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Domingo 09 de Octubre de 2016

"La historia pasó comoel viento y el fuego"

En su último libro de relatos, Inés Santa Cruz indaga en la zona desconocida del pasado de Rosario, con mujeres fuertes como personajes centrales e hilos de los conflictos reales en los pliegues de las tramas

Inés Santa Cruz recuerda la sentencia de su prima Nenuca cuando ella dejó de dar clases. "Las profesoras románticas, cuando se jubilan, se dedican a las novelas históricas". Ni lerda ni perezosa Inés le retrucó: "En Inglaterra, los filósofos analíticos cuando se jubilan se dedican a las novelas policiales de la serie negra. En ambos casos, es posible fracasar".

Escritora, profesora, licenciada en Letras e investigadora de la Universidad Nacional de Rosario, Santa Cruz no se detiene a calcular su producción en términos de éxito o fracaso. En todo caso, se le nota que disfruta y mucho al hablar del cruce entre los documentos históricos y la literatura, dos pasiones que quedan plasmadas en los catorce relatos que componen Héroes y fantasmas del viejo Rosario, su último libro, que narra la Villa del Rosario desde el siglo XVII al XIX.

"La novela histórica es un oxímoron", asegura y abunda: "La división es el pacto de lectura. Si te digo que esto es una novela, vos tenés idea de que es mentira. Si te digo que es historia, te suena a que es verdad. Ninguna de las cosas son certeras". Las narraciones del libro editado por Fundación Ross cuentan la formación de la ciudad con personajes curiosos como el alcalde Nogueras, discutidos como don Pedro Tuella o venerados como Vicente Anastasio Echevarría. Van desde el primer propietario del gran predio, Luis Romero de Pineda, hasta las guerras civiles entre Buenos Aires y los caudillos federales. Y aunque hay un relato cronológico y los personajes reaparecen en los distintos cuentos, cada historia tiene su principio y fin. "Quería mostrar o, mejor dicho, imaginar esa villa hispano-criolla, humilde pero estratégicamente situada en lo geopolítico, por donde la historia pasó como el viento y también con la fuerza del fuego", cuenta.

EM_DASH¿Por qué el interés por la historia novelada?

—El cruce del dato histórico y la ficción iba a ser mi tesis doctoral, más tarde salió un volumen llamado Novela histórica y literatura argentina (1999, Fundación Ross) y mi primera experiencia ficcional que fue Estrellas federales (Fundación Ross, 2012). Siempre digo que lo que hago es ficción pero ametrallo con datos históricos. La historia me llama. Me gustó desde siempre y la verdad es que me sigue gustando.

EM_DASHSiempre se habla de los orígenes un poco inciertos de Rosario. ¿Cómo surgió la idea de rastrear esos comienzos siendo que es poco lo producido sobre esos años?

—La idea fue hacer con una colega una historia de Rosario para niños. Lo que quedó es este libro de relatos, que es más para adolescentes y mayores, donde no se omite ningún problema de los que aparecían en ese momento en la villa. De los materiales publicados sólo conozco La ciudad cambió de voz, de Mateo Booz, con quien disiento bastante porque es la mirada de un rosarino que se hizo santafesino, y también está Arroyo del Medio, de 1902, de Jorge Sölhe, al que en cambio le debo mucho. Sölhe como novelista se proponía hacer una historia de Argentina pero tomaba distintos puntos. Él relata el incendio de Rosario en 1819, que no aparece en ninguna parte. Cuenta de alguien que viene a buscar a una amante y no la encuentra porque se han borrado las fronteras a causa del incendio. No da con ella y el libro es un dramón total. Ese incendio, que de algún modo encendió también las guerras civiles, aparece en mi último cuento. Es así como hay mucho material histórico salpicado que lo fui incorporando como quien hace una torta y suma cada ingrediente. De Juan Álvarez tomé varias cosas. En él encontraba sobre todo los detalles. Había una idea de restringir la cantidad de mates a los labradores, con eso quise dar una señal de la idea rígida virreinal respecto de que la bebida, más que alimento, era distracción. Mi idea fue rescatar esos detalles, como el del mate que era cosa de mal entretenidos, que me resultaban curiosos.

EM_DASH¿Hay en los relatos cosas que antes no fueron contadas?

