Opinión
Martes 13 de Septiembre de 2016

La izquierda líquida

España. En algún momento habrá que plantearse la devolución de los puestos de trabajo perdidos, los montos recortados al gasto social y las viviendas a las personas desahuciadas.

La pelea por el reparto de sitios en el Congreso en el inicio de la anterior legislatura española es una metáfora del espacio en el que quieren arrinconar a la clásica discusión del eje que articula el pulso ideológico entre la izquierda y la derecha. La manida transacción de las "sillas" se redujo esta vez al lugar de exposición y no ya al mero reparto de cargos al que alude usualmente el término. "Mandan a los diputados de cinco millones de personas al gallinero", se quejó Íñigo Errejón, diputado de Podemos, quien entonces también acusaba al resto de partidos de ejercer un "desprecio patricio" hacia la formación emergente. La pretensión de los escaños en primera fila tiene, de todos modos, un sentido capital: en una democracia del espectáculo, la visibilidad es imprescindible. La CNN usaba un eslogan que afirmaba: "Está pasando, lo estás viendo". Si no lo vemos, no pasa.

El neoliberalismo ha conseguido reducir la acción política a su mínima expresión convirtiéndola en puro espectáculo. Francis Fukuyama no argumentaba desde esta perspectiva el fin de la historia. Si bien hablaba de una superación de la tensión de la política a través de la economía, no vislumbraba un futuro trufado por la telerrealidad. Su imagen de lo ideal era una superación de las contradicciones a través del marco referencial del liberalismo: libertad, orden, tecnología y distribución equitativa a través del mérito.

Lo cierto es, y resulta curioso, que la opinión pública en España entra en la discusión a través de Podemos y no mediante un referente conservador que declare su triunfal supremacía. Pablo Iglesias lo expresa claramente: "Nosotros hemos dicho que la dicotomía fundamental es entre la gente y la casta, entre oligarquía y democracia, entre una mayoría social y una minoría de privilegiados que están utilizando la política para defender sus ingresos". La clases son sustituidas por la casta y la gente, los de arriba y los de abajo. Estas categorías son líquidas y su plataforma política también. El relato de Iglesias en la última campaña lo dejó claro al expresar su pertenencia a una socialdemocracia primigenia, anterior a la caída del Muro de Berlín. Claro que, siguiendo sus reflexiones, ese encuadre también se aleja de la izquierda: "Izquierda y derecha son metáforas que expresan cosas, y cuando dejan de expresar lo fundamental, que es esa dicotomía entre las mayorías sociales y las oligarquías, dejan de ser útiles en términos políticos".

No fue menor el impacto que produjo Margaret Thatcher al declarar que su mejor logro era Anthony Blair. Si bien la afirmación no deja de ser una boutade, socialistas como el primer ministro francés Manuel Valls, que impulsa a través de decretos reformas neoliberales para evitar el voto en contra de los diputados de su propio partido, demuestran la solidez de la ironía de Thatcher. Más aún: Valls opina que hay que cambiar el nombre de su formación ya que "socialismo" no es un nombre que se adapte a la realidad actual. No le faltaba razón a François Miterrand cuando, poco antes de morir, dijo que él era el último político francés: "Después de mí, nadie podrá hacer política, solo podrán gestionar aquello que los economistas decidan".

La realidad que menciona Valls quizás no sea la misma a la que recurre el presidente Mariano Rajoy cuando la invoca para justificar sus contradicciones, que no son pocas, pero seguramente ambas se vinculan con aquello que Jean Braudillard definió como simulacro de la realidad, la construida por los medios de comunicación. Llamémosle telerrealidad para aludir el reality show que ha reemplazado al suministro informativo para producir la información misma. Prueba de ello es el desplazamiento que se produjo desde hace un par de años a esta parte de los programas centrados en la vida privada de los famosos y los famosos por relación para instaurar en el prime time tertulias políticas sin mayor contenido sustancial que el formato que le precedía.

En la anterior legislatura, durante 111 días asistimos a un debate que comenzó con las sillas del "gallinero" y terminó con la disolución de las Cortes después de escenificar un desencuentro que no fue en ningún momento político ya que, al parecer, después de valorar el resultado electoral, todas las formaciones miraban el horizonte de las nuevas elecciones de junio y ejercitaban movimientos tácticos para que la audiencia no tomara conciencia directa de esta estrategia.

