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Domingo 21 de Agosto de 2016

La irrupción de lo inesperado

En El pensamiento de la crítica, el rosarino Alberto Giordano vuelve a lidiar con los estereotipos sin abandonar jamás los límites de su disciplina. Juan José Saer, entre los escritores que son objeto de su personal mirada

En un cuento de Elvio Gandolfo, recientemente compilado en el contundente Vivir en la salina (Caballo Negro Editora, 2016), una mujer y un hombre mayor se encuentran en la entrada de un espectáculo: “Por eso asintió vagamente a lo que la rubia le decía: opiniones pesimistas, forzadas, ingeniosas sobre gente o películas o lugares o sitios de trabajo que los dos conocían, catalogando, criticando, ubicando todo”.

Tanto en las conversaciones cotidianas como en las operaciones que lleva adelante la crítica académica, uno puede reconocer ciertos protocolos que garantizarían la comunicación y la inteligibilidad, pero al mismo tiempo el tedio, la falta de sorpresas, la profusión de lugares comunes (aunque hayan sido adquiridos con tesón profesional).

Alberto Giordano, un crítico académico con unos cuantos libros en su haber, exhibe y asume, desde hace años, una persistente incomodidad respecto de los protocolos disciplinares. No compartiría seguramente el resentimiento de ese personaje femenino, señalaría un matiz para objetar alguno de los estereotipos esgrimidos, haría lo posible para que el mundo circundante no desalojara sus dosis vitales de misterio. Una de las preguntas que hay que hacerse es hasta qué punto dicha incomodidad trastoca los cimientos argumentales de su escritura, en qué grado sus textos cumplen con las normas del oficio académico y con qué intensidad las decepcionan. Porque el mérito (o no, depende de quién lo mire) de su apuesta radica en la asunción de un lugar enunciativo que no quiere (o no puede, aunque la solapa del libro, que hace referencia a un libro por venir, parece desmentir esta imposibilidad) abandonar ciertos límites disciplinares.

Los artículos que compilan sus libros, leídos en jornadas o congresos, o publicados en revistas especializadas: ¿son ensayos, como algunas veces él mismo los llama, o poseen más bien cierto pathos ensayístico que los perturba? Nosotros nos inclinamos más por esto último: en dos ocasiones, Giordano advierte: “Soy un profesor que escribe”. En otro momento arriesga la identificación de sus posibles lectores, para terminar de componer la situación comunicativa que virtualizan sus textos: otros profesores, algunos alumnos, algunos interesados del campo literario. Entre las muchas cosas a las que hace referencia la fórmula “profesor que escribe”, está la de asumir los riesgos de la escritura al tiempo que no se abandona cierta impronta expositiva: su prosa elegante y espesa conceptualmente recurre a la paráfrasis permanente, y a los ejemplos también, en un intento, sin embargo, por aclarar y hacer más comprensible un lugar de lectura que se niega a la facilidad de afirmar moralmente posiciones reductoras cuando se ocupa, entre otros objetos de indagación, de los diarios de Rosa Chacel o Julio Ramón Ribeyro o las novelas de Daniel Guebel.

Si tuviéramos que explicarles a los no iniciados en qué consiste ese lugar enunciativo que uno de los mejores críticos académicos que ha dado nuestra ciudad hace suyo, podríamos formularlo de este modo: para Giordano, la literatura es una experiencia que afecta al lector, esto es, hace que su vida se vuelva (o pueda volverse) más interesante, y lejos de confirmarle los valores con los que respira a diario, se los suspende; propicia que algo inesperado irrumpa y se vuelva idea, sentimiento, sensación para seguir viviendo y leyendo (algunos artículos, como los que tratan sobre la teoría queer o sobre textos autobiográficos uruguayos, testimonian esas experiencias). Escribir crítica, entonces, consiste en guardar fidelidad a esa afectación, es dar cuenta de ella, aunque no sea funcional a su lógica profesional (se esperan afirmaciones de quien sabe más, de un especialista). Se trata de una idea optimista de la crítica, que lejos de inhibir se propone estimular la lectura: los textos siempre están abiertos a suspender el tedio de nuestra sensibilidad y pensamiento (por eso Giordano puede volver al ensayo y a la escritura intimista, a Borges, a Puig o a Felisberto Hernández), un detalle puede alumbrar su singularidad, su rareza, los lectores siempre están a tiempo de rozar el misterio de una vida si se mantienen receptivos y a la escucha.

El decoro (esa falta de exabruptos que a algunos exaspera) de la prosa de Giordano, y que es una marca de estilo en él, muestra aristas inquietantes cuando el articulista advierte que algunos críticos no lo respetan, como si ese fuese el tono que todos debieran sostener a ultranza. Tampoco ese decoro le impide discutir con sólidas posiciones críticas (Beatriz Sarlo, Josefina Ludmer, Reinaldo Laddaga, entre otros) o señalar objeciones a quienes reconoce aciertos o posiciones compartidas (María Teresa Gramuglio, Juan José Saer).

Y acerca de este último, un aporte “coyuntural” e interesante del libro: a propósito del año de homenajes institucionales a Juan José Saer recientemente iniciado en nuestra provincia, uno de los tres apartados del libro (“Galaxia Saer”) se vuelve más que propicio para seguir leyendo con interés la obra del narrador y crítico santafesino, algo más que plausible si se piensa en los efectos neutralizantes que suele provocar el reconocimiento institucional.

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