—Digamos que la gente conoce la parte floreciente de Rosario, con los inmigrantes y el puerto. Antes la ciudad estaba como en un cofre, tanto que Buenos Aires no la dejaba levantar ni Santa Fe le quería mandar un cura. Por eso cuento un poco las peleas por el cura Alzugaray, que podía atender desde allá. Otra tema no tratado para nada fue el del Convento Jesuítico, una estancia que tenía cuatro mil caballos. Esas hectáreas, que serían unas 50 mil, se lotearon y de ahí sale Andino. Construí muchos diálogos para que aparecieran esos paisajes. La estancia rancho que estaba cerca del Saladillo, la posibilidad del oratorio. Hasta que encontré el paso de las carretas, que queda en la desembocadura del Coronda, por donde pasaban carretas de tres metros de diámetro. Estaba casi en la mitad del libro cuando me di cuenta de cómo cruzaban el Carcarañá, y lo hacían por ahí. En Rosario no podías bajar ni un pañuelo, las mercaderías tenían que llegar a Asunción. Pero claro, siempre algo se caía, ¿no? Ahí entran en escena los túneles para el contrabando debajo de la avenida Belgrano y hay algún personaje que va a recoger esas cosas que llegan.

—¿Y qué lugar tuvieron las mujeres en esos comienzos de Rosario, pero sobre todo en este conjunto de relatos?

—Las mujeres tienen mucho lugar. Por ejemplo, el primero de los relatos se centra en una reunión de mujeres santafesinas en 1692 que inocentemente toca temas políticos de la época. La única dama que reconoce Echevarría es María Echevarría de Vidal. Esta señora es una dama, es quien lo recibe a Belgrano y hace la bandera. Acá las mujeres son fuertes, lenguas largas, rápidas para contestar. Ángela, la primera de las que aparece, es quien lo fundió a Gómez Reyes: tuvieron que vender una legua pero ella vivía como princesa. También la fuga de Victorita Toreta, que se vino escondida dentro de un baúl desde Santa Fe a Rosario para casarse a escondidas. Cuando Paraná logró salir de la jurisdicción de Santa Fe, en el Rosario se rumoreó algo. Esta división entorpeció los trámites legales como partidas de bautismo o casamientos entre parejas de diferentes sitios. No sé si realmente en ese momento era así, pero antes hubo problemas. Por eso Victorita busca radicarse en el mismo lugar que su prometido.

—¿Y en medio de este auge de la novela histórica romántica te interesa incorporar escenas eróticas en tus relatos?

—Mis amigas me dicen que nunca escribo escenas eróticas. Como poder, puedo. Incluso, estoy preparando un trabajo que si lo me permite la salud terminaré y es sobre la escena erótica en la novela histórica de Amalia, de José Mármol. Ese libro es una historia de amor entre Amalia y Eduardo Belgrano, que prácticamente no se tocan. El soporte es el romanticismo, ahí no caben los códigos del masoquismo, ni nada de eso. Dentro de los límites del amor idealizado y a partir del año 90 empezaron a abrirse las habitaciones para contar hechos. Por ejemplo, que Belgrano tenía cuatro hijos, se habló de datos desconocidos de la vida íntima, pero no focalizados con lente voyeurista. Más tarde, con autoras como Florencia Bonelli, se toma todo el molde romántico para escribir novela histórica y contar encuentros fuertes entre dos culturas, ya sea la mujer blanca con el indio o a la inversa. Un cruce de razas que ya hace más de treinta años se veía en el cine erótico de Brasil. La rubia y el negro, el indio y la blanca, los moldes normales o, mejor dicho, heterosexuales dentro de un amor apasionado. Hoy parece que esa novela histórica busca tanto rating como la telenovela de la tarde.

La fuga de Victorita Toreta y las torpezas del alcalde Nogueras

Victorita Toreta, radicada en Santa Fe desde su nacimiento, cumplía sus veintidós años dentro de seis meses y no quería festejar su onomástico sin marido. Y era lo probable, ya había sido prometida a un joven del Rosario, Porfirio Méndez, que en esa época acompañaba a unos comerciantes en Mendoza, con la secreta ilusión de buscar allí oportunidades para establecer su nuevo hogar.

A pesar de que la niña, además de guapa, era más despierta que un guardabosque, la pudo asustar el diablo a través de diálogos imprudentes de sus amigas. Entre ellas, la santafesina Sarita Soler, recién casada con el rubio Suárez de Paraná.

