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Domingo 20 de Diciembre de 2015

La fábrica de palabras

Han crecido tanto en espacios públicos como privados. Se caracterizan por su diversidad de propuestas y participantes. Más repasa con coordinadores, asistentes y escritores rosarinos las claves de un fenómeno que gravita a fondo en el rico presente literario de la ciudad.

Una actividad que ya contaba con sus pioneros y referentes clásicos se enriqueció en los últimos años con la aparición de nuevas propuestas. Librerías, bibliotecas, centros culturales, mutuales y dependencias estatales son algunos de los espacios donde se desarrollan.
La emergencia de nuevas y nuevos escritores y editoriales en nuestra ciudad guarda estrecha relación con  la proliferación de los talleres literarios, que se han vuelto, en algunos casos, verdaderas usinas creativas, aunque los alarmistas de siempre vean en ellos fábricas de escrituras homogéneas.
Lo que antaño se fraguaba en camaradería nocturna de bares o bajo la tutela de algún escritor experimentado, personalmente o vía epistolar, hoy encuentra espacios con diversos grados de formalidad, donde no necesariamente debe responderse a fidelidades o fervores personales o estéticos. Quien coordina un taller posee un saber que socializa, un oficio que puede practicar como cualquier otro, sin necesidad de que su tarea irradie un aura sacramental.

Espacios de diálogo y hacer colectivo
Si se les pregunta a sus responsables para qué sirven los talleres literarios, responden que para muchas cosas o, como señala con humor mordaz la escritora Carolina Musa, no sirven para nada: “¿Para qué sirve la literatura? En los parámetros de este capitalismo desvencijado, la utilidad está muy sobrevalorada. ¡Ja!”. Lo cierto es que en ellos se puede compartir la pasión por la literatura, enriquecer las competencias de lectura y escritura, potenciar diferentes vías de expresión, a veces con efectos casi terapéuticos, y por qué no conocer gente interesante, con inquietudes culturales comunes, aunque algunos coordinadores no estén de acuerdo con que sus espacios se reduzcan a tales fines.
Tomás Boasso lleva cinco años coordinando talleres. Actualmente conduce “Herramientas poéticas”, en el Club Editorial Río Paraná. Cuando el cronista lo apura con la pregunta por los fundamentos de su tarea, le responde “para conectar la emoción y el pensamiento humano, ahora que lo pienso… Se viene con deseos de aprendizaje y conocimiento. Y yo espero siempre poder trasmitir mi pasión. He tenido mucha suerte: el entusiasmo y la generosidad de mis alumnos es la magia de todo esto”.
Vicky Lovell cumplió veinticinco años con el taller que coordina, dependiente de la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario. Más de una vez le aconsejaron escribir un libro donde volcara su vasta experiencia en la materia. Su mejor respuesta, porque aúna forma y concepto de manera ejemplar, la dio el jueves pasado con la publicación de una novela colectiva, Perdón, usted vio a mi gato, escrita por integrantes de su taller. Lovell piensa dicho espacio en términos de productividad y de diálogo: “El taller debe problematizar en primer lugar la relación entre el sujeto y el lenguaje, generar una relación de fuerza entre ambos, forzados a decir en una lengua algo que otra oblitera u omite. El concepto de escritura habilita las relaciones múltiples que se tejen en un texto. En ese entramado, en forma explícita o no, se dialoga tanto con la tradición como con las múltiples significaciones de nuestro imaginario cultural”.
Para Carolina Musa, que trabaja con niños de ocho a doce años en la Biblioteca Vigil, un taller sirve “para leer, escribir, copiar, corregir, reescribir, compartir, escuchar al otro, divertirse, enojarse, leer, leer, conocer recursos de otros escritores, copiar, copiar, aprender palabras nuevas, mejorar la ortografía, hacer zoom sobre el lenguaje”.
Un nutrido grupo de poetas y narradores de la ciudad han pasado por los talleres que Marcelo Scalona coordina desde hace más de quince años. El narrador rosarino destaca su trabajo con “los elementos formativos, teóricos, del discurso, del lenguaje, y luego, concretamente, los distintos estilos, géneros, registros, tonos, autores, desde la tradición a las vanguardias, desde lo universal hasta Rosario”.
En 1993, Andrea Ocampo comenzó a coordinar talleres en forma privada y en instituciones públicas. Desde entonces no se ha detenido. Cada año se aventura en una propuesta diferente “de lectura, de escritura, de experimentación, de narrativa,  de poesía, para determinada franja etaria, para escritores, de edición, de producción”. Considera que el taller es un lugar de trabajo a la manera de los oficios manuales: “El mejor ejemplo sería una carpintería: materiales, herramientas, saberes, intuición, belleza (el orden es aleatorio). En el taller se crea, se aprende haciendo, se aprende lo que se necesita en función del desafío que cada uno se plantea. Conocer los materiales, las herramientas, disfrutar del oficio de escribir y leer como dos caras de la misma moneda, apreciar la obra ajena y compartir lo que se sabe”.

