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Sábado 19 de Mayo de 2012

La imperiosa necesidad de enseñar el respeto a la dignidad humana

Miguel Angel Santos Guerra / En un mundo donde reinan la competitividad y el individualismo, la escuela debe ser una institución que vaya contra la corriente

Desde Apfrato, Asociación Pedagógica que se creó en Granada hace ahora tres años en torno a la persona y la obra de mi querido y admirado Francesco Tonucci (alias Frato), me envían este hermoso relato que quiero compartir. Un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y le dijo a los niños que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron a disfrutar del premio. Cuando el antropólogo les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar todas las frutas, le respondieron: "Ubuntu, ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes?" Ubuntu, en la cultura Xhosa, significa: "Yo soy porque nosotros somos".

Uno de los ejes sobre los que gira la cultura neoliberal es el individualismo, que está inextricablemente unido a la competitividad. Hoy se entiende pronto que cada uno tiene que ir a lo suyo y que hay que ganar a los otros para alcanzar el éxito. Los demás no son compañeros, son rivales. Los otros no son potenciales colaboradores sino probables enemigos. Hay que competir con los otros para llegar a conseguir la cesta de las frutas. Y, en muchos casos, valen zancadillas y empujones para conseguirlo.

Historia.Alguna vez he contado la historia de una madre que pide limosna con su hijo. La madre le dice: "Hijo qué pena esta vida, tener que pedir limosna, con la insolidaridad que hay, con la vergüenza que da pedir. A veces hace mucho frío, a veces demasiado calor".

El hijo, que ya sabe muy bien por dónde van los tiros, que ha aprendido muy bien la lección del egoísmo que se dicta en "la escuela del mundo al revés", de la que habla Eduardo Galeano, le dice a su madre con aplomo: "Mamá, tú no te preocupes por mí. Quédate tranquila. Porque estoy convencido de que el día de mañana yo voy a ser multimillonario y tú ya solo tendrás que pedir para ti solita".

Ganar a los otros y disfrutar en exclusiva de la cesta de frutas se ha convertido en un lema, en una obsesión. La pregunta de cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes, podría sustituirse por esta otra: ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están también felices? Es ganar a los demás lo que hoy nos hace sentir bien. El ver a los otros por detrás en la clasificación. Es la obsesión de los rankings.

Filosofía sabia. Es muy sabia la filosofía de la cultura Xhosa: "Yo soy porque nosotros somos". Creo que en ella echa sus raíces la felicidad. Su contraria (yo soy porque gano a los otros, yo soy porque venzo a los otros, yo soy porque puedo a los otros) nos llevará a todos a la infelicidad.

Me cuesta ver cómo entre mis estudiantes se produce una tremenda competición por conseguir buenos resultados. No eran así las cosas, o no era tan así, cuando yo estudiaba. Me contaba hace unos días un médico amigo (mejor dicho, un amigo médico) que, cuando estudiaba en la Universidad, un pequeño grupo tomaba apuntes para todos, los elaboraba, los pasaba a limpio y los compartía con todos los compañeros. El grupo prestaba ese ayuda a los demás, generosamente, desinteresadamente. Hoy es casi impensable.

Hace unos años me entregaron un trabajo con una observación anotada en un posit: "El capítulo 4 está pero hecho porque ha sido el trabajo presentado por X. Te pedimos que lo tengas en cuenta en la calificación pero que no le digas a X nada sobre esta nota".

No quiero decir con estas reflexiones que hoy estemos peor que antes, que hoy seamos peores que antes. Hay muchas personas solidarias y generosas. Ahí están muchas ONGs para confirmarlo. Estoy llamando la atención sobre un hecho preocupante, sobre el peligro de que en la cultura se instalen como patrones del comportamiento deseable los tres vértices de un triángulo maldito: individualismo, competitividad y eficiencia.

Existe un egoísmo compartido que amplía un poquito el horizonte del yo. Me refiero al egoísmo familiar. Se trata de un yo ampliado que se antepone a cualquier consideración social. El interés se amplía desde el yo a un nosotros restringido. "El interés no tiene templos, pero es adorado por muchos devotos", decía Voltaire.

Horizontes. Por eso pienso que hay que ampliar el horizonte del nosotros. Nosotros no somos sólo los miembros de una pequeña o gran familia, nosotros somos los seres humanos. Cuando en la cultura Xhosa se dice "Yo soy porque nosotros somos" no incluyen en el nosotros a unos pocos familiares sino a todos los miembros de la tribu.

La escuela debe ser hoy, a mi juicio, una institución contrahegemónica, que va contra la corriente. Se me dirá que es difícil, que es más costoso que ir a favor, pero creo que es imprescindible enseñar a las personas la solidaridad y el respeto a la dignidad humana, sin los cuales el mundo no sería habitable.

La solidaridad se educa. Y se educa no solo promulgando teorías sino desarrollándola en la práctica.

Me preocupa que el conocimiento que se adquiere en las escuelas, institutos y Universidades sirva para engañar, explotar y dominar a los demás. Si así fuera, lo que se estaría consiguiendo en las instituciones educativas sería perfeccionar y hacer más sofisticada la ley de la selva. Ahora ya no sólo importa la fuerza para sobrevivir, ahora importa el conocimiento. De esa manera, el que sabe más puede engañar más fácilmente a quien sabe menos.

No creo que esta filosofía nos lleve a buen puerto. Creo, más bien, que la forma de pensar y de actuar de los miembros de la tribu africana nos conducirá a unas cotas más altas de justicia y de felicidad. Pienso que las "culturas fracasadas", como sostiene José Antonio Marina en su libro del mismo título, son aquellas que conducen a un mayor nivel de injusticia, a pesar de todo su progreso técnico.

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