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Jueves 13 de Junio de 2013

La fantasía que ofrece enseñanzas

Súperman era mi héroe preferido, y así, pronunciado con acento en la u.

Súperman era mi héroe preferido, y así, pronunciado con acento en la u. No había dudas que era el mejor de la Legión de Superhéroes, y desde ya, para mí era ampliamente superior a Batman. Eran años de mucha inocencia. Con el mismo folclore que se peleaba por Central y Ñuls, se discutía por Ford y Chevrolet, por la Tita o la Rhodesia, por Menotti o Bilardo y, claro, por Batman y Súperman. Cada sábado esperaba al diariero Antonio, que pasaba con su bicicleta descuajeringada por la calle Iriondo, y era música para mis oídos escuchar las novedades editoriales de la semana pese a su ronquera crónica: "El Tony, Fantasía, Patoruzú, Batman, Para Tí, Goles". Hasta que decía la palabra santa: "Súperman". Y ahí yo le pedía a mi vieja, la Dominga, si esta semana me podía comprar la nueva revista de Súperman, que tenía ese olorcito a tinta fresca incomparable. Yo soñaba volar. Algo que puede tomarse como muy normal en cualquier libro de Sigmund Freud sobre la interpretación de los sueños. Pero yo, en mis sueños, salía volando de las situaciones críticas o simplemente me desplazaba a más velocidad en menos tiempo. Con Súperman aprendí eso, aprendí a volar, a que se podía estar en otro lugar aunque físicamente uno estaba acá. Fantasía que le dicen, sí, como esa revista que también vendía Antonio. De chico no comía zanahoria ni lechuga. "Claro, es roja y verde, como la kryptonita", me decía el Flaco. Mi viejo se refería a esas piedras que herían la fortaleza del Hombre de Acero. La roja lo debilitaba, la verde lo mataba. Eso también me lo enseñó Súperman. Que los hombres somos vulnerables. Y que todos podemos morir, incluso el tipo de la historieta al que le rebotaban las balas y levantaba un auto con una mano. Nada de estas dos enseñanzas lo entendí en su momento. Ahora, a la distancia, con más canas que inocencia, interpreto que Súperman me enseñó a vivir al máximo antes que una kryptonita me consuma, y que puedo seguir mi viaje en vuelo rasante, aunque a veces la realidad se empeñe en estamparme contra el piso. Por todo esto, gracias Súperman, mi capa roja sigue flameando.

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