Desde el lugar del lector

En algo coinciden casi todos los consultados: más allá del perfil específico de cada taller, la lectura es la habilidad primordial que se desarrolla en dichos espacios. El que coordina Marta Ortiz, orientado específicamente a la lectura, uno de los talleres más reconocidos de Rosario y su zona de influencia, está pensado “para lectores que no se sienten inclinados a transformar en escritura sus experiencias, aunque leer sea (lo sabemos) una modalidad peculiar de la escritura. Se sabe que la lectura no es un acto pasivo: el lector interpreta, devela la línea oculta, asocia… Se trata de una búsqueda: el libro propone un viaje que de un modo u otro moviliza o trastorna nuestro paisaje interior. Somos en alguna medida y entre muchas otras cosas, la suma de lo que hemos leído”.  Y recuerda la preferencia de Borges por los lectores, “cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores”.
En el mismo sentido, Scalona señala que “el mayor énfasis de un taller es que los alumnos lean. Que lean mucho, que sean lectores voraces y luego selectivos. Leer y escribir es un solo proceso y es más, escribir es secundario, lo esencial es leer”.
También Lovell hace hincapié en dicha práctica, cuando admite que apuesta a poner en juego la competencia lectora de los talleristas, a desafiarla todo el tiempo: “Por ejemplo, el año pasado trabajamos como eje temático la figura del lector. En un primer momento, nos acercamos desde nuestra propia experiencia como lectores pensando qué lecturas nos modificaron, nos hicieron ver y pensar distinto. Después, inventamos historias cuyos personajes fueran lectores; irrefutable legado que nos dejara Jorge Luis Borges. A fin de año, fatigados no sólo por el calor sino porque los personajes huían de nosotros, elegimos otro material de lectura y escritura: ciudades, el trazado de las calles, cúpulas de las iglesias, las escaleras, moda, los cómics. Cuando se es lector uno no puede dejar de serlo”.

En busca de la propia voz

Al momento de pensar el lugar de la escritura en los talleres, Ortiz cree conveniente discernir entre aspirantes a escritores y personas que simplemente buscan pulir su escritura, organizarla mejor, conocer autores y sus aportes al género.
Para Scalona, la escritura es el segundo paso que se puede dar en su taller, donde se intenta generar “la producción de textos a partir de muchos de aquellos modelos leídos y estudiados, pero especialmente, tratando de orientar, editar (corregir) a ese escritor, poeta o dramaturgo en ciernes. En la medida de lo posible ayudarlo a encontrar su voz, si la tiene o puede o tiene el coraje y la constancia para eso”.
Musa, editora de libros para niños y artesana, reconoce conexiones entre sus diversas actividades: “Leemos cuentos o poemas, y a partir de ahí yo sugiero un ejercicio de escritura, en general muy libre. La idea es identificar algunos recursos que proponen los textos y reutilizarlos, reescribirlos, apropiárselos. Ahora que lo pienso es como un laboratorio de reciclaje”.
Para Ocampo, “la posibilidad de escribir, expresarse con la palabra y comunicarse es un derecho humano, cada persona debería alguna vez encontrarse con otros para leer, escribir, ejercer la palabra. Porque siempre es con los demás que se hace literatura. En los talleres se construye desde la diferencia y cada quien aporta desde su experiencia de vida, como lector, como escritor, como persona”.
Según Ortiz, “de la reflexión sobre lo leído, de detectar los recursos que usó el escritor-escritora, del asombro siempre renovado, surge el deseo inmediato de experimentar qué giro adoptará mi propia voz, en qué inflexiones se distancia de lo conocido, hasta qué límite voy a llegar con mi escrito. Por eso importa romper con los estereotipos, buscar la voz propia sin excluir por ello la experimentación con la voz ajena. Y el aprendizaje de la corrección se vuelve tan importante como partir de la lectura para despertar nuevas escrituras”.
Boasso resalta la apuesta ética de darse en la escritura: “Por un lado presento el material que preparé, lo leemos, lo charlamos, sacamos conclusiones, quedamos pensando. Y por otro lado se trabaja con los poemas de los integrantes del taller, valoro mucho la creación propia ofrecida a los demás para poder hablar de ella, no es fácil, hay que tener coraje porque la poesía nos muestra desnudos, en muchos casos. Está bueno porque la vida siempre está involucrada”.


