Opinión
Viernes 25 de Noviembre de 2016

La Guerra del Paraná

Día de la Soberanía. En la historia de los pueblos, a veces hay derrotas militares que se viven como victorias morales. Ese es el caso del combate de la Vuelta de Obligado, cuando la Confederación Argentina enfrentó a Francia e Inglaterra.

¿Qué se conmemora el Día de la Soberanía Nacional? Si bien la efemérides se remonta a 1974 cuando el Congreso nacional instituyó esa fecha en recuerdo de la batalla de la Vuelta de Obligado, no fue sino hasta 2010 que se la elevó a rango de feriado nacional. ¿Y por qué conmemorar la soberanía recordando una batalla que, en definitiva, los argentinos perdimos aquel 20 de noviembre de 1845? En primer lugar, esa batalla debe analizarse y recordarse en un escenario más amplio, que duró varios años y que se conoce como la Guerra del Paraná, cuyo desenlace fue coronado con una contundente victoria diplomática nacional.

Podemos tomar el ejemplo de otros pueblos. Los norteamericanos, en particular los texanos, recuerdan todos los años la famosa batalla de El Álamo con un patriotismo capaz incluso de desdibujar la historia, la cual nos enseña que fue una victoria mexicana y no norteamericana. Asimismo mantienen viva la memoria de Pearl Harbour, que fue el aniquilamiento japonés de la flota del Pacífico, pero al mismo tiempo despertó la conciencia nacional de un pueblo que mayoritariamente hasta entonces no deseaba ingresar en la Segunda Guerra Mundial. Es que en la historia de los pueblos, a veces hay derrotas militares que se sienten como victorias morales o espirituales. Tal es el caso de la Vuelta de Obligado.

El conflicto. En 1845 Inglaterra y Francia, las dos potencias mundiales del momento, enviaron una flota compuesta por 20 navíos de guerra, equipados con los últimos avances técnicos, y aproximadamente 70 buques mercantes. El objetivo declarado era derrotar militarmente a la joven Confederación Argentina, liderada por Juan Manuel de Rosas como gobernador de Buenos Aires y llegar, remontando el río Paraná, hasta el Paraguay. La presencia de buques de guerra obedecía a la expansión, por parte de ambas potencias, de los límites de sus respectivas áreas de influencia, conformándose verdaderos imperios coloniales. Pero ¿qué hacían los buques mercantes atiborrados de manufacturas industriales? Muy sencillo, intentaban demostrar, aunque fuera por la vía de los cañonazos de los acorazados que los escoltaban, las "bondades" del libre comercio, doctrina propagada con pretensiones de poseer base científica, en especial por Inglaterra. Las potencias interventoras consideraban un agravio que la Confederación Argentina negara la libre navegación de sus ríos interiores, reservándose, en cambio, legislar al respecto y, eventualmente, establecer restricciones. La Argentina se reservaba para sí, como Estado soberano que era, legislar sobre la navegabilidad o no de sus ríos interiores por buques extranjeros, tal y como sucedía por entonces con los ríos interiores ingleses. No existía libre navegación por el río Támesis, no ya de buques de bandera extranjera sino incluso de navíos que siendo de bandera británica no estuvieran tripulados por marineros de esa nacionalidad. Tampoco los franceses aplicaban a sus ríos interiores como el Sena, el Loira o el Ródano, lo que pretendían imponer a la Argentina.

La batalla. El 20 de noviembre de 1845 la armada invasora llegó, navegando Paraná arriba, hasta el sitio conocido como Vuelta de Obligado, entre las ciudades de San Pedro y Ramallo, lugar en el que el río se angosta hasta los 700 metros de ancho, lo que obligaba a los barcos a pasar cerca de la barranca del lado bonaerense. El general Lucio Mansilla juzgó que allí debía montar los cañones con los que intentaría detener al enemigo. Además, dispuso que sobre 24 barcazas se colocaran unas cadenas y banderas argentinas a modo de símbolo de nuestra soberanía. Su arenga a las tropas fue memorable. Se luchó toda la jornada. Unos 250 argentinos dejaron su vida por defender lo común a todos. La armada, aunque sufrió bajas y daños menores, logró seguir adelante.

A pesar de la derrota militar, la bravura argentina fue saludada en todo el continente americano, y reconocida mundialmente, especialmente en Europa. Fue uno de los motivos por los que San Martín legó posteriormente su sable de la Independencia a Juan Manuel de Rosas.

Pero Obligado, no obstante ser una derrota soportada con hidalguía por los criollos, no fue sino el comienzo de la Guerra del Paraná, que continuó con otras batallas signadas por el constante hostigamiento a las tropas invasoras. Así, por ejemplo, el 16 de enero de 1846, en San Lorenzo, en proximidades del famoso Campo de la Gloria, tuvo lugar otro encuentro. Meses más tarde, cuando la flota navegaba río abajo retornando a Europa, sufrió una dura derrota a la altura de Punta Quebracho, en cercanías de la actual ciudad de Puerto General San Martín. La guerra finalizó años mas tarde a través de la firma de tratados por separado con ambas potencias, documentos en los que la habilidad del ministro de relaciones exteriores de la Confederación, Felipe Arana, logró el reconocimiento de la potestad que la Argentina poseía de reglamentar la navegación de sus ríos interiores.

La soberanía, hoy. Hasta aquí el recuerdo del acontecimiento histórico que marca la efemérides, ocasión propicia que para las nuevas generaciones representa un desafío que va más allá de una recordación de circunstancias, y que está dado por proyectar su significado profundo a una actualidad compleja. En otras palabras, cada 20 de noviembre amerita preguntarnos: ¿cómo debemos hoy defender nuestra soberanía nacional?

Para responder ese interrogante quizá sea oportuno meditar sobre los modernos métodos de ataque o de vaciamiento del concepto de soberanía. Si bien la guerra militarizada no ha dejado, ciertamente, de representar una opción a la que pueden verse tentados de echar mano algunos países, no es menos cierto que en la actualidad resulta mucho más beneficioso neutralizar la capacidad de decisión de nuestros pueblos, sin necesidad de remontar ríos valiéndose de barcos de guerra en actitud belicosa.

Existe también una soberanía económica que custodiar. En décadas pasadas, la sumisión de parte de la dirigencia nacional para con poderes internacionales pasaba por la dócil aceptación de planes de "ayuda económica" más centrados en asegurar nuestro puntual cumplimiento en el pago de intereses de una deuda externa muchas veces ilegítima que en mejorar el desarrollo de nuestras economías.

Hay asimismo una soberanía legislativa que venimos cediendo cándidamente en los últimos años, permitiendo que organismos internacionales que actúan, en no pocas ocasiones, como burocracias al servicio de intereses que no son los nacionales controlen y eventualmente amonesten a nuestros gobiernos cuando algunas leyes no se adecuan a sus preconceptos ideológicos o intereses geopolíticos.

En suma, sería deseable que el ejemplo de los gauchos e indios que se batieron junto a Lucio Mansilla en Obligado nos permita discernir los actuales desafíos a una soberanía nacional que pese al proceso de globalización cualquier país serio debe conservar.

Incertidumbre. La mayoría de los países apostó a una derrota del magnate. Los desafíos de la relación.

Pablo Yurman

Director del Centro de Estudios de Historia Constitucional Argentina "Dr. Sergio Díaz de Brito", Facultad de Derecho, UNR.


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