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Domingo 05 de Julio de 2015

La gata millonaria

El caso del célebre diseñador alemán Karl Lagerfeld y su mascota rodeada del más insólito lujo refresca el trágico tema de la desigualdad planetaria. Europa del norte mira desde arriba a Europa del sur. Y Grecia sufre.

Choupette es el minino nombre de la gata millonaria de Karl Lagerfeld, el káiser de la moda, como suelen llamar al director creativo de Chanel.
El muy célebre diseñador alemán es famoso por sus excentricidades, lo que automáticamente lo convierte en un excéntrico, es decir un espécimen caracterizado por sus rarezas, más específicamente por sus extravagancias. Lo paradójico es que los excéntricos suelen estar más o menos siempre en el centro en tanto eso es lo que venden y de lo cual viven. Con lo que en realidad Karl más bien vendría a ser un ex-marginal mucho más que un ex-céntrico, alguien que de los márgenes de la moda llegó a coronarse como uno de los reyes del glamour viviendo en un centro más que exclusivo.
Pero la gran pregunta en la ocasión es la siguiente: ¿una gata puede ser millonaria? No una gata humana, también conocida y nombrada como un “gato” en el vocabulario despreciativo de la noche o de los mercados sexuales. Se trata de si la minina (siamesa o no), la célebre gatita del zar de la moda, ¿puede? acaso ser millonaria en  euros.
Lo cierto es que Lagerfeld según cuentan nunca ha escatimado gastos en todo lo que se refiera a la minina. Por lo demás la ilustre felina cuenta con dos niñeras, una cuenta en Instagram, 46 mil seguidores en Twitter, viaja en primera clase además de contar con libro propio: The Private life of a High-Flying Fashion Cat (algo así como la vida privada del gato de moda que ha volado más alto) con 128 capítulos que, según dicen, la muestran muy consentida. Es lo mínimo que se puede esperar de la minina teniendo en cuenta lo declarado por su amo a la revista The Cut: “El año pasado facturó 3.000.000 de euros en solo dos trabajos (uentes: Clarín, El País-Madrid, La Vanguardia-Barcelona, @ChoupettsDiary). No permito que haga anuncios de comida y cosas por el estilo. Ella es demasiado sofisticada para hacer algo así”.
Sin lugar a dudas, demasiado sofisticada habla de algo excelso en el ranking del glamour y a la vez de algo obsceno a la  luz de las duras asperezas de la vida cotidiana. Pregunta inevitable: ¿cuánto es el salario mínimo en la Unión Europea? La información no es unívoca, pero en términos generales se habla de 8,5 euros la hora aproximadamente con lo que al final del mes cobraría unos 1.500 o tal vez 2.000 euros. Si el laburante X con semejante sueldo pudiese ahorrar 200 euros por mes acumularía 2.400 euros por año, en 10 años el acumulado alcanzaría los 24.000 euros y recién en 100 años sumaría 2.400.000 euros sin alcanzar todavía  lo ganado por la minina en dos facturaciones. Todas las comparaciones y/o reflexiones hacen manifiesta la irritante y creciente desigualdad en el planeta en los tiempos que corren, todo según distintas estadísticas internacionales.
Que Choupette viva en el país de la Revolución Francesa habla una vez más de la enorme deuda que tiene la humanidad con la revolución social más importante de la historia en un mundo donde progresan los lujos de humanos y animales privilegiados a la vez que aumentan los humanos y animales masacrados. El asombro es aún mayor si se piensa en el contexto europeo en el que vive la minina millonaria. Es decir la Europa de las turbulencias con relación al euro y sobre todo la de las recetas de austeridad dictadas por el FMI, el BCE y la UE para la Europa del sur de parte de la arrogancia de la Europa del norte.
El ejercicio de moda es el cínico “recortes”, una especie de recortador de gente que llevó a Grecia al borde de la ruina. Claro está se trata de una crisis invisible para los millones de turistas que cada año dan vueltas por el Primer Mundo, tan invisible como para Karl Lagerfeld y su amada Choupette. Por cierto una historia de amor de alta gama con un comienzo no tan infrecuente en las lides escabrosas del amor: todo empezó con una traición. Un amigo de Karl partió  de viaje, le dejó la gatita para que la cuidara a un amigo de confianza (Karl), pero el muy confianzudo cuidador, a esa altura muy enamorado, no se la devolvió.
Es sabido que los límites en el amor por definición son más que imprecisos, más todavía con los animales que tienen que soportar mañas, vicisitudes y veleidades de sus amos además del narcisismo en la base del amor humano, para el caso reduplicado en la extravagante Choupette que, como toda mascota, es un ser mucho más social que biológico gracias a los milagros del amor. En el fondo nada muy sorprendente en tanto el propio humano es un ser siempre nadando como puede entre las aguas del amor y las oleadas del desamor. En suma lo que sorprende en definitiva no es la “civilización” de los animales sino la lenta civilización de los humanos por parte de los propios humanos.
La milenaria civilización humana nunca ha eliminado del todo la barbarie que la acecha y lo peor es que tal vez nunca pueda erradicarla totalmente. Es tanto como pensar que después de todo el mal nunca dejará de estar entre nosotros y en nosotros. Con todo, civilizar la barbarie de los humanos es la gran tarea y el gran proyecto siempre inacabado de la humanidad, fundamentalmente por la crueldad que nos caracteriza y de la que tenemos el patrimonio exclusivo.
 En este sentido no todos los animales tienen el mismo destino social que Choupette. Ni mucho menos. Es el caso de los cerdos: el noble animal sirve para comer y para insultar. Es el uso que le da la citada Europa del norte en su insulto a la Europa del sur: los llaman “pigs” (Portugal, Italy, Greece, Spain), es decir cerdos en inglés. Tal vez no sea sólo desprecio, después de todo el cerdo no deja de ser un buen plato, al igual que los Otros, formando parte del menú de la arrogancia capitalista.

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