Corrupción
Domingo 27 de Noviembre de 2016

"La impunidad del maltrato en las cárceles de Santa Fe es abrumadora"

Virginia Créimer es médica forense especialista en medicina legal. Docente de Medicina Legal de la Universidad Nacional de La Plata. Directora técnica de la Red de Ciencias Forenses del país. Ex directora de Institutos de Investigación Criminal y Ciencias Forenses en Buenos Aires. Directora de la Consultora Pericial de Ciencias Forenses.

El encierro deja marcas. En el cuerpo, la mente, la piel. Virginia Créimer se especializa en buscar esas marcas en las prisiones. Las más evidentes y sobre todo las ocultas, silenciadas, que dejan los tormentos de las fuerzas de seguridad en los privados de la libertad. Con esa misión recorrió en un mes cinco unidades penitenciarias del sur santafesino donde entrevistó a 128 presos y documentó su estado de salud. "Me llamó la atención la impunidad en el maltrato del Servicio Penitenciario (SP). Es una situación cruel y abrumadora que no advertí en otras provincias", afirmó.

   Experta en el análisis de torturas, intervino en causas emblemáticas. Dictaminó sobre las muertes de Luciano Arruga y Franco Casco; desarticuló la versión oficial del enfrentamiento en el juicio por la ejecución de los militantes montoneros Osvaldo Cambiaso y Eduardo Pereira Rossi; y en agosto pasado dictaminó que el genocida Miguel Etchecolatz (condenado a cadena perpetua en cinco causas) estaba en buen estado de salud y podía cumplir la pena en una cárcel común.

   A lo largo de ese recorrido sufrió amenazas, le descuartizaron el perro, destrozaron sus autos, le clavaron un puñal con sangre en la puerta de su casa de La Plata. No encontró respaldo en el Estado y renunció al Ministerio Público Fiscal de la Nación. El último mes, como asesora de la Defensoría Pública santafesina recorrió la cárcel de mujeres (Unidad 5) de Ingeniero Thedy al 300 bis, la alcaidía de mujeres de La Paz al 400, la cárcel de Piñero (Unidad 11), el Instituto de Recuperación del Adolescente de Rosario (Irar) y la alcaidía de Melincué.

   —¿En qué consistió su visita?

   —Me convocaron para constatar el estado de salud de las personas privadas de la libertad en Santa Fe. Nuestro trabajo se divide en dos: parte del equipo hace una entrevista entre la población carcelaria, y otra parte —la perito fotógrafa y yo— vamos al área de sanidad, cuando existe, y realizamos un examen médico y un registro fotográfico. Todo con la autorización y el consentimiento de los entrevistados. En este marco es interesante tener en cuenta que muchas veces la existencia de vejámenes y torturas no se pone en palabras porque está obturado el discurso por las amenazas de las autoridades. Eso se vio sobre todo en Melincué. Con total desparpajo se pararon en la puerta del espacio donde entrevistábamos a los internos y nos gritaban "hijas de remil putas, hay que matarlas a todas, las odio". El trabajo fue bajo una presión y una amenaza contra nuestra integridad física en forma permanente.

   —Un contexto que no favorece la denuncia de maltratos.

   —Exactamente. El Protocolo de Estambul (convención internacional para la detección de torturas) exige generar empatía y diálogo con los detenidos, en un marco de libertad de expresión. Porque el único derecho que pierden es la libertad de salir, los otros derechos deberían tenerlos resguardados y protegidos por el Estado, pero no ocurre.

   —¿Con qué se encontraron?

   —Desde el punto de vista de la salud detectamos dos cosas muy graves en las distintas unidades. Una es la palildez cutánea por falta de exposición a la luz solar, lo que implica no poder sintetizar vitaminas, tener deficiencias óseas, trastornos psicológicos, depresiones agudas y patologías digestivas. Eso se dio en todos los casos, más agravado en Melincué, donde llega a grados patológicos extremos. Y lo otro es la autolesión, los cortes que se realizan los privados de libertad. En el resto del país se da como un llamado de atención, para conseguir algún tipo de beneficio o que los asistan por otra patología. Pero en Santa Fe gran porcentaje de la población, sobre todo masculina, se autolesiona como desahogo de la depresión que tienen. Su única forma de desahogar esa angustia tremenda, esa impotencia es autolesionarse en toda la superficie corporal. Y además no sólo eran cortes muy profundos que llegaban al músculo, sino que al cicatrizar se producían otras que atravesaban las anteriores y llegaban a producirse orificios. Digo esto para marcar la cantidad de lesiones que tenían que tener para producir un agujero en la piel. No lo he visto en otras provincias.

