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Sábado 16 de Junio de 2012

La escuela donde todas las alumnas son abanderadas

Nunca asistieron a la primaria o debieron abandonar al poco tiempo. Ahora, cuando pasan los 50, aprenden a leer y escribir

Ramona Vallejo tiene 12 hijos, 36 nietos y 8 bisnietos, y es una de las abanderadas del Centro de Alfabetización y Educación Básica para Adultos Nº 35. Nunca fue a la escuela, porque desde muy pequeña la mandaron a trabajar. Ahora tuvo la oportunidad de reivindicarse, aprender y no la desaprovechó. Otras historias similares a la suya se reúnen cada tarde en este centro educativo de la zona sur de Rosario. El maestro de esta "escuela", Rubén Juárez, asegura que "cada una suma razones más que valiosas para merecer ser abanderadas". Todas reflejan una manera diferente de conmemorar el bicentenario de la creación de la enseña patria.

Sin dejar de repasar una fotocopia sobre la vida de Belgrano, Ramona comienza a relatar su comienzo en el centro de alfabetización. "Nunca fui a una escuela, estuve hasta los 10 años en el campo, en Goya (Corrientes) con una tía que me crió. Yo quería leer porque veía a los otros chicos que lo hacían, pero tenía que trabajar. A los 6 años me levantaba a las 4 de la mañana para ir al tambo. Mi tía me decía que la escuela era para vagos, que para poder vivir había que trabajar. Casi a los 12 me volví a Rosario, donde nací; intenté ir a la escuela, pero ya era grande para estar en primer grado. Y además seguí trabajando para ayudar a mis hermanos". Sin pausa y con una serenidad que sorprende, resume cómo fue su infancia y qué la acercó hace tres años al centro de alfabetización.

Muestra un cuaderno impecable, donde luce una prolija letra cursiva y confiesa que está contenta porque escribe y lee, y hasta manda mensajes. A los 15 años conoció a quien sigue siendo su esposo y compañero. Tiene 12 hijos, 36 nietos y 8 bisnietos. "Cuando festejamos un cumpleaños lo hacemos sin invitados, alcanza y sobra con todos los que somos", bromea con la anécdota.

Ramona (61 años) tiene un pequeño negocio en el barrio, y se las rebusca vendiendo tortas fritas y haciendo trabajos de costura en su casa. "Estoy orgullosa de venir aquí, todos me apoyan, el maestro es muy bueno y somos muy compañeras. Ahora sí pienso terminar la escuela".

Dinámica. Cada tarde alguna lleva algo para compartir la merienda. Eso genera una familiaridad y compañerismo al entorno donde aprenden.La dinámica flexible en la organización de estos centros es otra de las características. Todo está pensado para asegurarse que los alumnos y alumnas no pierdan la continuidad y constancia, "lo que más cuesta sostener", según el maestro Juárez. Motivos no faltan, el trabajo, el hogar, los hijos y hasta la autoestima de convencerse de que es posible superarse.

Marta Cano (54 años) es otra de las alumnas, también mamá de 9 hijos y abuela de 11 nietos, que reparte su trabajo por fuera y dentro de su hogar. Precisamente la que pone el acento en la necesidad de convencer a otras mujeres "que no se queden, que somos útiles para esto, no sólo para limpiar o lavar los platos". Acompañada de su nieta Magalí, y para reafirmar las ganas que le pone al estudio, manifiesta: "Me gusta venir a la escuela, voy a seguir y lo voy a lograr".

El logro del que habla es el de tomarse revancha con los reveces de su vida y terminar la primaria. "Gracias a Dios estoy acá, porque cuando era chica no tuve la oportunidad de ir a la escuela, trabajaba con mi papá en el Chaco, cosechando el algodón, él era cosechero golondrina".

Ya de grande y en Rosario, siempre pasaba por el frente de la vecinal (Irigoyen, donde funciona el centro, en Alzugaray 936, a la altura de San Martín al 6400) hasta que un día se decidió y se acercó. "Ahora estoy aprendiendo a escribir, a leer me cuesta un poco más, pero tengo fe que voy a terminar. Lo que más quiero es decirles a muchas mujeres que salgan de donde están como lo hice yo; para que nadie las ate a nada ni les diga lo que tienen que hacer", expresa Marta dando las razones liberadoras inherentes a la alfabetización y para cualquier persona que accede a este derecho.

"Hace 4 años que vengo a esta escuela, donde me llevo más o menos con las letras, pero aprendo", cuenta Dominga Angélica Monteros, de 52 años y madre de 5 hijos, que no deja de sonreír cuando habla de sus aprendizajes. Antes había pasado por otras nocturnas, pero la que eligió para quedarse es la del Centro Nº 35.

"Cuando nací mi mamá murió. Mis hermanos me mandaban a la escuela, pero éramos pobres y había muchos chicos nariz parada que me cargaban y me gritaban «bolsa de harina, vos no entrás», a mí me daba vergüenza así que dejé en primer grado", resume su fallido paso por la primaria.

"Lo que más me gusta es lengua, escribir, hago todas las letras, con la matemática me llevo ahí nomás", dice Dominga, y relata que hace la tarea por la noche, cuando todos duermen. "Trabajo medio día y por la tarde vengo acá. Esto me pone muy bien, la escuela es algo alegre, me ayuda y despeja", cierra al final, al tiempo que muestra sus logros reflejados en el cuaderno de clases.

Lágrimas. A la que la ganan las lágrimas ante de empezar a conversar es a Carmen González, otra de las alumnas, de 57 años, con dos hijos y tres nietos: "Viví siempre en Rosario, pero mis padres no se llevaban muy bien y se ve que eso me afectaba más que a mis hermanas. Fui a la escuela, pero repetí muchas veces. Luego de grande intenté empezar, pero siempre por una razón u otra tenía que dejar. Hasta que arranqué acá, donde estoy muy contenta y ya no pienso abandonar".

A Carmen le gusta la historia, pero más estar con sus compañeras y destaca —como todas— la labor del maestro: "Sentimos el amor que nos brinda, nos comprende y sabe escuchar". También lo que aprende en capacitación laboral, que le permite hacer pequeños emprendimientos para vender por su cuenta. "Todo esto me emociona mucho, pienso que el año que viene voy a terminar la escuela", cierra su relato como lo empezó: con lágrimas en los ojos.

Ramona, Marta, Dominga y Carmen, cuatro historias de muchas más que justifican la decisión colectiva de que llevar la bandera en las fiestas patrias y protocolares sea por mérito a la voluntad y al esfuerzo diario de aprender.

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