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Domingo 08 de Enero de 2017

La fiesta interminable

¿Ella pensaba lo mismo que yo o simplemente era la complicidad de dos compañeros en esa aventura de militancia?

1Quizás haya sido 1984 o 1985 aunque no lo puedo asegurar, como casi nada de lo que aquí escribo o digo. La llamábamos peña, pero era un baile o lo que hoy denominamos fiesta. Todo empezó con peñas, donde tocaban la guitarra y se cantaban esas canciones que se cantan en las peñas, pero los que íbamos allí en un momento quisimos reunirnos en otro lado y tal vez porque éramos las mismas personas decidimos poner el nombre de peñas a las fiestas bailables que se hacían en los patios de las facultades y hasta en el gimnasio de la Universidad. Eventos donde se vendían gaseosas y vino en damajuana, es probable que alguna haya habido choripanes o empanadas, el fernet no fue una posibilidad hasta una década después y la cerveza podía aparecer pero recién fue protagonista sobre principio de los 90. Esa noche la fiesta era en la Facultad de Derecho, en el patio, la música: Virus, Soda Stereo, Charly García, Los Twist, Zas, etc. La fiesta duró hasta la madrugada, bailábamos con el sol de la mañana del sábado, para más tarde subirnos en mi Citroen 3 CV hacia una casa donde volvimos a poner algunos de los mismos discos. El vino que había era bastante malo pero de eso nos enteraríamos 10 o 15 años después, el sexo no tenía barreras y el Sida no era una problema en esa multitud de cuerpos que podían refugiarse en habitaciones o ser más impúdicos al momento de esa rebelión que vivíamos como euforia universitaria o primavera democrática.

2Calificar a un período histórico como primaveral siempre lo tiñe de un aire romántico que lo exime de críticas agudas y que le permite permanecer en nuestra memoria como algo digno de ser recordado con cierta inocencia, pero no estoy seguro de que haya sido así, creo que fue el momento en que empezamos a abrir los ojos y perder la inocencia o la ingenuidad. Despertar, de eso se trataba, de encontrar algo que con los años nos dimos cuenta de que era mucho más grande de lo que percibíamos ahí. El deambular marcaba nuestro día a día, el descubrir y descubrirnos entre los discos de Silvio o de Soda Stereo y los libros de Gramsci y la revista Fierro.

3Una semana o un mes después. La calle Alvear y un departamento en el primer piso. Llegamos de noche, tarde, de una pizzería que quedaba a pocas cuadras, el antes no lo recuerdo pero pudo haber sido una noche de pintadas en la calle o una noche de pegatinas de afiches en las paredes o simplemente nos juntamos porque nos juntamos. Eramos un grupo o andábamos en grupo, con 20 o 21 años parecíamos o nos creíamos más grandes o queríamos ser más grandes. El ímpetu de una militancia en donde la política, el sexo, el cine y la música se confundían en una noche interminable. No había apuros, pero estábamos apurados. El tiempo era laxo y a su vez muy corto. En esa casa había una videocasetera, no era común que en 1984 u 1985 en las casas hubiera videocaseteras, por eso estábamos ahí. La dueña de casa, una chica de familia intelectual, de una burguesía progresista tenía su departamento a nuestra disposición. Esa noche en ese televisor vimos El Imperio de los Sentidos, filme que algunos recuerdan por el corte del pene del protagonista y otros por ser una de las películas clave de Nagisha Oshima, el gran director japonés que escribía guiones con Jean Claude Carriere (el socio de Buñuel) y que tuvo de actor a David Bowie en Furyo. La película era larguísima y estábamos todos expectantes frente al televisor, tirados en sillones o recostados en el piso y durmiéndonos ahí, en ese mismo sillón o sobre el piso, donde caíamos rendidos al amanecer. Unos cerca de otros mirándonos y deseándonos.

4El sueño duró poco hasta que la mañana llegó y alguien bajó a comprar medialunas y asomaron los mates. Y nos miramos con la dueña de casa y no nos dijimos nada aunque podríamos habernos dicho algo y las cosas que no se dicen en los momentos justos ya no se pueden decir. ¿Había algo en esas miradas? ¿Ella pensaba lo mismo que yo o simplemente era la complicidad de dos compañeros en esa aventura de militancia y de estar convencidos de ser los protagonistas de la Historia que estaba por venir? No lo sé y recién me lo pregunto ahora, a más de treinta años a pesar que todavía creo que soy el mismo pibe que era capaz de disfrutar del descubrimiento de una película con la misma pasión que lo hago hoy cuando me encuentro con un filme que me vuela la cabeza o un disco que necesito escuchar treinta o cuarenta veces hasta que ya me quede grabado en la mente. Pero esa mirada entre esa chica y yo fue interrumpida por quien cebaba los mates y que era ajena a lo que allí estaba o no estaba sucediendo.

5Días después o semanas después estaríamos de nuevo en esa departamento frente al televisor descubriendo una copia pirata que circulaba por ahí de La Hora de los Hornos. Y el deambular nocturno nos depositaba en diferentes casas siempre con la misma lógica o el mismo ritual, a veces cambiando películas por música que salía de los discos o los casetes. Algunas noches también asomaba el sexo de la manera más natural, quizás como debería ser siempre, entre dos personas que sentían que eso debía pasar ahí y en ese momento, sin pensar demasiado, dejándonos llevar por el sonido de esa música reveladora de los ochenta o por las imágenes que todavía conservábamos de aquellas películas que envejecerían más que el sonido de la época.

6Pasó un tiempo, no se cuánto, pero en ese momento un año era demasiado, la intensidad era parte de algo que nuestra cabeza inventaba o simplemente era todo muy intenso. Y no sé como yo estaba con una novia de vacaciones en carpa en la costa junto a otra pareja. En ese momento el viento me llevaba sin pensar demasiado en las consecuencias, fue así que tuve mis primeros desamores y mis primeros grandes dolores por amor. Entraba a la militancia, entraba a la Universidad, entraba al amor y entraba al cine y la ficción que me permitieron curar el dolor de lo que el tiempo nos enseña que es la vida misma.

7Una tarde ella y yo caminamos por la playa, no miento si digo que fueron kilómetros a través de los médanos, donde hicimos el amor al que le quedaría poco tiempo. Teníamos poco más de veinte y la escena me hacía acordar a Zabriskie Point de Antonioni. Nuestra caminata terminó en la noche, cuando entramos en ese pequeño poblado al lado del mar, no sé si era Mar de Ajó, San Bernardo, Valeria del Mar o la más populosa Villa Gesell. Hacía frío y teníamos poco abrigo, ya no daba para volver caminando. Decidimos ir por un ómnibus con el poco dinero con el que cargábamos.

8Esperamos la llegada del ómnibus en el banco de una plaza donde se estaba armando el sonido para un recital. De a poco la pequeña plaza se llenó de gente, no eran muchos pero los suficientes para que el músico y su banda comenzara a tocar. Al escuchar los primeros acordes y la voz del cantante me di vuelta y reconocí a Miguel Mateos. Su banda ZAS no era de mis preferidas, pero nos quedamos un rato escuchándolos ahí sentados y con el frío del mar que nos ponía la piel de gallina. Yo la abracé a ella y ella recostó su cabeza sobre mi hombro. Como dije, teníamos poco más de veinte y el mundo para llevarnos por delante. Días después volvimos a Rosario y ya fuimos solo el recuerdo de una época que se apagó como las canciones que nos hacen recordar los momentos en donde la luz y la sombra, el frío y el calor nos hicieron hombres y mujeres.

Gustavo Postiglione / realizador audiovisual

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