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Domingo 07 de Junio de 2015

La fundación mítica de la Rosario ideal

La Nación imaginada desde una ciudad, de Mario Glück, devela el pensamiento de Juan Álvarez, el autor de Historia de Rosario y creador de una frase que aún resuena y es casi un eslogan identitario: "Rosario es hija de su propio esfuerzo".

“Juan Álvarez fue historiador, jurisconsulto y ensayista. Publicó libros, entre los que se pueden citar Ensayo sobre la historia de Santa Fe, Estudios sobre las guerras civiles argentinas, El problema de Buenos Aires en la República Argentina, Historia de Rosario y numerosos artículos”, dicen las primeras líneas de La Nación imaginada desde una ciudad, el libro que Mario Glück comenzó a idear de la mano de su doctorado en Humanidades y Artes. Esa descripción encierra una espesura que Glück desmenuza en cada una de las páginas del libro. El objetivo, llegar a dibujar el mapa de las ideas políticas de este intelectual nacido en 1878. Pero hay otra frase, en este caso dicha por el propio Álvarez que hasta hoy habita en el discurso que enuncia a esta ciudad: “Rosario es hija de su propio esfuerzo”. Ese valor, acuñado en sus escritos a finales de la década del 30, aún impregna la identidad rosarina.
  La tesis de Álvarez que Glück expone a través de su puntillosa y vasta investigación ubica a la ciudad como modelo para una Nación que debía concebirse como cosmopolita y republicana. “Rosario es el modelo, el tipo ideal”, dice Gluck sobre la idea que sostiene Álvarez, concepto que fue su norte a pesar de su transformación política, de liberal a conservador, con el paso de los años.
  En diálogo con Más, Glück ofrece un recorrido por las ideas de quien integró gobiernos municipales, planteó la creación de una universidad para Rosario, fundó la biblioteca más importante de la ciudad, fue procurador de la Nación y se construyó como un intelectual reconocido a nivel nacional.
  —¿Por qué se destaca Álvarez en el “cielo historiográfico”?
  —En realidad, cuando él escribía no fue considerado por sus pares como un historiador. Porque los historiadores eran Ricardo Levene, Emilio Ravignani, todo el grupo de la Nueva Escuela Histórica. Ellos eran los historiadores profesionales, y él mismo no se consideraba historiador. Lo que pasa es que él plantea algunas puntos como, por ejemplo, la cuestión económica en el fondo de los acontecimientos históricos que salía un poco del marco de lo que era habitual en esa época. Y aparte con un anclaje sobre el presente, porque lo que él planteaba era que había que entender el pasado para encontrar algunas cuestiones del presente. Él buscaba en el pasado explicaciones para el presente. No era estrictamente historia. Él incluso en Historia de la Nación Argentina se ocupó del tema económico en particular.
  —Entonces puede decirse que ese fue su aporte. Su mirada hoy estaría cerca de la historia económica.
  —Claro, él acá, en Rosario, era profesor de Economía. Él presenta un proyecto para que Rosario tenga su universidad, no lo logra pero luego cuando se crea la Universidad del Litoral, con Santa Fe, Rosario y Entre Ríos, tiene su cátedra en lo que sería la Facultad de Ciencias Económicas. No es un dato menor porque acá no había ninguna Facultad de Filosofía y Letras y lo que tenía que ver con las ciencias sociales estaba ahí.
  —Llama la atención que en una ciudad, aquella Rosario de fin del siglo XIX y comienzos del XX, donde lo que privaba era lo comercial como valor, él buscaba ser un intelectual. ¿Eso demuestra que había una voluntad de parte de Álvarez de conformarse como tal?
  —Sí, claramente. Creo que también tiene que ver, si se quiere, con una cuestión de formación familiar. El padre (Serafín) lo era. Había intentado hacer algunos negocios, pero no le fue muy bien. El capital de Juan Álvarez, entonces, termina siendo ser un profesional y un intelectual.
  —¿Y cómo logra insertarse en la elite local y luego a nivel nacional? Él trabaja para eso, promocionaba su propia producción...
  —Sí, en parte hay una cuestión familiar. Al padre cuando lo nombran juez en Santa Fe fue a través de los contactos con la familia Gálvez, entonces él tiene una larga relación con ellos y con alguien que fue muy importante en Buenos Aires: Manuel Gálvez, con quien mantiene una relación epistolar. Yo en el libro lo menciono, porque entre otras cosas que encontré en ese universo epistolar al que pude acceder están las cartas de Gálvez. También hubo menciones a Gálvez en sus memorias, muchas menciones. Eso le permite insertarse también a nivel nacional. Vale recordar que él estudió Clave. Glück descubre en Alvarez a un intelectual que logra ser reconocido por las elites y que insiste con Rosario como modelo de ciudad.