En ese sentido, Pedro Sánchez puso de manifiesto el supuesto carácter líquido de las ideologías cuando, después de haber hecho una campaña en la que no dejó de señalar el perfil conservador de Ciudadanos y denunciar su vínculo táctico con los populares, pactó con ellos para impulsar su investidura presidencial. Más significación cobró ese hecho ya que la maniobra se consolidó al mismo tiempo que estaba oficialmente sentado en la mesa a cuatro convocada por Alberto Garzón, en la que convergían el Psoe, Izquierda Unida, Compromis y Podemos. En la siguiente campaña electoral, Sánchez cambió de categorías nuevamente al rechazar el populismo de Unidos Podemos y pedir el voto de los "comunistas de corazón". Desde su mirada hay cierta coherencia en esta expresión ya que descalifica con el elogio a la razón comunista. En esto pareciera coincidir con Vladimir Putin cuando aseguró que "el que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza; el que lo eche de menos no tiene corazón".

El sociólogo y político socialista José Andrés Torres Mora no esquiva la afirmación de Thatcher sobre Blair y cuestiona la biografía política de la izquierda clásica remitiendo, sin ir más lejos, a los conflictos ideológicos de Alexis Tsipras en la gestión de la crisis griega. Asume, Torres Mora, la crisis de la izquierda pero no acepta su extinción como tampoco reconoce que exista más de una izquierda: "Nunca he creído que haya una izquierda a la izquierda de los socialistas o socialdemócratas, si por estar a la izquierda se entiende un mayor compromiso con la libertad, la igualdad y la justicia social".

Así como todos los ríos van al mar, se pudo constatar que, a pesar de la pregonada dilución los referentes ideológicos tradicionales o de su reinterpretación desde diversas perspectivas, los resultados electorales del 20D y el posterior desarrollo de la ínfima legislatura recondujeron la transversalidad hegemónica en parcelas para un poder posible. El encuentro de la izquierda clásica con Podemos ha sido una muestra evidente de ello.

Alberto Garzón, férreo arquitecto de una confluencia amplia, consiguió su voluntad sin renunciar a ninguno de sus postulados ideológicos. Es más, si bien atenuó su lectura del contexto político no resignó un ápice a su marco teórico. "La metáfora de izquierda y derecha viene a simbolizar una dicotomía y una de ellas es la de arriba y abajo; es decir, izquierda-derecha expresa peor lo que quiso decir Marx, porque arriba y abajo plantea una fragmentación respecto a las condiciones materiales de vida e izquierda y derecha lo hace respecto a las condiciones superestructurales, que tienen que ver con la ideología".

En las últimas elecciones en España, las del 26 de junio, el relato demoscópico opacó la exposición de ideas y las encuestas eran leídas como argumentos sólidos para construir narraciones. Sánchez apelando al voto comunista después de su hermandad con Ciudadanos e Iglesias reivindicando a Rodríguez Zapatero no fueron los únicos en propalar mensajes ambiguos. Albert Rivera, candidato de Ciudadanos, rozó el realismo mágico al convertir a Venezuela en un inesperado distrito electoral y Mariano Rajoy intervino en el debate sobre la existencia de la izquierda afirmando que está claro que ésta gozaba de buena salud y que además tenía un carácter extremadamente radical y destructor.

Todo esto transcurría con unos datos económicos y sociales que si se modifican es solo a peor: se avecinan nuevos recortes, el carácter estructural del paro se estabiliza y el futuro de las pensiones es incierto a dos años vista. Al igual que ante el Brexit toda la atención estaba focalizada en la volatilidad financiera y se ignoraba a la social como principal impulsora del resultado del referéndum, aquí el espectáculo demoscópico ocupó más atención que las causas y las posibles soluciones de los problemas que afectan al cuerpo social.

Cuando se disolvió el Partido Comunista Italiano se realizaron asambleas en todo el país para votar su disolución. Como nadie sabía cómo se iba a llamar a la formación que surgiera de ese proceso, se referían al nuevo constructo como "la cosa". Así tituló Nanni Moretti un documental que registra muchas de las intervenciones de los militantes en aquellas sesiones en distintas ciudades de Italia. En una de ellas, un viejo partisano pide la palabra y expresa que no votará a favor ni en contra pero que en el caso de que se decida disolver el PCI exige que se le devuelva la pierna que perdió luchando contra el fascismo.

Se puede negar la existencia de la izquierda y continuar, incluso, adelante con el simulacro de la realidad, pero en algún momento habrá que plantearse la devolución de los puestos de trabajo perdidos, los montos recortados al gasto social y las viviendas a las personas desahuciadas.

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