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Domingo 11 de Octubre de 2015

La Escuela Musto, el mejor homenaje a su mentor

Cumple 70 años desde su creación y planea muestras e intervenciones como festejo. Funciona en lo que fue la casa taller del gran pintor rosarino. Ubicada en pleno Saladillo, sorprende por su propuesta diversa.

Una escuela amigable, ubicada en una zona hoy complicada, como tantas de la ciudad, respetada por sus vecinos, donde una veintena de docentes sólo busca lograr que aquel que se acerque pueda vivir el arte como algo cotidiano. La Musto está de fiesta por sus 70 años.
  Creada a instancias del legado del gran pintor rosarino Manuel Musto, que donó su casa taller para que se convierta en una escuela de artes y oficios, hoy La Musto brinda la posibilidad a un millar de niños, jóvenes y adultos de participar de sus múltiples talleres. Dibujo, pintura, escultura, grabado, fotografía y cerámica, entre sus opciones clásicas, pero también cursos y seminarios que buscan colmar las necesidades de quienes se acercan a la escuela. Con espacios para muestras, biblioteca y un archivo que atesora la historia de la institución y también la de Musto, la escuela es un espacio cultural con fuerte inserción en pleno Saladillo.
  Su frente hoy está cargado de palabras, impresas a través de esténciles, que demuestran la capacidad expresiva de quienes todas las semanas la eligen para crear. “Hace años que vengo, ya hice varios talleres, es genial, es imposible no seguir viniendo”, dice Mónica, ahora asistente del taller de fotografía.Al no tener una terminalidad formal, La Musto corre con ventajas. “En la ciudad hay otras dos escuelas, la provincial y la de la Universidad, tienen terminalidades que apuntan a la docencia o a la cuestión artística. Acá no existe ese tipo de formalidad, son talleres que se cursan con bastante libertad”, explica el director de la escuela, Daniel Andrino.
  Entre su tarea como docente y directivo, Andrino se muestra feliz. Pero no es sólo lo que muestra, sino lo que transmite. Algo que en la recorrida que Más realizó por la escuela pudo observar tanto en los directivos, como en los alumnos, docentes y personal auxiliar. “¿La Musto?, sí, acá a un par de cuadras, es una casita con su frente pintado de colores, es la escuela donde mis chicos van a dibujo”, dice una vecina del barrio consultada sobre si conocía dónde estaba la escuela.
  Y ese es una de los tesoros, entre varios, que guarda la escuela: la vecindad. “El barrio confía en la escuela, le ofrece algo en su territorio. Somos como un vecino más, hay una cosa amigable”, apunta Andrino. A la charla con Más se suma Natalia Cloti, a cargo de la biblioteca y el archivo. Entre los dos recuerdan anécdotas que reafirman ese vínculo. “Acá se han cortado vestidos de novia por estar la mesa más larga del barrio”, dice el director, y Natalia agrega: “Sí, también se festejaron casamientos en el patio”. Eso ocurrió hace años, ahora “suelen pedirnos banquitos o mesas cuando alguien organiza una fiesta”.
  Ese vínculo aparece como endeleble en la historia de la escuela. Manuel Musto (ver página 8) decide instalar su casa taller en Saladillo, un barrio que cuando él llega había comenzado a perder el glamour de zona residencial que le había impuesto Arijón hacia fines del siglo XIX. Con la instalación de frigoríficos en la década del 20, el barrio comenzó a poblarse con inmigrantes que llegaban para paliar su hambruna, tras el sueño de un trabajo.
  “Creemos que Musto era querido en el barrio por los datos que rastreamos         —comenta Andrino—; si bien podían verlo como alguien especial porque era artista y venían sus amigos pintores, cuentan que Musto a los chicos que jugaban a la pelota les decía que vinieran los días que estaba la modelo así la espiaban o él buscaba la manera de llevarlos al campo para que jugaran a la pelota con más tranquilidad”.
  A más de 70 años de esas anécdotas “los chicos que vienen a La Musto son los que quizá tienen una relación conflictiva con su escuela primaria. Acá hay cuidado, ven que la cuidamos. Hace tres o cuatro meses que estamos sin personal de limpieza, lo estamos cubriendo entre nosotros y las cosas están cuidadas, eso ocurre cuando la gente hace propio el lugar”, cuenta orgulloso el director.
  No hay rincón de la escuela que contradiga la descripción, desde su frente pintado a su hall donde hoy por hoy está el busto de Manuel Musto con un casco de obra intervenido. “Puede sonar irreverente pero surgió de los chicos, esos cascos se van a intervenir para los festejos por los 70 años y ese es de muestra. El 16 de septiembre pasado era el cumpleaños de Musto y vinieron hasta acá a cantarle el feliz cumpleaños”, detalla Andrino.
