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Martes 24 de Marzo de 2015

La maestra de la alegría infinita

Día de la Memoria. La historia de Graciela Lotufo, una joven docente rosarina víctima de la dictadura cívico-militar. Militancia y trabajo necesariamente se combinaban para esta mujer con estudio y formación.

Graciela Elina Lotufo tenía sólo 26 años cuando se la llevaron el 14 de abril de 1977 de su casa, desde entonces está desaparecida. Daba clases en el Colegio Nuestra Señora de la Asunción, de Rosario. Había egresado del secundario con notas brillantes y nunca dudó que su lugar estaba en la educación, en el trabajo de la enseñanza. Militaba por los derechos de las maestras y maestros, pero con el sueño de querer unir en una misma lucha a los docentes públicos y privados. Y si en algo acuerdan todos los que la conocieron, es que era una maestra de una alegría infinita.

La historia de Graciela, junto a la de otros docentes víctimas de la dictadura cívico militar, fue recogida hace varios años por el profesor Fernando Mut cuando integraba el Equipo de Investigaciones Históricas Memoria Maestra de Amsafé Rosario. En una entrevista publicada por este medio (Educación 24/03/2012) Mut contaba: "Lo particular de Graciela, entre todos los compañeros asesinados y desaparecidos, es que ella trabajaba en la enseñanza privada. Era docente y sindicalista, y trató de lograr la unificación con los maestros de la pública".

En medio de esas reuniones y participación que tenía la joven maestra a principios de los años 70, surgieron el Sindicato de Trabajadores de la Educación de Rosario (Sinter) y la Asociación de Educadores de Enseñanza Privada (Aeedep). En esta última organización fue secretaria gremial. En aquella entrevista, Mut destacaba que otro rasgo que distinguía a Graciela Lotufo era la de defender al maestro como un trabajador de la educación, un principio que se plasmó cuando se constituyó (en 1973) la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (Ctera).

"Era una mujer super alegre, muy activa, estaba en todas las movidas alentando con los cánticos, con la guitarra, incluso hasta en la escuela. Todos rescataban su jovialidad y su alegría", subrayaba el profesor Mut de la maestra. Un perfil que sus propias compañeras de trabajo y militancia sindical apoyaron con sus testimonios. "Graciela participaba en todo y estaba siempre dispuesta, tenía un humor contagioso, hacía el chiste oportuno cuando estábamos agotados, y era la que daba la orden de parar un rato a comer un sándwich o una porción de pizza, era el rato de las anécdotas", tal como había contado una colega, Cristina de Pauli.

Militancia y trabajo docente necesariamente se combinaban para Graciela con estudio y formación. Para ella era indispensable que los profesores y maestros estuvieran formados. "Graciela estuvo en uno de los primeros grupos que se formó dentro del Sinter, el grupo «Contenidos», que estaba preocupado por debatir la teoría. Fueron los primeros en leer a Paulo Freire y su Pedagogía del Oprimido, en hacer grupos de estudio, en discutir la currícula, era la generación de Maestro Pueblo, Maestro Gendarme (nombre con el que se tituló el libro de María Teresa Nidelcoff)", rescataba Mut en aquella entrevista.

Es fácil de imaginar que las clases de Graciela dejaron huellas profundas en sus alumnas. Una maestra cargada de optimismo, preocupada siempre por su formación no pasa inadvertida. Tan es así que cuando su rostro se plasmó en un mural de realización colectiva los testimonios de afectos sobraron para concretarlo. "Un día nos llega un mail, donde alguien se presenta como alumna de Graciela en la escuela Asunción. Nos cuenta que tiene relación con los artistas del Colectivo Arte y Memoria, y que le encantaría que se pintara un mural de ella, de su maestra de 6º y 7º grados, de la que todavía conservaba una foto del viaje de estudios a Capilla del Monte. La verdad que cuando un alumno quiere tanto a un maestro, eso es matador, porque a nosotras nos gusta que los chicos nos quieran", contó la profesora Claudia Abraham, en aquella misma nota publicada hace tres años.

En 2013 y cuando se cumplieron los 30 años de regreso a la democracia, el Ministerio de Educación de la Nación recordó y rindió homenaje a los docentes víctimas de la dictadura, que en la Argentina alcanzan al número de 600. Lo hizo a través de los nombres de Isauro Arancibia, el maestro tucumano, fundador de la Ctera y primer asesinado en el primer minuto del 24 de marzo de 1976, junto a su hermano Arturo. En su cuerpo se contaron más de 100 balazos. También en el de Marina Vilte, la maestra rural jujeña y otra educadora que fundó la confederación de trabajadores de la educación. Y además recordando a la maestra rosarina Graciela Lotufo. Los murales con estos tres rostros permanecen ahora en la sede del Palacio Sarmiento.

En aquel acto, quien era entonces la secretaria general de la Ctera, Stella Maldonado (fallecida el año pasado), citando a Isauro Arancibia, compartió: "No hay maestro cierto y auténtico que no esté comprometido con la lucha y con la liberación de su pueblo". Razón más que suficiente para que la memoria de las maestras y maestros desaparecidos estén siempre presentes en todas las aulas y educadores.

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