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Martes 03 de Septiembre de 2013

La enseñanza de Ana

En una mañana de mucho frío, Ana Solhaune abrió la puerta de su casa de Arroyito para compartir parte de su rica experiencia pedagógica con este medio.

En una mañana de mucho frío, Ana Solhaune abrió la puerta de su casa de Arroyito para compartir parte de su rica experiencia pedagógica con este medio. Ya hace un tiempo se jubiló como directora de la escuela de barrio Ludueña, "pero no de las personas", como se encargó de hacer notar. Por más de 30 años dirigió esa escuela, más conocida como "la del padre Montaldo".

Siempre habla en plural, toda una presentación de que no concibe su oficio sino en forma colectiva, y no son pocas las veces que se entristeció en la charla cuando repasaba las postergaciones y dolores de sus alumnos, de las familias de una comunidad que nunca termina de ingresar en la agenda de las grandes decisiones de los gobernantes.

Por un rato se detuvo en la historia de un nene, que apenas salía de la pubertad cuando ya asistía cada tanto a clases bajo los efectos de la droga: "Todos sabemos que cuando un niño va a llegar a la vida se le prepara un nido. Pero a muchos, como este chico, ese nido le quedó con agujeros y por ahí se le va a colar la vida. Porque le dolía la muela y no fue atendido, estuvo enfermo y no lo asistieron, tuvo frío y no importó, las chapas se llovían y estuvo mojado en pleno invierno. Después de todo eso se le dice «bueno querido, ahora tenés que ser bueno, un buen ciudadano»".

Ana sabe que educar es sobre todo despertar sentidos, emociones, alfabetizar en la sensibilidad, en esa capacidad infinita de aprender a ponerse en el lugar del otro. Y sin prejuicios.

Esa educación que nada tiene que ver con abrazos esporádicos, compartir ocasionales rondas de escuchas pasajeras o diseñar programas para el momento, sino más bien meterse en el cuerpo del igual con acciones concretas, inclusivas y valiosas. Donde no hay economía del conocimiento sino empecinadas oportunidades para que nadie se quede sin aprender. Y donde, entonces sí, los abrazos se vuelven auténticos.

Para hacer frente a las múltiples violencias que aparecían en su escuela, Ana y sus maestras se arremangaron y se dieron −entre los docentes esto es más común de lo que se conoce− sus propias estrategias para salir adelante. Se capacitaron, se organizaron en encuentros guiados por especialistas para que la angustia diaria no le ganara al oficio. De esos aprendizajes compartidos, no surgió ninguna "receta", como aclaró enseguida Ana, sino más bien convicciones y la confirmación de que "la escuela sola no puede".

Con alta sabiduría Ana explicaba que "los agujeros de la exclusión social se llenan con droga y violencia". Es que en donde el Estado no está presente, otros se hacen cargo de instalarse (para bien o para mal). La explicación era en alusión a la creciente aparición del narcotráfico y sus consecuencias más inmediatas, como las que resienten la presencia de chicos en las aulas.

A principio de año se conocía con sorpresa que una alumna de una escuela secundaria de Rosario había pedido retirarse antes de clases argumentando que "trabajaba en un búnker de drogas". La naturalidad del comentario de la joven menor de edad mostró una realidad que muchos prefieren esconder, en lugar de enfrentar. O peor aún: dejar que el tiempo transcurra, haciendo "como si". De hecho para esa misma fecha desde la flamante Defensoría de Niños, Niñas y Adolescentes de la provincia se prometía emitir una "recomendación" al Estado sobre el caso de esta alumna. Hasta la fecha esa "recomendación" no se conoce.

Varias veces los gremios docentes han denunciado la precariedad laboral y de proyecto con el que trabajan los famosos equipos socioeducativos del Ministerio de Educación, convocados para estas situaciones. Sobre cómo están concebidos, la secretaria general de Amsafé provincial Sonia Alesso advertía: "Aquí hay que discutir cuál es el enfoque y cuáles son los recursos. Porque estos cargos (los del los socieoeducativos) no están concursados ni son estables. Y tienen que serlo, estar integrados por maestros, psicólogos, sociólogos, entre otros profesionales, pero por concurso y tener una propuesta concreta de trabajo, para que sea institucional, en colaboración con la escuela, y no para tomar un tema cuando estalla, como sucede ahora. Hace falta un plan de trabajo debatido con las escuelas, no de intervención sin saber lo que la escuela necesita. Este es un problema de cómo se concibe el trabajo en equipo".

En igual sintonía, y durante el Encuentro de Educadores de Escuelas Privadas del Sadop, el secretario general Martín Lucero recordaba que uno de los temas convocantes de esa actividad (Violencias y escuelas) surgía porque cada vez se recibían "más consultas sobre violencia, adicciones" de parte de los maestros. Pidió en ese momento "generar consensos para abordar estas problemáticas". "Tenemos que demandar al Estado que cumpla, y nosotros como gremio queremos participar con propuestas y con posibilidades de influir realmente en las decisiones", había indicado Lucero.

Chicos de 15 años que quedan presos de búnker de drogas ya no es algo extraño, menos que la policía detenga caprichosamente, como en la peor de las dictaduras, a dos criaturas de 13 y 15 años que esperaban el colectivo a la salida de la escuela. Tampoco que asistir a clases se vuelva cada vez un riesgo para alumnos y docentes.

"Los seres humanos florecemos o nos marchitamos en términos de oportunidades educativas reales", expresaba el economista Bernardo Kliksberg en el congreso mundial de Educación Comparada que se realizó en junio pasado en Buenos Aires. Quizás sus palabras cargadas de una profunda mirada ética y de inclusión, como la enseñanza de Ana de no ser indiferentes ante el dolor del prójimo, vengan muy bien tenerlas presentes para no naturalizar y menos esconder las diferentes violencias que tocan a las escuelas.

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