  Los espacios destinados a cada taller son luminosos, abiertos, los materiales demuestran su uso pero no hay desorden, tampoco un orden obsesivo, es como la vida cotidiana en cualquier casa.
  Andrino habla de La Musto como una “escuela de entrecasa” y no lo dice, obviamente, en forma peyorativa. “Cuando yo la llamo de entrecasa lo digo en el buen sentido, creo que la mayoría de los docentes que está acá también da clases en la escuela provincial o en la Universidad. Pero acá es como que el discurso no es lo válido, lo importante es que la propuesta llegue. En la escuela  hay chicos pequeños y también de 15 años en adelante y no hace falta ningùn requisito para entrar, nada más que buscar lo que uno tiene ganas de hacer, no necesitás formación previa, ni secundario. Hay una empatía distinta, porque vos ya venís con una elección directa a un taller, en un ámbito que en general tiene características familiares”, explica.
  Son las 17, La Musto está en plena tarea. La escuela funciona en tres turnos, mañana, tarde y noche. “Las clases de la noche están un poco más raleadas por el tema de la inseguridad, hasta acá no es fácil llegar por el transporte y se han recargado un poco más los otros tunros”, dice el director. Porque su relación con el barrio ya se extiende a toda la ciudad y un poco más. En los talleres infantiles un 50 por ciento de los asistentes son del barrio y el resto, de distintas zonas de la ciudad. En los de adultos, es un 20 por ciento de vecinos y depués vienen de otros barrios y de localidades vecinas.
  Los talleres funcionan de 8 a 12, de 15 a 18 y de 18 a 21. “Casi todas las áreas tienen en general un grupo a la mañana uno a la tarde y otro a la noche, cerámica, fotografía, dibujo, pintura, grabado, escultura, artesanías. Este año arrancó un curso de diseño de ropa y joyas. También se dictó otro para fabricar juguetes con la gente del Obrador, y estamos viendo de empezar algo de orfebrería no tanto para las joyas sino con objetos más cotidianos, el mate, por ejemplo, no hay nada de eso, siempre estamos buscando”, dice el inquieto director.
  Eladia Acevedo coordina los talleres y es docente de la escuela. En realidad, persiste en la docencia porque no quiere abandonar ese rol en la escuela. Dicta uno sobre color. “Ahora están en clase”, dice mientras abre la puerta en un gran espacio, muy luminoso, donde una decena de alumnos y alumnas ensayan ejercicios, pinceles en mano, para dar con el color justo, o más o menos.
  Unos metros más allá, puerta de por medio, otro grupo asiste al taller de fotografía. Algunos han cursado otras propuestas y buscan continuar un recorrido que a veces no se imaginan al ingresar. “Yo vine a dibujo y me fui metiendo a otros talleres”, dice uno de los asistentes. Trabajan en fotografía digital y analógica, tienen un laboratorio montado, cámaras a su disposición y ampliadoras.
  A pocos metros está el taller de grabado, todos ubicados en el primer piso de la casa, en una estructura montada sobre la vivienda original de Musto.
  Grabado guarda algunos tesoros. “Nosotros tenemos una de las pocas prensas de litografía que hay en el país, y hacerle entender a la gente la importancia de poder continuar con talleres de litografía, en un mundo lleno de teclados en plena era digital, es complejo. Pero acá tenemos la posibilidad de preservar que el alumno tenga la posibilidad de aprender. Si esto no se mantiene en un espacio público, nadie lo va a tener. Porque no tiene público para que lo pague. Entonces, uno se pone esos desafíos y la escuela está a la altura de preservar no sólo eso sino algo intangible como un oficio, porque si no se pierde”, señala Andrino.
  Y van por más. “Ahora queremos reflotar un taller con las minervas antiguas para ir formando gente. Vos me decís «¿minerva, si hoy se hace todo digital?» Pero no, es necesaria la mano del hombre. La escuela tiene esa característica, de cuidar, no por quedarnos en el pasado sino que hay oficios que tienen que preservarse, que van a tener siempre un momento”, se entusiasma Andrino sobre la posibilidad de reflotar el andar de aquellas máquinas tipográficas.
  Los alumnos parecen entender la cuestión. Entre las máquinas, señalan una en particular. Es una prensa para grabado que ideó y realizó un alumno. “Era ingeniero industrial, ves que tiene mejor resuelto el tema de la manivela y el rodillo”, explican los asistentes al taller.
  Seguramente, La Musto guarde más tesoros por descubrir. Quizá el que llega cuenta con la ganancia de no responder a mandatos, sino que busca simplemente acercarse al arte. "Entonces, ahí creo que empezamos a actuar como posibilitadores", resume Andrino.

