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Domingo 26 de Febrero de 2012

La historia del abanderado que llegó desde el último banco del salón

Emiliano Cantero tiene 18 años. Terminó el secundario con el mejor promedio. Su testimonio habla de desafíos y logros educativos  

Emiliano Cantero tiene 18 años, el año pasado terminó su secundario como abanderado de una escuela técnica, la Nº 463 Gregoria Matorras. “Para lograrlo hay que ser uno mismo, mantener la originalidad. Yo me senté en la escuela siempre atrás, donde muchos profesores piensan que sólo están los que no hacen nada, y sin embargo demostré que también puedo llevar la bandera”, cuenta el joven que terminó con 9.80 de promedio. A pocos días del Bicentenario de la creación de la enseña nacional, habla de lo que significa ser abanderado. Su testimonio es casi una radiografía de los desafíos y logros de la educación actual.

Llega con algo de decepción para la nota, termina de hacer un examen de matemática de preingreso a la carrera de ingeniería en sistemas en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN). “No sé, no me fue muy bien”, dice sin perder la esperanza de repetir esa prueba en pocos días. Aunque también confiesa que la carrera de historia es otra de sus debilidades.

Apoyo familiar. Emiliano es abierto, generoso con las palabras y frontal. Su familia está siempre presente en la charla, puede afirmarse que es una referencia constante. Su mamá, Francisca, es portera de una escuela; su papá, Emiliano, hace changas en la construcción; tiene una hermana más chica que está en la secundaria y dos hermanos mayores, en los que, dice, se apoya mucho.

“Ellos siempre me inculcaron una responsabilidad. Mi papá me la planteó siempre así: «Yo trabajo, tu vieja trabaja, tu hermano trabaja, para vos tu único laburo es estudiar», y eso es lo que hice”, comparte Emiliano como un dato significativo de por qué la escuela siempre ocupó un lugar relevante en su vida, y ahora es el primero en la generación de su familia en empezar la Universidad.

La primaria la terminó en la Nº 6.394 Martín Thompson (Presidente Perón al 5400), la escuela de su barrio. “Mi mamá siempre quiso que fuera al Politécnico, pero cuando me fue a inscribir parecía que siempre le faltaba un papel. Así que un día le dije «vieja dejá, no renegués más, que voy a ir a la Técnica», la misma que ya conocía por un familiar. Y la verdad es que no me arrepiento, volvería a elegirla mil veces más”.

Habla con cariño de la educación técnica, “porque te prepara para la vida, para el trabajo”, y también agregará en la conversación porque el país necesita estas carreras.

Como a otros chicos de la provincia y del país, a Emiliano le tocó vivir los vaivenes de los cambios más drásticos del secundario. “Pasé por la EGB, la ley federal y luego la nueva ley de educación, por el aprobar con siete y ahora con seis”, resume en pocas líneas los dimes y diretes que invadieron las aulas. Pero al final, el año pasado, egresó como técnico en economía y gestión de las organizaciones.

Algo más: el estudiante cuenta, con algo de desazón, que de los 30 adolescentes que arrancaron con él el secundario, sólo terminaron seis. Un relato en primera persona de uno de los problemas más  preocupantes de la escolaridad media y técnica, como es la repitencia y la deserción.

Bicho raro”. La primera vez que le ofrecieron ser abanderado estaba en el 9º año de la EGB (ahora 2º del secundario). “Mucho no me convencía la idea, porque si bien siempre fui más bien seriecito, me veía sólo como un alumno. Y la verdad es que cuando estás en los actos, ves que si cantás el himno parece que sos un estúpido, más si estás con la bandera”, confiesa quien igual decidió aceptar ser el abanderado no sólo por las notas, sino porque —como explica— “al fin lo que vale es ser uno mismo, no perder la originalidad”.

“Pasa —agrega a su relato— que los demás chicos suelen mirar al abanderado como un bicho raro, y yo no me siento así”.

Y si se trata de explayarse en el significado de la enseña, considera que “es algo sagrado, pero en especial algo de todos los días”. “No creo que por llevar alguien la bandera se deba sentir un mandamás,
o pedir más respeto que otros, no es una cuestión de rangos, pero sí de respeto a lo que representa”, reflexiona.

Eso sí, está seguro de que ser abanderado “no es para cualquiera”. Lo explica de esta manera: “Puede tener buenas notas, pero si hace todo a medias no tiene sentido, tampoco sirve tener una actitud superficial hacia fuera, y sobre todo hay que ser también buen compañero”.

“A mí no me dijeron «tomá la bandera, agarrala que sos el abanderado », se gana. Para eso no hay que dejar de ser uno, se puede estudiar, ser buen alumno y divertirte igual. Yo por ejemplo jugaba al fútbol en la plaza, salía y ahora mi hermano mayor me enseña a ser cronometrista en el hipódromo, es un entretenimiento más, y no por eso dejo de ser yo y menos de estudiar”.

Exigencia. Haber egresado del secundario y ya más cerca de empezar la Universidad le permite a Emiliano valorar a la distanciaalgunos aprendizajes. “Para mí lo importante es que la escuela no pierda el nivel de exigencia en la enseñanza, en las materias, algo que no tiene que ver con que un profesor te rigoree y te diga «pibe sentate ahí» o «pibe pasá al frente » porque sí; tampoco está bueno que ante una indicación los chicos se burlen. Tienen que haber una convivencia sin abusos de autoridad”.

Y para el final este joven, que vive en la zona sudoeste de la ciudad, que asegura que el fútbol le gusta aunque no es fanático, pero que si tiene que elegir entre los cuadros locales se queda con Central, pide compartir una anécdota que a su juicio invita mucho a pensar en los estereotipos que mantiene la escuela, sobre los jóvenes y por qué no también sobre quiénes merecen o no la bandera.

“Estábamos todos callados en un salón, haciendo una prueba diagnóstica de esas de principio de año. Yo siempre me senté cerca de la ventana y más bien del medio para atrás, nunca me gustó estar adelante. Un profesor que llegó dijo: «Miren que el que se sienta atrás es porque no le gusta hacer nada». Ese mismo profesor un día preguntó: «¿Quién es Cantero?». Me paré y dije «Yo», medio asustado.
«¿Sos vos?, tenés todos 10», me contestó sorprendido. Le demostré que no hay que estigmatizar a alguien por dónde se sienta, que eso no quiere decir que sos un vago ni el más aplicado del mundo. Simplemente demostré que se puede ser un estandarte aun viniendo de atrás, del último banco”.

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