   —¿Se detectó alguna otra singularidad en esta provincia?

   —Me llamó la atención el grado de impunidad con el que se cosifica a las personas. En otras provincias ese ve cierto prurito por parte del SP con respecto al control externo. En este caso es tal el grado de impunidad que los amenazaban delante nuestro para que no cuenten lo que les pasa. Uno puede ver cierto manejo de los SP para silenciar los mecanismos de control social dentro de las unidades. Pero lo de esta provincia, por mi experiencia, es algo realmente obsceno. El jefe del penal de Melincué, delante de todos nosotros, amenazaba cerrando el puño y retorciendo a los pibes en la mitad de las entrevistas, a un grado tal que las entrevistadoras los hicieron girar para que quedaran de espaldas al jefe y no se sintieran amedrentados. Y con respecto a la salud, esto del encierro sin contacto con la luz me hizo recordar a cárceles del medioevo porque están presos prácticamente en catacumbas. Y eso no es sólo en Melincué, las chicas de la alcaidía de Rosario tampoco tienen contacto con la luz. Otra cosa que me llamó la atención es el abrumador estado de salud de la boca por falta de asistencia odontológica. Es un conjunto: falta de luz solar, depresión, sometimiento, se sienten vulnerados, amenazados; todo eso hace que la salud mental y física no estén garantizadas.

   —¿Cree que ese manejo es parte de una cultura institucional arraigada en las fuerzas de seguridad?

—Es exactamente así. El caso de Melincué fue gravísimo, había cuatro personas que requerían urgente asitencia médica. Dos pacientes politraumatizados graves no se animaban a decir qué les había ocurrido. Decían que jugando al fútbol se habían caído contra un banco. Lo cual era una mentira como medio de autoprotección. Uno tenía un traumatismo de tórax cerrado que no le permitía respirar. Y el otro un traumatismo panfacial, en toda la cara, con equimosis en uno de sus ojos, destrucción de piezas dentarias y lesiones en toda la boca. Los otros dos casos son los de un muchacho que presentaba una hemorragia digestiva alta, patología que mata a una persona; y otro que se había autolesionado y llegó a la consulta sangrando, con heridas que le llegaban al músculo del antebrazo izquierdo. No habían recibido ningún tipo de asistencia. Por escrito y firmado como profesional de la medicina se lo planteé al jefe del penal y con un desparpajo absoluto dijo que al día siguiente iba a "pedir un turno" para que los asistieran. Mirá que tengo recorridos kilómetros de cárceles. Las presiones no me asustan, estoy acostumbrada. Pero me llamó poderosamente la atención lo de Melincué. Es tremendo.

   —¿Cuál es el fin del informe?

   —Dejar plasmada la gravedad de la situación que existe en Santa Fe para reforzar el trabajo de la Defensoría de la provincia, lo que puede generar denuncias en organismos internacionales. Esto es una política de exterminio, de las peores épocas, y una situación que en comparación con otras provincias resulta abrumadora.

   —¿Por qué las agencias penales tienden a tolerar o naturalizar el fenómeno de la tortura?

   —Desde mi experiencia, cada fuerza de seguridad tiene su modus operandi para ejercer un control social, pero además mantiene un sistema de corrupción: cada beneficio tiene un costo. En Piñero vimos cómo funciona esa naturalización. Llegaron varias unidades de traslado y decidimos revisar a esas personas. El jefe del penal nos condujo adonde las revisaba el médico, en un lugar oscuro donde había tres letrinas. El personal de seguridad bajaba a las personas de los pelos, las hacían desnudar y las ponían contra la pared. Pedí revisarlos en otro lugar. El primer método de tortura había sido la calesita: más de 12 horas dando vueltas por distintas cárceles. Venían reventados a golpes, muertos de hambre y sed, pedían con vergüenza un baño. Uno de ellos no controlaba esfínteres. Llama la atención el discurso de los operadores del SP cuando sin tapujos dicen "aclaremos que son personas en conflicto con la ley y que son delincuentes". O sea que hay una justificación naturalizada de las torturas, por acción o por omisión.

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