¿Qué dicen los protagonistas?
Pamela Gaido es comunicadora social y trabaja como redactora. Según Pamela, participar del taller de Lovell le permitió “volver a las bases de la escritura, la profesión me fue amoldando a determinados formatos que me alejaron de la escritura creativa, en tanto esta experiencia me posibilitó revisar mi vínculo con la palabra y por supuesto descubrir autores y géneros a los que nunca había accedido. Sin dudas, lo más interesante de estos espacios es poder incorporar  la mirada del otro y a la vez poder construir textos propios a partir del aporte tanto de la coordinadora como de los compañeros”.
Emilia Pérez lleva un poco más de un año en el taller literario que dicta Scalona: “Desde chica leo mucho y me encanta escribir, lo que veo, lo que me pasa, lo que interpreto. Cuando te das cuenta de que te apasiona en serio ya no te conformás con la supuesta inspiración y las frases clichés, te dan ganas de aprender y que te critiquen lo que hacés.  Al taller le encuentro más o menos ese fin”. Emilia cursa el quinto año en la Escuela Superior de Comercio y acaba de ganar el IV Concurso Literario Intercolegial por su cuento Péndulo, que contó con Angélica Gorodischer, Eduardo D’Anna y Silvina Pessino entre los miembros del jurado: “Marcelo me hace conocer muchísimos autores (porque siempre es más lo que hay que leer, antes que largarse a escribir) y otra cosa de la cual aprendo un montón es de mis compañeros, de escuchar sus textos y puntos de vista diferentes de los míos.”
Silvia Pavía comenzó a asistir al  taller literario de Ortiz solamente con la idea de encontrar personas que compartieran su misma pasión. Advierte que sus textos estaban llenos de lugares comunes, repeticiones, adjetivos, pronombres y  todos los errores que es posible imaginar: “Con la ayuda de Marta, emprendí la difícil tarea de corregir, de sacudir el árbol como ella dice, para dejar emerger un texto límpido y descarnado que deja ver lo que no se escribe. Aprendí que no se trata sólo de tener buenas ideas. Si las ideas no se trabajan, si no se respeta un estilo, si el texto contiene los errores comunes que comete todo principiante, la idea naufraga en el mar de la mediocridad. También tengo que decir que mis compañeros de taller enriquecieron mi vida con sus miradas y sus voces tan diferentes plasmadas en sus relatos. Después de varios años juntos nuestra relación es de afecto y de confianza. Celebramos con alegría y admiración los buenos cuentos (que han sido muchos) y criticamos con objetividad las faltas o las palabras demás. Y  me voy cuando termina la reunión con una sensación de haber hecho un viaje hacia un lugar maravilloso donde he dejado en libertad mi imaginación y he vivido las experiencias de varias vidas”.
Buscando un espacio para trabajar sus textos, Giuliano Biribín inició el taller literario de la Vigil: “No solamente me di cuenta de que tenía que corregir mis textos, sino también de que mi ignorancia literaria era fuerte. Leandro Llull nos acerca autores latinoamericanos importantes de los que nunca había escuchado y los que me ayudaron a expandir el campo de mis lecturas. Apenas empezamos a analizarlos me volaron la cabeza”. Giuliano cursa el sexto año en la Escuela de Educación Secundario Técnica Ingeniero Manuel Bahía. A pesar de que la escuela consume mucho de su tiempo, aprovecha sus horas libres para leer y escribir: “Siempre surgen discusiones, de las cuales muchas nos hacen reír, donde todos nos dedicamos a compartir nuestras opiniones críticas sobre el autor que leemos, ya sea algún escritor con trayectoria o un alumno. Creo que esta forma de aprender se ha logrado gracias a que Leandro nunca ocupó una posición autoritaria frente a las correcciones y las opiniones que se exponen dentro del taller”.
Antes de comenzar el taller de Ortiz, Pablo Racca entendía que escribir cuentos tenía que ver con ordenar bien las palabras con que se cuenta una historia. La experiencia del taller lo llevó, según sus propias palabras, “a comprender el sentido de este orden: la belleza en lo narrado. La historia es la línea guía alrededor de la que orbitan las palabras. Como escritores debemos procurar armonía entre ellas, un orden que dé lugar a una bella experiencia de lectura, de contemplación. A lo largo de este recorrido que Marta guía, cada semana arribamos a nuevos hallazgos, y sin que lo notemos, Marta logra, con sigilo de artesano, que descubramos lo que ya estaba dentro nuestro. Ella minimizará su responsabilidad, porque su humildad es grande”.
Graciela Galván llegó al taller de Ocampo como oyente de su amena columna sobre literatura por radio UNR. La convocatoria “Para todos aquellos que aman leer y escribir. Para los que escriben desde siempre y los que nunca lo intentaron. Para escribir lo que nos gustaría leer” la decidió a comenzar: “Como vieja docente universitaria estaba encorsetada en los usos de la lengua dentro de ciertos hermetismos académicos. Y en sus clases, desde una dinámica lúdica, pude desestructurarme en el empleo de las palabras. Encontré en los otros asistentes los primeros interlocutores, enriqueciéndonos en las escuchas de nuestros textos, aceptándonos, aprendiendo sin competencias. En el transcurrir de las reuniones ella nos incentivó a cada uno en los diferentes estilos que ya se perfilaban, que nos iban caracterizando. Aprendimos a desmitificar la aparición de las historias como simple producto de la inspiración, a aceptar la necesidad de sentarnos a pensar, a borronear, a crear ficción. A utilizar las herramientas de la narrativa adecuándolas, conjugando forma e ideas. A seguir leyendo escritores, desmenuzando, descubriendo detalles de sus decires. Estos años de taller han sido una experiencia de disfrute creativo, tanto que en este año he publicado mi primer libro de cuentos”.


