Edición Impresa
Domingo 31 de Mayo de 2015

La familia unita

Fundado en 1974, ya es una tradición entre los rosarinos. En su carta figuran propuestas variadas y categóricas.

Restalla en el piso una copa y se interrumpe por unos segundos el murmullo uniforme del salón. Aparece un chico alto, delgado, de voz cálida y mirada vivaz, llevando tres platos con una mano. Es un brillante conversador, sabe que su equipo perdió y que los parroquianos van a querer hablar del tema: “¿Que pasó, pibe? ¿No iban a ganar 5 a 0?”. Sirve a los clientes, los cuida, los conoce, los llama por su nombre, les ofrece lo mejor de la carta, les dedica tiempo. Otra forma de hacer política: cuidar del otro. Rodrigo tiene 27 años, es un Simoncini, hace más de seis años que es mozo del boliche y confiesa: “Jamás le soltaría la mano al negocio”.
Fundada en 1974, La Bella Napoli se emplaza en una vetusta construcción de principios del siglo pasado. Ocupa la ochava donde se abrazan Tucumán y San Nicolás, en el centro del barrio Luis Agote. Tiene las particularidades de las tres entradas por ambas calles y ochava, dos ventanas guillotina y un piso anexado, donde también hay mesas.
El menú esta colmado de variedades. Entre los 130 platos de la carta figuran sopas, rana, yacaré, cazuelas de mariscos, parrilladas, pastas caseras, pollo al horno, boga, puchero a la española, mondongo y tortillas, entre muchos otros. Cualquiera puede salir todo el año y ni la canícula rosarina disuade a los comensales de zamparse un suculento plato de pasta con albóndigas.
María Luisa Simoncini está doblando unos manteles. Es una mujer delgada, de mirada tierna y pelo desarreglado, tiene 63 años y es la organizadora tras bastidores de este sainete familiar que, desde hace 41 años, no para de darles de comer a los rosarinos. Cuenta que la primera vez que salió al salón a atender “lloraba. Porque cuando me daban propina era como si me estuvieran ofreciendo algo, viste… ingrato. Entonces yo decía: «¡No! Gracias, está bien... Por favor». Y los mozos me querían reventar”.
Juan Carlos Simoncini es el padre de Rodrigo, se lo puede encontrar por las noches paseándose por las mesas preguntando cómo está todo, viendo si hace falta hielo o se necesitan más grisines. Trata diariamente con los proveedores, regala huevos de pascua para Semana Santa, tiene chispa y fama de gran anfitrión.
La familia es oriunda de Bombal, a una hora de Rosario. El clan Simoncini vino a Rosario en 1971. Alfredo, el fundador, murió hace 32 años y dejó a su esposa, Palmiera Romagnoli, junto a sus hijos, María Luisa y Juan Carlos, al frente del local. “Mi padre quiso a la familia unita, tipo Campanelli”, dice, pero “cuando hay un montón de trabajo la presión sube a mil y no te cruces en el camino de nadie”, aclara María Luisa. Palmiera tiene 85, cocina “como los dioses” y todavía viene por las mañanas a atender algunos proveedores, a desgrasar la carne, a poner orden entre los hijos y a preparar la bagna cauda y el relleno de las empanadas. (La bagna cauda es un plato piamontés a base de aceite de nuez o crema de leche, ajo y pasta de anchoas, se acompaña con pedazos de vegetales o distintas carnes, y hasta pastas).
Las fechas patrias son muy especiales, “un loquero” en palabras de Rodrigo. La gente invade el local y hace extensas colas con sus ollas. “Vos vas a ver gente peleándose en la cola del locro porque llegó antes, que esto, que lo otro, gente que quiere sentarse a comer y medio que discute con la misma gente. Hay veces que tenemos que hacer de mozos-patovicas”. Al final, alcanza para todos: se preparan las clásicas empanadas y aproximadamente seis ollas enormes de locro y Palmiera dirige, desde su silla, estirando el cuello y apoyándose sobre su trípode, el orden en que deben agregarse los condimentos.

Vanguardia y comensales

Un hombre saluda, se sienta y a los pocos minutos se para y enciende el ventilador. La mesa de al lado acaba de engullir tres platos y aún queda lugar para un panqueque de banana y dulce de leche explotado de azúcar y dulce derretido que está flameando llamas. Es recibido por dos celulares que le apuntan directamente al fuego en un frecuente acto de foodporn. Esto es: la tendencia de exhibir los platos o preparaciones generalmente hipercalóricos, en redes sociales a través de dispositivos móviles: como si subiendo la imagen a Facebook el disfrute aumentara. Sin embargo, esa foto quizás no llegue a ser compartida porque acá el wi-fi no llega, las tarjetas de crédito no existen y las facturas se hacen a mano. Rodrigo comenta que ellos son “chapados a la antigua” y hacen “todo a pulmón”, de ahí que tampoco tengan presencia en las redes o buscadores virtuales. La fama es producto del boca en boca rosarino. Y el resultado es de un inapelable éxito, el quiosquero del local contiguo asevera: “Si no hay gente en la Bella Napoli, no hay gente en ningún lado”.
“No, no a mí traeme una Coca Zero.... ¿Coca Zero vas a tomar en  tu cumpleaños?”. ¡Pa, pa! Van trece horas de tu cumpleaños, ¡dale que estoy filmando, decí algo a la cámara!”. El diálogo ocurre en una mesa que está ubicada contra una ventana en lo que a primera vista es una de las mejores ubicaciones del boliche, donde históricamente se sentaba el primer cliente de la casa: don Martín Landriel. “Siempre llegaba a primera hora. Pero una vez vino una parejita antes que él. Estaban todas las mesas libres y se sentaron justo en la de Martín, y él fue y le tocó muy amable el hombro al muchacho y le dijo: «Disculpame pero yo en esta mesa hace treinta años que me siento...». Era un soldado firme”, evoca Rodrigo.
El folklore del bodegón es protagonizado por diferentes figuras: tacheros, médicos, hinchas de Newell’s y Central, colectiveros, vecinos y estudiantes. Es un reducto prohijado tanto por ancianos y adolescentes como por personajes solitarios y familias numerosas. Comida y bebida a precios accesibles, servicio informal y ausencia de decorados o marcas que exciten el consumo de productos masivos: el local muestra una austeridad que habilita una experiencia relajada y sin reversos. Recuerda la sociabilidad de las viejas casonas de pensión, donde los huéspedes convivían por años, se conocían entre ellos, compartían las comidas e improvisaban rondas de sillas en la vereda para seguir charlando.
Es sábado y son casi las once de la noche, en la escena reina un simpático caos y el murmullo va in crescendo. Los Simoncini, los platos rebosantes y la familia rosarina son los únicos protagonistas de esta hermosa historia.

Comentarios