   —Quizá ante esa situación crítica es cuando él ve la necesidad de armar ese relato, de contar la historia de la ciudad en términos de relato.
  —Justamente, eso está en las últimas páginas de la Historia de Rosario, cuando dice esta es una ciudad de casas bajas, de edificaciones que no son grandes, es una ciudad que tiene una serie de cosas que todavía la hacen pueblerina y no tiene que perder eso, como tampoco se debe perder a nivel nacional el tema de la libre empresa. Él marca el peligro de la cada vez mayor intervención estatal en la economía, y el peligro de los sectores obreros que pueden llegar a producir alguna revolución. Hay que evitar estos dos peligros, sostiene, esta sociedad, por Rosario, es un gran ejemplo, de ascenso social, de liberalismo, remarca. Historia de Rosario es, en realidad, un libro muy político.
  —¿Le interesaba la política? Porque él integró gabinetes a nivel local y nacional, fue procurador de la Nación, pero no tuvo cargos ejecutivos.
  —Casi lo tuvo en el 45, le habían ofrecido ser ministro del Interior. Esto es interesante, pensarlo como un intelectual al que lo meten en algún momento en una función política. Él en todo momento dice que no se dedica a la política y que, si en todo caso piensa en la política, la piensa en términos de la gran política y como analista. Pero a él le toca ser procurador general de la Nación cuando en ese momento es un cargo que está entre los poderes Ejecutivo y Judicial, y fue elegido por un gobierno como el de (Agustín) Justo, y lo eligen porque, obviamente, tiene alguna afinidad ideológica. Después, desde el gobierno de (Edelmiro) Farrell, cuando intentan desplazar a Perón, le piden que organice un gabinete, en el que lo nombrarían ministro del Interior. Nunca pasó eso porque él entrega la lista de ministros, con todos personajes de la oligarquía, el mismo 17 de octubre que pasa lo que pasa con Perón. En realidad, era muy ingenuo políticamente.
  —¿Por qué muy ingenuo?
  —Bueno, no me puedo meter en la cabeza de él. Pero en los años 30, y siempre, está lo del barro de la política, en todos los niveles de la política. No porque la política sea esencialmente corrupta sino porque existe esa situación. Al barro de la política, Álvarez lo desconoce.
  —¿Esta situación no aparece ni mencionada en sus escritos?
  —Aparece a veces, pero cuando le toca actuar a él lo hace con mucha ingenuidad. El dice “yo tuve una misión patriótica en el 45”, y ahí era un teje y maneje para sacarse de encima a Perón. Hay una limitación en la forma de pensar la política y la historia, donde no sólo las cuestiones son económicas sino que la política también tiene un peso importante. Y la política en ese momento ya lo tenía. El creía que simplemente se trataba de gente que seguía a Perón, no de un movimiento de masas.
  —Era como que elegía desconocerlo, como pensando que a través de una cuestión reservada al plano de las ideas podía anular una política de masas.
  —Sí, exactamente, o de cúpulas.
  —Vos marcás el pasaje de Álvarez de liberal a conservador pero lo alejás del fascismo.
  —El tema del fascismo en Argentina en aquel tiempo es complejo, quien más quien menos de la intelectualidad simpatizó con el fascismo en la década del 30. Un caso fue Gálvez, para la misma época que Álvarez se vuelve más conservador. Decía: yo simpatizo por que no es izquierda ni derecha y ayuda al pueblo mejorar su situación, lo veía como algo positivo. Ibarguren tenía otra posición, él creía que el fascismo era autoritarismo puro, sin masas. Él simpatiza con esa parte del fascismo. Si uno lee la Historia de Rosario hay una parte donde reivindica la Marcha sobre Roma pero no es que reivindica el fascismo sino que reivindica la marcha porque es el dique de contención del comunismo. Y reivindica a Primo de Rivera, que no era fascista, sino un conservador autoritario. Yo lo que quise marcar con esto es que Álvarez no es alguien que tuviera cambios muy abruptos, algo muy común en su generación. Lugones, por ejemplo, que es de su generación, es alguien que vive cambiando. Entre los 20 y los 30 da saltos de la extrema izquierda, al liberalismo, luego va a un fascismo bastante particular y después vuelve al liberalismo. Ibarguren algo parecido. Álvarez viene de un liberalismo mas o menos moderado, bastante anticlerical a principios de siglo, a un liberalismo cada vez más conservador, a ser conservador, pero no tiene saltos abruptos. Siempre fue bastante libre en lo que pensaba.
  —¿Cuánto hay de la mirada de Álvarez en la clase dirigente de hoy en Rosario?
  —Yo creo que funciona, muy por abajo, pero funciona. Él fue expresión de la burguesía de su época, burguesía que en cierta manera sigue existiendo. Hay una forma de entender la ciudad y las políticas municipales que todavía se conserva. Esa idea de una ciudad especial, que tiende al progreso. Ideas que también estuvieron en La Liga del Sur, a la cual él no perteneció, pero sí Quiroga, intendente con el que colaboró. Igual, no sé puede ver sólo desde Álvarez. Hay como una cierta continuidad en los nudos problemáticos de la ciudad que parecen estar en el centro histórico y lo otro siempre queda extramuros, una línea de cierta continuidad que aparece como difícil de romper.

