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Viernes 02 de Septiembre de 2011

La expresión como resistencia

Cada semana en el Irar un taller de lectura y escritura ofrece la posibilidad de construir vínculos diferentes de aprendizaje

“Haced la línea, jamás el punto...”, expresaba Deleuze en sus aproximaciones existencialistas fecundas y precursoras de lo que definitivamente sería parte de su escuela, fundada y consagrada en el vitalismo. Es gramaticalmente un punto quien determina el final de cada oración, aunque con la posibilidad latente de que pueda comenzar otra, siempre vemos uno de ellos como incrustado en el carácter definitivo de los párrafos, de los textos, de lo que queremos decir. Es gramaticalmente una línea la que a pesar de tener un comienzo determinante y posiblemente estipulado genera siempre la posibilidad de expandirse, de desterritorializar, de salir del cuerpo y de las formas verticalizando como el rizoma su raíz, la raíz. Haciendo del devenir un constante movimiento hacia ese infinito imprevisto que cualquier línea puede poseer. Su carácter implícito o explícito confiere el aspecto más antropológico, social y biológico de cualquier ser humano.

Siempre fui de los que se han interrogado acerca del bien reparador que uno puede ejercer desde cualquier ámbito, espacio o arte, sobre la figura expuesta que los demás o su ajenidad tienen sobre uno. Es en este caso donde parecemos diferenciar qué es enseñar y qué es aprender, argumentando el inicio o la finalización de cualquier proceso educativo desde la figura del educando y del educador, alguien que enseña para alguien que aprende.

El primer dispositivo que plantea el espacio de expresión y la escritura, dentro de los ámbitos literarios, o lo que representa la literatura como lenguaje, en el Instituto de Rehabilitación para adolescentes de Rosario y al margen de lo que supuestamente se establece como coordinador del mismo y las pequeñas diferencias que se pueden marcar entre sus asistentes, es el contacto, la combinación, la complementariedad, la conciencia de un otro sobre la vida de uno, lo que en definitiva nos hace uno. Si bien se estipula la base en un orden que gira en torno a la lectura, ejercicios de escritura como, por ejemplo, el género epistolar latente que en la redacción de cartas genera intercambio, espera, sinceridad, también se supedita a cierta anarquía por momentos necesaria a la hora de ejercer el vínculo más propio y humano que nuestra condición posee y más cuando la oclusión, la privación, el aburrimiento dificultan cierta erradicación de síntomas muchas veces inherentes a cada uno de estos elementos.

Es entonces cuando lo que se intenta enseñar y lo que se intenta aprender se hacen una misma cosa, uno es el otro en la enseñanza y el otro es uno en el aprendizaje. Es en ese sentido desde donde estipulo el primer indicio de respuesta ante dicha incógnita, soy definitivamente quien aprende.

El desafío. La idea de hacer correlativa una acción en función de otra, como quitándole el determinismo que sociológicamente implica la causa y el efecto, se hace extensiva en la búsqueda de otros dualismos y es en dicha búsqueda donde también se hace uno en el afuera desde el adentro y uno en el adentro desde el afuera. Compatibilizar ambas coexistencias desafía ciertas normas establecidas y cualquier agente puede intervenir sin requisa alguna cualquier miércoles por la tarde concurriendo a dicho espacio con la sola consigna de analizar, confrontar, discutir, llevar a cabo cualquier ejercicio planteado, sea desde la escritura o la imagen. Teniendo en cuenta que desde el adentro todos los agentes intervinientes en dicho espacio son niños, que aunque privados de su libertad, que aunque supeditados a un contexto de riesgo social, que aunque inhabilitados socialmente a muchos accesos dignos para el desarrollo, que aunque diezmados psíquica y físicamente son fundamentalmente niños. Antropológicamente nacidos, vivos y sin calificativos que ejecuten y ejerzan poder coercitivo sobre la mera humanidad de cada uno. El ser niños les da derechos que entre otros pueden salvarse, desde el arte y sus derivados. Más allá de ese efecto reparador que tantas veces suena relativo, la expresión genera resistencia en el mejor sentido de la palabra, su búsqueda genera belleza y más cuando en los términos más artísticos se reconoce cualquier talento como incorporado y como secuencia concreta que toda continuidad en relación a lo vital admite.

Estos vínculos son muchas veces elocuentes motivaciones para evitar cortes, intimidaciones, abatimientos, desconsuelo, tiempos muertos. Entonces aparece la función de lo lúdico añadido a la figura del niño bordeado por la adolescencia desprestigiada y molecular, siempre teniendo en cuenta que el juego forma parte de cualquier quehacer cotidiano en la vida de cualquier persona que a pesar de sus padecimientos tiene entre 16 y 18 años de edad. Proponer una dinámica desde lo lúdico compatibilizando ese adentro con ese afuera apropiándose del momento que aunque furtivo e impuesto parezca perecedero e intempestivo, es la crisálida manera de llegar a la mariposa. Es en esos vestigios supeditados a la continuidad donde todo decir se convierte y reconvierte la realidad para asir definitivamente el cuerpo y lo que se representa como existencia en él, desde él.

Proponer nuevos contactos con otras manifestaciones artísticas que alcanzan a la magia, el teatro, la fotografía, el cine, el dibujo o la plástica genera nuevas interacciones alineadas a la prematura y verosímil idea de definirnos, o intentar hacerlo desde lo que somos, queremos ser.

Si en dicha realidad proliferan tanto los absurdos como los acuerdos, construir y deconstruir son ejemplos de la consigna superlativa hacia la búsqueda elemental y consagratoria, la identidad.

Los códigos tumberos parecen ser el primer escollo y la inserción en el segundo. Invertir el orden no resulta tan desatinado, pero si de identidad se trata, el resguardo necesario se aproxima a la regeneración del deseo, la revalorización del símbolo como creador sustancial de subjetividades. Verdaderas protagonistas de la historia.

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