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Sábado 12 de Septiembre de 2009

La eñe, signo de identidad

Cuando el rodillo de la uniformidad pasa sobre el planeta, lo que corresponde es defender con uñas y dientes la identidad. La “ñ” es nuestra.

La globalización manda. Es decir, mandan los que imponen cómo se globaliza. La globalización viene del norte y es autoritaria. No permite el disenso: se instala sin pedir permiso. Y prepotente como es, enemiga de todos los particularismos y localismos que se opongan al poder, hasta intenta borrar letras y acentos del castellano.
La incorporación de la “ñ” y los acentos graves y agudos a los dominios de internet fue una buena noticia. Como dijo el director de la Real Academia Española (RAE), Víctor García de la Concha, “puede parecer poca cosa”. Pero no lo es.
Cuando el rodillo de la uniformidad pasa sobre el planeta, lo que corresponde es defender con uñas y dientes la identidad. La “ñ” es nuestra. Sin embargo, cuando los fanáticos argentinos del tenis veían por televisión un partido de su compatriota Guillermo Cañas transmitido por una cadena estadounidense, se encontraban con una sorpresa: el buen Cañas se transformaba, sin advertencia previa, en otro jugador, un tal “Canas”. Palabra esta de funestas asociaciones, tanto en su versión literal como lunfarda, para cualquier connacional lúcido.
El diccionario de la RAE define así a la “ñ”: “Decimoséptima letra del abecedario español, que representa un fonema consonántico de articulación natal y palatal”. El Diccionario Panhispánico de Dudas cuenta la historia de su surgimiento: “Esta letra nació de la necesidad de representar un nuevo sonido, inexistente en latín. Determinados grupos consonánticos latinos como gn, nn o ni evolucionaron en las lenguas romances hacia un sonido nasal palatal. En cada una de estas lenguas se fue fijando una grafía distinta para representar este sonido: gn en italiano y francés, ny en catalán, nh en portugués. El castellano medieval escogió el dígrafo nn, que se solía representar abreviadamente mediante una sola n con una rayita más o menos ondulada encima; así surgió la “ñ”, adoptada también por el gallego. Esa rayita ondulada se llama tilde, nombre dado también al acento gráfico”.
Una lengua es mucho más que un medio de comunicación entre las personas: es un recorte de la realidad, una recreación del mundo. Cuando una lengua se pierde, desaparece para siempre un fragmento insustituible de la belleza y el conocimiento humanos.
La globalización avanza y uniforma, aplana e iguala hacia abajo, es decir, para los de arriba. El lingüista David Crystal advierte sobre los graves peligros que acechan detrás del auge imparable del inglés, convertido en virtual lingua franca de nuestra época: “Dentro de quinientos años, ¿acaso sucederá que todo el mundo aprenda inglés desde su nacimiento? Si esto es parte de una enriquecedora experiencia multilingüe para nuestros hijos en el futuro, bienvenida sea. Pero si para entonces es el único lenguaje que queda para ser aprendido, habrá sido el mayor desastre intelectual que haya conocido nunca nuestro planeta”.
No se trata de anglofobia: en esa lengua maravillosa que es el inglés escribieron Shakespeare, Byron, Shelley, T. S. Eliot, Dylan Thomas, Joyce, Hemingway, Faulkner, Cummings, Carver y Bob Dylan. ¿Quién sabe cuántos creadores de talento similar se pierden cada vez que una lengua muere?
La eñe es nuestra. Defendamos el español. Defendámosla.
 

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