Autores rosarinos: relatos de experiencias
Décadas atrás, lejos aún de alcanzar la vitalidad que hoy los anima, era un lugar común por parte de autores reconocidos referirse peyorativamente a los talleres literarios. Aún hoy algunos escritores recomiendan leer mucho y no concurrir a esos mismos espacios que a veces coordinan por razones de supervivencia, en aparentes raptos súbitos de sinceridad consigo mismos. Nadie podría garantizar el éxito a quien participa de un taller con el afán de volverse un escritor que publica. Pero sin duda son numerosos los autores rosarinos de las últimas generaciones que han pasado por uno o varios talleres, han hecho o hacen clínica de obra con algún autor experimentado. Si resulta evidente que ningún taller puede dotar a alguien de la inteligencia, la sensibilidad, la imaginación o la mirada necesarias para devenir escritor, sin duda puede aportar muchísimo a quienes participan de uno.
Pablo Bigliardi es autor de la novela Determinación (2013) y de la flamante El santo de saco viejo, publicada por el Colectivo Editorial Último Recurso. Habiendo participado de los talleres de Alma Maritano, Leopoldo Brizuela, Damián Ríos y Beatriz Vignoli, ensaya una reflexión sobre su larga experiencia: “Fueron producto de la inexperiencia, o sea, por no haber podido seguir cursando en la Facultad de Letras y por haber preguntado cómo era que podía seguir manteniendo mi inquietud por la escritura. Mi experiencia fue tan positiva como negativa, entendí que a un taller literario no se debe ir más de dos años como máximo y que todo lo que se pueda aprender no llevará más de ese tiempo porque se puede caer en el inevitable padecimiento de taller-dependiente. El resto dependerá del escritor y de su voluntad. ¿Sirven para algo? Definitivamente sí. Se puede armar una base de corrección de obra que puede acompañar al escritor durante un buen tiempo porque al fin y al cabo suele ser difícil componer la obra en soledad y es  bueno mantenerse en compañía de otros escritores que luego de los dos años convenientes, no pertenecerán a taller literario alguno”.
Marcelo Cutró lleva publicados varios libros de poesía. El último es el excelente Rumania-Santa Isabel. Recuerda sus inicios en el taller con el poeta Alberto Muñoz: “¿El de la barba?, pregunté asombrado a la gran poeta y reciente amiga en ese momento, Gabriela Franco, aquella tarde del año 2004, en Buenos Aires. Sin dejar espacio para su respuesta, arremetí, el que escribió los once temas del primer disco de Liliana Vitale, el del disco El gran pez americano, el de la obra Los últimos días de Johnny Weismüller, el del guión de Okupas? Sí, era él. El mismo tipo que admiraba desde mi adolescencia, daba talleres de literatura. Luego, ya siendo su alumno, ese término se corrigió: comenzaba a tomar clases con un maestro de poética. Así el universo fue adquiriendo otras formas en mí. El poeta debe saber de todo, dijo: poesía, música, pintura, religión, biología, historia, con esa cara de filósofo, pensador, sabio, amigo. Me presta un libro todas las semanas. La próxima clase lo devuelvo. En el sentido total de esa palabra. Doy cuenta de lo leído. Fui transitando mucha más bibliografía en menos tiempo, que en mis truncas carreras universitarias. La formación es tan necesaria como particular. Cada uno tiene su poética. Acá vamos a ver la tuya, juntos, comentó antes de despedirnos en el primer encuentro. Mis dos últimos libros publicados, fueron gestados en estos años de trabajo, aprendizaje, alegría y generosidad. Cada encuentro deja una estela de enorme felicidad. La admiración sigue intacta”.
