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Domingo 03 de Julio de 2016

La infancia como mito

No es la primera vez que Marita Guimpel emplea como disparador de una propuesta artística sus cuadernos de la escuela primaria que, según he podido comprobar, conserva en un inusual estado de conservación, como un tesoro muy preciado.

No es la primera vez que Marita Guimpel emplea como disparador de una propuesta artística sus cuadernos de la escuela primaria que, según he podido comprobar, conserva en un inusual estado de conservación, como un tesoro muy preciado.

El mítico mundo de la infancia es para Guimpel un refugio y un filón que no se agota en la estéril remembranza. Si los antiguos creían que el tiempo es circular y uno puede abrevar de la misma fuente una y otra vez, en infinitas ocasiones, el pasado, lejos de ser un peso muerto como generalmente se lo piensa, sería un "momento" siempre vivo y, consecuentemente, pletórico de posibilidades latentes.

Hace algunos años pude apreciar una muestra de Marita en la que recreaba, con los recursos de la fotografía, los pequeños vestidos de cuando era una niña. Allí se deleitaba con la cuidada elección de los encuadres, no menos que con la exaltación de algunos detalles muy precisos, como una vieja puntilla —primorosa—, o un bordado despaciosamente ejecutado.

Pero en el caso de Yo me vuelvo reflejo…, título que es un sonoro hemistiquio tomado de un poema de Alfonsina Storni, Marita incursiona en otro campo, tal vez más difícil y aventurado que el de la imagen plana. Aquí pretende materializar en el espacio esas "ilusiones", nos dice ella, que comenzó a acumular (gustosamente o no) en el repertorio de su imaginación, desde una lejana (¡y sin embargo tan próxima!) primera infancia.

La mesa familiar, los vestiditos ajados y amarillentos, la poesía con su música omnipresente, los helados como la recompensa tan deseada, los afectos como fantasmas que se empeñan en no desvanecerse, y hasta "la patria" como entelequia a la vez hipertrofiada y absurda, son los temas que la artista transforma en objetos, porque ellos "objetivan" la ilusión o, para mejor decir, "son" ilusión.

"Acumular" (acumular portarretratos, escarapelas, vestiditos con olor a humedad o cucharitas de helado de vivos colores), es hacerse uno con el mundo para después "volverse reflejo", porque volvernos reflejo es, en definitivas cuentas, la única posibilidad de persistir con que contamos en este plano de la realidad, sin correr el riesgo de disgregarnos en la nada.

Volverse reflejo es a la vez neutralizar la ilusoria tiranía del tiempo (el mito de la infancia no está distante sino aquí, al alcance de mi mano), e instalar la ilusión como el único camino que tiene el hombre para cumplimentar su destino.

Grandes temas que sólo la filosofía y el arte pueden plantearse seriamente y tratar de "resolverlos", si es que cabe el uso del término, cada cual a su manera y con las herramientas que les son propias.

Rubén Echagüe

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