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Martes 25 de Marzo de 2008

La fiesta terminó

Los lectores de Ernest Hemingway tarde o temprano llegan a un libro tan querible como abominable. Y es que “The Moveable Feast” –o “París era una fiesta”, tal cual con gran acierto fue titulada la traducción al castellano– es tanto un fresco y colorido retrato del París de entreguerras como un catálogo de bajezas morales.

Los lectores de Ernest Hemingway tarde o temprano llegan a un libro tan querible como abominable. Y es que “The Moveable Feast” –o “París era una fiesta”, tal cual con gran acierto fue titulada la traducción al castellano– es tanto un fresco y colorido retrato del París de entreguerras como un catálogo de bajezas morales. ¿O a quién puede interesarle el tamaño del pene de Francis Scott Fitzgerald?

Pero el buen Ernest, pese a su afán por destruir a la competencia literaria sin reparar en daños, era y seguirá siendo un prosista de primera. Y en estos textos tantas veces entrañables dejó pintada una ciudad que desapareció para siempre, tragada por las guerras y el progreso. Esa misma ciudad que yo equivocadamente salí a buscar días atrás, cuando un viaje de trabajo me llevó hasta las calles que una vez caminaron Baudelaire, Walter Benjamin, Paul Eluard, Sartre, Camus y Cohn-Bendit.

Había que elegir y yo opté por los cafés, no por los museos. Me dije: quiero sentarme en el mismo lugar donde Artaud debatió con Breton, donde se cruzaron la Beauvoir y Simone Weil, Malraux con André Gide, donde anduvieron Picasso, Stravinsky, Dalí, Gershwin, Morrison y Vinicius de Moraes. Quiero ver la atmósfera de la noche, soltar los pasos sobre las veredas como sabuesos que olfateen la belleza perdida. Y mientras otros se preocupaban por los horarios de apertura de Versalles, recorrían les Champs Elyseès en busca del Arco del Triunfo o quedaban deslumbrados ante la cursilería insuperable de la tumba de Napoleón, yo rumbée sin vacilaciones hacia Montparnasse y Saint Germain-des-Prés. En busca de las huellas del espíritu, no de las obras de la espada.

Y claro, todo sigue ahí. Al menos, en su forma exterior. Le Closerie des Lilas, La Coupole, La Rotonde, el Café de Flore, el Dome, el Select. Los recuerdos surgen a borbotones: allí iba Apollinaire, ese era el refugio de Joyce; allá solía estar Buñuel bebiendo su copa de tinto, acá Gainsbourg prendía su enésimo Gauloise.

Uno recuerda emocionado y se sienta, pega un salto de medio metro ante los precios de la carta, tolera la manifiesta antipatía del mozo, pide lo que puede pagar y contempla la mesa donde Man Ray conversaba con Youki día tras día y donde una tarde se instaló Robert Desnos para enamorarse de ella, a quien le escribió varios de los textos más hermosos del siglo veinte en lengua francesa.

La pregunta es: ¿dónde están los Man Ray y los Desnos del presente, los Picasso y los Breton de hoy?

Hay dos posibles respuestas: o se esconden muy bien o simplemente no están, anulados por la posmodernidad, la frivolidad, el mercado.

Y entonces la fiesta terminó.

Y todo lo que queda es la escenografía iluminada por los flashes de las cámaras digitales de los turistas.

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