El pintor y su casa taller

Manuel Musto nació en Rosario el 16 de septiembre de 1893. Comenzó a estudiar en la Academia de Fomentos de Bellas Artes de Ferruccio Pagni. Alentado por su maestro, y cuando tenía 20 años, viajó a Italia para perfeccionarse. Pero al poco tiempo, la muerte de su padre hace que regrese a la ciudad. Con la herencia recibida decide comprar una casa en Saladillo en la por entonces calle Petrópolis (hoy Sánchez de Bustamante). Pero el barrio ya no tenía el aire residencial, con su balneario y sus casas quinta de las familias burguesas de la ciudad. La instalación del frigorífico Swift en 1924 cambiaba el perfil de la zona. Polacos, rusos, italianos se establecían en el barrio en humildes viviendas. Esa era la postal que encontró Musto cuando se instaló en su nueva casa, donde montaría su taller.
  Una enfermedad que él reconoció como terminal le acercó la muerte muy joven, tenía 40 años. Antes, generoso y solidario, estableció por testamento la donación al municipio de gran parte de sus bienes: su obra pictórica, que integra el patrimonio del Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino (www.museocastagnino.org.ar/coleccion/musto.html), una suma de dinero para un  premio y su casa taller de Saladillo para la creación de una escuela “donde obreros, artesanos y todos aquellos que sintieran vocación artística pudiesen cultivar su espíritu”.
  Decía también que la casa debía ser “transformada en escuela de arte, en donde niños del barrio puedan utilizar sus horas libres en el aprendizaje de pintura, cerámica y escultura”.
  La escuela comenzó a funcionar el 12 de octubre de 1945. Su primer director fue el pintor Eugenio Fornells. Sucesivos directores imprimieron a la institución su impronta particular. Entre ellos destaca Osvaldo M. Boglione,  quien comenzó a dirigirla en 1984 hasta 1996 y le imprimió la estructura que en gran parte mantiene hoy, como la idea de que se convierta en un gran taller.
  El director actual, Daniel Andrino, fue uno de los convocados en el 84 para  el equipo docente y dice que tanto Boglione (fallecido en 1998) como Musto hoy sonreirían al ver cómo está la escuela. “Yo a Musto cada día lo quiero más, para mí es como un familiar, como un tío, un hermano. Lo valoro como el artista que fue y por lo que legó a la ciudad, es maravilloso que un tipo genere una posibilidad para que sigan pasando cosas”, señala, agradecimiento que extiende a la gestión de Boglione.

Festejos

Los festejos por los 70 años de la Escuela Municipal de Artes Plásticas Manuel Musto (Sanchez de Bustamante 129) serán el viernes próximo, a partir de las 16.
  Como buen festejo barrial que se precie, la primera acción será cortar la calle. En una suerte de taller colectivo, alumnos, docentes, familiares y amigos de la escuela podrán participar de la intervención Cascos en acción. Cientos de cascos de trabajo serán intervenidos gráficamente para conformar con ellos una colorida instalación en el patio.
  También se montará una mesa dulce, con pasteles cumpleañeros “gracias al creativo aporte de nuestros alumnos”, dice el director.
  Habrá además una venta de garaje, con obras del taller de arte infantil. Se ofrecerán grabados, dibujos, pinturas, collages, en venta a precios módicos y promocionales. “Son materiales que los alumnos no han retirado, es una forma de mostrar, de evitar que se deterioren y de transmitir que el que hace arte puede venderlo a un precio módico”, comenta el director de la escuela.
  A las 18 está prevista la inauguración de Furor festivo, la muestra anual del taller para niños y adolescentes.  "Un escenario atractivo que invita al disfrute y el divertimento”, promete Eladia Acevedo, coordinadora de talleres. Para conocer sobre la escuela ingresar al blog carteleramusto.wordpress.com o a su página en Facebook.

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