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Sábado 13 de Julio de 2013

La historia y sus ciclos políticos

El presidente electo fue depuesto y está preso y las calles están ocupadas por el ejército, que no tiene inconvenientes en disparar a la gente.

Con Egipto al borde de la guerra civil, el resultado de lo que se conoce como la "Primavera árabe" entra en una fase más que preocupante. El presidente electo fue depuesto y está preso y las calles están ocupadas por el ejército, que no tiene inconvenientes en disparar a la gente.

Siria es otro país de la región que se desangra hace dos años en una guerra civil que nadie puede ponerle fin y que no parece ser gran preocupación de la política global. Turquía también tiene turbulencias internas que todavía no tienen mayores consecuencias. Irán es una teocracia con concepciones medievales e Irak sigue siendo uno de los países más violentos de la región.

Una mezcla de intereses económicos por la producción de petróleo, la histórica falta de libertad y democracia, el resurgimiento de una interpretación radicalizada del Islam y los intereses geopolíticos de las grandes potencias ponen a la región en una situación impredecible.

La "Primavera árabe" no tiene un camino fácil. Modificar estructuras ancestrales demora generaciones. Pero ese atraso también se observa en otras regiones del mundo.

En Africa, por ejemplo, muchos de los países del continente sufren hambrunas que matan a miles de niños todos los años. Hay guerras tribales, golpes de Estado y atraso cultural generalizado. En vastas regiones de Asia la situación no es mejor. Las Naciones Unidas y sus organismos especializados en cada problemática tienen todo registrado con rigurosidad, pero poco pueden hacer para revertir el drama. ¿Por qué?

Un drama que no es extraño a América Latina, donde hoy el principal conflicto irresuelto es la pobreza y marginalidad de millones de personas.

Los ciclos del desarrollo social, cultural y político de los pueblos parecen tener fases muy distintas. Mientras la monarquía de Arabia Saudita concedió a las mujeres recién hace muy poco el derecho a votar y ser electas en elecciones municipales, la canciller alemana Angela Merkel conduce con firmeza la recuperación económica de la Unión Europea y Dilma, en Brasil, está al frente de una de las diez principales economías del planeta. ¿Ese abismo a qué es atribuible? ¿Al desarrollo cultural de los pueblos, a la religión, a factores de políticas exógenas?

Europa occidental terminó en 1945, tras el fin de la guerra, con las dictaduras. En América latina las tuvimos que soportar hasta mediados de la década del ochenta, con un atraso de cuarenta años. En este caso el componente social y cultural de uruguayos, chilenos o argentinos (para sólo mencionar algunas dictaduras de la época) era similar al de los europeos. ¿Por qué en estas latitudes no se alcanzó aún el grado de desarrollo económico de Europa si la riqueza natural es aún mayor que en el Viejo Continente y el origen de sus habitantes es el mismo?

Se podrá argumentar con razón que nos separan siglos de historia y civilización. Roma, el imperio de la antigüedad, dominaba militarmente el mundo conocido y vivía de la riqueza de las naciones conquistadas y sus esclavos.

¿Se puede decir, en términos modernos, lo mismo de los imperios de hoy? Si se piensa que son semejantes los modelos de dominación a través de la historia se estaría hablando sólo de una teoría que no explica totalmente la decadencia y el atraso estructural de muchas zonas del planeta.

Además de los intereses estratégicos de los más poderosos y sus formas de garantizar su poder en el mundo subyacen las particularidades de cada pueblo y las políticas de sus dirigentes que son funcionales a la dominación. En el mundo moderno se manifiestan a través de la corrupción generalizada, la religiosidad exacerbada y el atraso cultural de los pueblos con el objeto de mantenerlos sometidos y evitar así cualquier atisbo de transformación. Es sólo una simple hipótesis, seguramente incompleta.

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