—Qué suerte que apuré los confites. Ahora la cosa se complica, porque vamos a pertenecer a jurisdicciones distintas— se expidió la joven esposa.

—¿Cómo?— coreó el resto.

—En Paraná estaban fastidiados por el destrato de Santa Fe, de quien dependían desde la época de Garay. Se dirigieron al Virrey Cisneros y parece que aprueba la separación.

Ya no somos un mismo territorio.

—Pero eso es muy complicado. Sobre todo porque ya estamos empadronados en un solo listado. ¡Cómo van a ordenar a cientos de personas!

—Hace casi ochenta años, cuando el Pago de los Arroyos no estaba bien delimitado entre norte y sur, una joven oriunda de San Nicolás resultó casada y soltera al mismo tiempo— notificó Sarita.

—Ustedes están delirando— gritó Victorita. En realidad, era su cabeza la que volaba.

—Preguntale a tu primo Mariano, que viaja seguido. Claro, con las pocas ganas que tiene de casarse con su insípida María Clarisa, deseará que Entre Ríos se pase a la Banda oriental, para que el papelaje resulte más complicado— Agregó Pura Echagüe.

—Debe haber un lío grande. No creo que resulte fácil y pienso que otras villas también se sublevarán— aseveró con cordura Victorita, pensando en la Capilla del Rosario, quizás más descuidada que Paraná.

—Es que cada vez, algo imprevisto nos pone en guardia. Cuando los malones amenazaban por el norte, Santa Fe queda casi desierta por segunda vez, al punto de que había que tener permiso para salir. O los indios nos dan un susto o las aguas del Salado nos inundan y aprisionan. Y si se van separando los pagos vecinos, vamos a quedar solos— reflexionó Sarita.

—No exageres, el poder está aquí— dijo en voz alta el primo Mariano, que acababa de entrar.

“Paraná era un infierno”, dijo Mariano comenzando su crónica. Victorita Toreta buscó la parte más escondida de la sala para que las amigas no se enterasen. Sus ojazos se salían de las órbitas. E Interrumpió el relato del primo casi sollozando:

—¡¡¿Qué es un meeting?!!

—Pedí una limonada a Ramona y te cuento— le dijo Mariano para calmarla y estirar el suspenso. Y con paciencia trató de ir paso a paso.

—Vos sabés que aquí comemos carne gracias a las vacas de Entre Ríos y, además, le cobramos impuestos y no reciben mercadería directa y, bueno, están hartos de depender jurisdiccionalmente de Santa Fe.

—Como el Rosario.

—Sí, más o menos. Pero la sublevación se dio en Paraná. Aprovecharon un saludo a las nuevas autoridades después de la asunción de Cisneros y prepararon una nota donde pedían la separación, apoyada por muchos vecinos. Se dijo que eran firmas de vagos y no de probos ciudadanos.

—¿Y era verdad?

—Para comprobarlo les exigieron que se hicieran presentes en la plaza mayor, y apareció una multitud que expresaba su descontento.

—¿Y parecían protestas desaforadas? ¿Podían terminar en algo sangriento?

—No imagines tanto, pero el suceso no debió pasar desapercibido y el virrey aceptó su pedido, les autorizó la separación, designó autoridades interinas y ya no son santafesinos.

—¡Cómo habrá sido ese meeting, como vos lo llamás!

—Curioso y entusiasta. Nadie tenía miedo, había jóvenes y ancianos, muchos campesinos y algunos oradores.

—En definitiva, les ganaron la partida a los santafesinos, así que es posible que en el Pago de la Capilla los imiten.

—Muchos tienen ganas, sobre todo los que se fueron allí porque los malones les saquearon sus campos y cuando se instalaron en el Rosario, Buenos Aires permitió a Santa Fe los beneficios del puerto. No conciben tener tan mala suerte y se indignan por las demandas egoístas exigidas desde la ciudad que dejaron. Pero los del Rosario son diestros en el negocio de las mulas y carretas, así que para ir y venir a buscar mercadería les convienen las buenas relaciones con Santa Fe— explicó Mariano.

—¿Hay rumores separatistas?— insistió Victorita,

—Algún ruido— dijo con parquedad Mariano.

—Me basta.

Virginia Giacosa

más@lacapital.com.ar

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