Comiéndose un choripán en un acto en el Club Echesortu, Matías Magliano, quien obtuvo en 2014 una mención en el Primer Concurso de Narrativa de Río Ancho Ediciones con los cuentos contundentes de Desnudo pateando una moto, charlaba con Rubén, un conocido, que le recomendó Marce Nomalumbré, el taller literario que coordina Scalona: “No sé cómo llegamos a hablar de eso entre choripanes. Me acuerdo de que me chupé la mayonesa de los dedos, conseguí una birome, le di a Rubén mi servilleta manchada de grasa y le pedí que por favor anotara el nombre de ese taller que me decía. Ahora pienso que tendría que haber guardado la servilleta. De vuelta en casa lo busqué en internet y cuando leí en mayúsculas la aclaración de que no era un grupo de autoayuda ni un taller de redacción sentí la ansiedad de estar en la Terminal esperando el turno para tirar yo también mis valijas a la bodega. Tenía un programa que indicaba más o menos por donde iría la cosa, duraba tres o cuatro años y la idea principal era transmitir la pasión por la literatura y trabajarla como oficio. Un año después le escribí un mail a Marcelo contándole mi experiencia, mis miedos, mis sorpresas, una devolución de lo que había encontrado ahí, que era mucho más de lo que había ido a buscar. Como a todas las cosas que te cambian la vida, a esto también hay que tratarlo con mucho amor y cuidado. En un descuido podría haberme anotado un año antes o uno después y el grupo ya no hubiera sido el mismo y el taller diferente. La misma magia que tienen los libros necesarios cuando se leen en los momentos justos. Sin ese choripán no sé qué estaría leyendo ahora, sin ese choripán –y me asusta pensarlo– no sé si seguiría escribiendo. Sé que en todo lo que leo y escribo, puedo hurgar entre los restos y reconstruir el palimpsesto de algo que alguna vez se dijo en el living del taller. Pasé una larga temporada en un taller literario que no lo coordina un guía turístico sino un compañero de viaje que conoce el lugar y tiene un mapa que te obsequia cuando levanta la barrera antes de empezar”.
Lila Siegrist acaba de publicar su nuevo libro de poemas, Lengua de barro. Siempre creyó en las bondades de la lectura compartida a la hora de trabajar sus textos: “Comencé a escribir en versos, en rayas cortas y agudas, a modo de listas y anotaciones. Un día les compartí esas cosas sueltas a Beatriz Vignoli y Gilda Di Crosta. Entre las dos, cada una por su cuenta, me hicieron dar cuenta de que ahí había algo. Así es que Gilda me recomendó ir a trabajar con Arturo Carrera; más tarde esos primeros textos fueron Vikinga criolla. Con el tiempo los textos cobraron una métrica sonora, un modo de vociferarlos, que calzaba en el ejercicio alveolar de mi voz, así llegaron Tracción a sangre, Destrucción total, y ahora Lengua de barro. Trabajé un libro completo vía mail con Damián Ríos, le mandaba un poema por noche y, a la mañana siguiente, él me hacía llegar su opinión, su ajuste; este es otro modo alucinante de faena. Pero en el taller tête à tête  se construye en la enunciación y así los versos se vuelven poemas. Por supuesto cargo el maletín con dos copias del manuscrito, me subo al Rosarino, recorro 290 kilómetros por la autopista, y llego al taller de Arturo en calle Viamonte; leemos y conversamos el trabajo. Cuando los textos cobran cuerpo, o una compacidad digna de ser puesta en circulación, siempre me interesa la mirada atenta de colegas”.