Entre consejos y epistolarios

Mario Glück (Rosario, 1965) es profesor en historia y doctor en humanidades y artes por la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, donde se desempeña como docente-investigador. Sus trabajos de investigación están orientados hacia la historia de las ideas políticas en la Argentina, los imaginarios urbanos y la relación entre memoria e historia.
  Glück comenzó su investigación sobre Juan Álvarez hace siete años, cuando buscaba tema para definir su doctorado. “En realidad, no puedo decir que fue Tulio Halperín Donghi quien me lo dijo, pero... Fue en un curso que él daba, teníamos que elegir algún intelectual para trabajar y yo le ofrecí varios. Me dijo: “Por qué no lo tomás a Álvarez”. Después encontré que él había escrito tres páginas sobre Álvarez que equivalen a mis 300, pero bueno, ya estaba en marcha”, recuerda con una sonrisa.
  “La investigación empezó en ese momento, tenía que ver con el doctorado. Pero después encontré algunas fuentes más que interesantes para un historiador. Entre ellas, un epistolario que tenía la familia, también una serie de documentos inéditos que estaban en el Museo de la Ciudad, a lo que se sumó todo lo publicado y su biblioteca personal que está en la Biblioteca Argentina”, detalla Glück, aún sorprendido por la riqueza del material que logró consultar.
  La Nación imaginada desde una ciudad se presentará el jueves 18 de este mes, a las 18.30, en la Biblioteca Argentina Doctor Juan Alvarez (Presidente Roca 731). La historiadora Alicia Megías acompañará al autor en la presentación.

Historia y biografía

Mario Glück conjuga los recursos de dos géneros historiográficos: la biografía intelectual y la historia de las ideas. Nacido en Gualeguaychú y rosarino por adopción, Juan Álvarez (1878-1954) pertenece a la misma generación que José Ingenieros y Leopoldo Lugones, y a la misma constelación intelectual que José María Ramos Mejía, Ernesto Quesada, Juan Agustín García y Rodolfo Rivarola. Glück evoca aquí las varias facetas del trayecto de Álvarez: jurista, docente universitario, historiador. Con la reconstrucción biográfica, entreteje el examen crítico de la visión social y política de este intelectual liberal a quien se debe uno de los textos clásicos del positivismo histórico en el país, Las guerras civiles argentinas.
  El libro fue publicado por la editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, en la Colección Intersecciones, dirigida por Carlos Altamirano.

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