora caminaban apurados, pero lo llevaban al ritmo del paso de todos y eso le daba cierta seguridad. El calor era siempre el mismo, por más que se alejaran. Alguien llegó corriendo y con él otros gritos y voces, y movimientos caóticos que desmadraron la marcha.

Se plantaron por calle San Lorenzo —escuchó—. No nos dejan pasar para el norte y el viento embolsó el fuego por el sur y el oeste. No nos queda otra que seguir por acá.

La caminata se hizo más lenta. Sentía la presión de los brazos y los hombros que lo amurallaban, y entendió que era el fuego que iba ganando las paredes y los techos que los rodeaban. De pronto se frenaron y oyó los disparos. Eran secos, estampidos aislados chasqueando sobre los otros sonidos posibles. Ya no sintió los abrazos, ningún contacto. Se concentró en las pisadas a su alrededor, borceguíes, zapatillas mudas por el asfalto, el aplauso de los pies descalzos, los cuerpos cayendo, algún gemido. Después se quedó solo otra vez, con el zumbido del plomo arañándole los oídos.

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