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Domingo 27 de Enero de 2013

La liturgia desplazada por la locura

La rivalidad del clásico rosarino se celebra hace décadas como una cualidad valiosa, como algo que no se da en ninguna otra ciudad, como una distinción digna de ser difundida con fines turísticos  

La rivalidad del clásico rosarino se celebra hace décadas como una cualidad valiosa, como algo que no se da en ninguna otra ciudad, como una distinción digna de ser difundida con fines turísticos. El fenómeno que parcela espacios urbanos bajo la adhesión a un club existe en todos lados pero en Rosario, hace unos años, parece ir más allá de lo deportivo, asumiendo en determinados grupos de simpatizantes las características de un credo que da sentido último a la vida y que produce con ello efectos cada vez más violentos.

   La persistente guerra de pintadas, la sucesión de atentados previos a los recientes clásicos pautados y la trastornada situación que derivó en la suspensión del partido del domingo son algo inaudito. Nada parecido había pasado en el centenar de años en que Newell’s y Central llevan midiéndose. El clásico se convirtió en un serio problema de orden público. Pero no porque exista una confrontación mayoritaria entre hinchas auriazules y rojinegros. Lo que hay es una mayor gravitación de grupos minoritarios que con sus posiciones y sus acciones predisponen a la violencia. Y al hartazgo de la mayoría.

   Estos grupos consistentes y menores tienen diferencias con los factores de violencia tradicionales de las llamadas barras bravas. Los integran en buena parte personas —la mayoría de menos de 35 años— que no proceden ya de sectores populares sino de clases medias desahogadas, formados en buenos colegios y con acceso regular a bienes de consumo materiales y simbólicos. Y que en la bandera, la simbología y la gestión de los clubes descubren los ideales de cohesión que no encuentran en la política partidaria o universitaria o en los grupos de interés que militan por cuestiones medioambientales, urbanísticas o colectivos sexuales.

   En el fenómeno de las pintadas se activa algo que va mucho más allá del daño al patrimonio urbano. Los que las hacen no son delincuentes pero incurren en conductas activadoras de violencia si, como ya ocurrió, un grupo de Central y otro de Newell’s se cruzan. Y a veces entran de lleno en el delito. Un ex jefe de seguridad de un club lo expuso así: “Muchos pibes de estos saludarían a un conocido que ven casualmente en la calle con la camiseta del otro equipo. Pero si están en grupos se enfrentarían con lo que tengan a mano sin dudarlo”. Y no pocas veces alguien que está en esos grupos, que se mueven en autos con las brochas y los tachos, tienen acceso a un arma de fuego.

   Estos grupos encuentran en la bandera, en definitiva, una motivación colectiva. El tema es que lo hacen a veces con los rasgos irracionales de los fundamentalismos religiosos que tienen como principal correlato la negación del diferente. El sociólogo Zygmunt Bauman dice que las creencias no necesitan ser coherentes para ser creíbles. En la forma de conducir una institución siempre hay ideología, en la mera pertenencia a un club no. Pero en ese proceso de selección que hace al abrazar a su club, el hincha fanático arma una narración donde la glorificación extrema de la bandera propia no deja lugar para el otro. Ni siquiera para pensar que el otro —que a veces vive en frente, o fue al mismo colegio o está en su familia— es un igual que hace exactamente lo mismo.

   Las cosas cambiaron para peor. Y es tiempo de revisar al folclore del fútbol como elemento intocable. Un grupo de hinchas de Newell’s con peso en la vida institucional en el club articuló su principal demanda reciente en la exigencia de jugar el clásico con público visitante para cargar a su rival por el descenso a la B. Eso es una irresponsabilidad condenable. Si la situación fuera a la inversa sería lo mismo. Y lo es porque a estas alturas la exacerbación de la emotividad puede llevar a resultados sangrientos. No por nada mucha gente desistió el domingo pasado de ir a la cancha.

   Un lingüista llamado Marc Angenot dice que toda sociedad genera, en virtud de sus procesos históricos, reglas sobre lo que se puede y no decir en cada época. Y que esas reglas dan o quitan a los discursos posiciones de prestigio. En toda la sociedad hasta ahora el folclore de la hinchada ha sido validado como algo puro y noble. Pero la exacerbación sin límites del folclore se convirtió en un factor de violencia que debe ser desactivado. No se puede seguir dandole prestigio a algo que lleva a una violencia que en Rosario se manifiesta en escalada y que es motivo de inquietud para mucha gente.

   La rivalidad, el corazón, la liturgia del fútbol son un fenómeno mundial y para nada negativo. Pero en Rosario grupos que no son una mayoría, y están adentro de los clubes, han llevado la exaltación de sus propias consignas a un extremo entre mesiánico y bizarro, que es un acto preparatorio de la violencia. Eso es lo que hay que desmontar. Es preciso desacreditar el fenómeno de las pintadas, de la logística y de la financiación que eso implica como un hecho aceptable de la cultura popular. Adentro de la sede de Newell’s el domingo había un arma de fuego. Gente que estaba adentro del club desconectó las cámaras de vigilancia. Y además le pegaron un tiro a un policía. Fue grotesco ver que un directivo del club filmara y gritara al ministro de Seguridad. Eso más allá de las tremendas flaquezas del operativo preventivo, que es motivo de otra nota.

   Los clubes, sus dirigencias, tienen en esto una responsabilidad indelegable en identificar esas conductas y demostrar que no las amparan. Para quitarles definitivo prestigio a esas voces y esos actos.

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