Poesía contemporánea

Como alumno de Daniel Durand por Skype, en la primera clase nos leyó durante 45 minutos el Gualeguay de Juanele Ortiz. Sobre que ya puede ser difícil mantener la atención, el wi-fi andaba muy mal en aquel altillo. Estábamos con Vero Laurino, Ramiro García y Roberto Vince, entonces cada verso tenía las palabras cortadas, y donde debíamos escuchar: “Y qué viento, qué viento, vino al encuentro de la nube”, escuchábamos: “Y q-- ----to, --é viento, vino al enc---tro -- -- nube”. Bueno, poesía actual, contemporánea, ¿no te parece?.

Tomás Boasso

En el polvo

Hay una historia que permanece en la memoria y es fundacional para Ópera Prima, que nació en 2003 como una actividad propuesta para el Café de la Ópera, anexo al teatro El Círculo. Fue en 2004, año del Congreso de la Lengua Española en Rosario. Los grupos alcanzábamos nuestra mesa de trabajo eludiendo boquetes, escombros, zanjas; aferrados a pasamanos, sobre tablones, seguíamos los carteles indicadores que diariamente modificaban el ingreso al Café. Imposible olvidar el polvillo invasor que respirábamos, pisábamos y tocábamos. Asistíamos a la destrucción constructiva de una esquina emblemática de la ciudad (Mendoza y Laprida) en tanto se desplegaba el cauce de la literatura. Polvorienta o no, ella marcaba y defendía su territorio. La calle asfaltada volvió a ser de tierra y se colocó el nuevo adoquinado; como en un sueño, la calzada retrocedía cien años para renovarse… Y la mutación urbana nos empujó a un nuevo hogar ad hoc, a sólo media cuadra del Café de la Ópera, donde por un misterio atribuido a préstamos temporarios, usamos las mismas sillas que usaron los miembros de la RAE, José Saramago y Sábato y Jorge Edwards y Ernesto Cardenal y tantos otros escritores durante las sesiones del Congreso habidas en el teatro. Todo un símbolo. (Marta Ortiz)

Marta Ortiz

Efectos no deseados

En una época, mis ex alumnos de los primeros grupos (hace 16 años que hago el taller), que son los más entrañables por esa cosa de la fundación, decían que mi taller hacía divorciar a la gente. Que muchos que venían allí, al poco tiempo se divorciaban. Obvio que a mí me resultaba hilarante. Cuando en Suecia empezaron a dar las películas de Bergman, realmente se empezó a divorciar todo el mundo, pero la causa no era Bergman, ¿no?  Bueno, el taller también ha enamorado a mucha gente, ya tenemos hijos y nietos de alumnos. Y en especial, un núcleo de amigos que llega al centenar, de un grado de profundidad que solo puede dar el uso de la palabra. Es decir, es más parecido a Fanny y Alexander”.

Marcelo Scalona

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