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Sábado 02 de Abril de 2016

La educación para incluir a los jóvenes

Ser un pibe sin futuro es entender el alcance de la metáfora “estoy jugado” porque la vida se desenvuelve permanentemente en el calvario del fracaso.  

“Pibes con futuro contra pibes sin futuro”. La simple formulación de esa ecuación, que se vive con crudeza diariamente al menos en la Argentina, coloca a quien la dice al borde de una denuncia por discriminación. Sin embargo es la propia sociedad la que decreta esa idea con la fuerza de un axioma. Basta sólo pensar en el estereotipo que se tiene socialmente del pibe chorro. Un negrito de gorrita. Dos en moto con gorritas: motochorros. Un pibe que corre un colectivo es un chorro. No hay espacio para segundas miradas.

En el tránsito por las calles de los barrios ejerciendo el oficio de periodista policial puede verse nítidamente como una sociedad espasmódica es la que señala quién se salva y quién es condenado, tan solo por pertenecer a un estamento social determinado. En el caso de los condenados, claramente la clase pobre. Aunque no todos los pibes pobres estén criminalizados y sufran en carne propia el desprecio en la mirada del vecino que se siente ciudadano sólo porque está al día con el pago de impuestos. Muchos pibes se lookean para no desentonar con la moda de su barrio. No se les teme a pibes de clase media que usan gorritas caras en las puertas de los shoppings rosarinos o en los boliches en boga.

No es casualidad que las cárceles estén repletas de pobres y que en las audiencias imputativas en los Tribunales los acusados sean pobres con estudios parciales, mínimos o ausentes. La mayoría sin superar el primario completo. Con acceso a abogados de la defensoría pública en lugar de privados.

El pibe sin futuro es pobre, vive en la periferia, no tiene acceso a educación por la pobreza estructural en la que se desarrolla o porque los modelos de consumo terminan siendo tan asfixiantes que la vida vale menos que un par de zapatillas de primera marca. Lo que en el barrio se llama “alta llanta”. Pibes que vieron pocas veces trabajar a alguien de su familia. Y si son de familias laburantes, padecen que para el resto del barrio su referente sea tratado de “gil laburante”.

Ser un pibe sin futuro es entender el alcance de la metáfora “estoy jugado” porque la vida se desenvuelve permanentemente en el calvario del fracaso. El sistema determina que al bienestar individual lo garantizan los bienes. Se es lo que se tiene, no lo que se es. Y el pobre por definición posee poco. Ahí es vital qué modelo seguir. Y el modelo que se presenta en los barrios periféricos es el del narco o el del ladrón exitoso. Aquel que tiene todo a su alcance, que puede comprar voluntades y que puede tomarlo todo. Hasta la vida misma. El berretinudo que se hace cartel a sangre y fuego solo para ganarse un lugar de visibilidad y poder en la calle.

Porque la realidad (la única verdad tanto para Aristóteles como para el general Juan Domingo Perón) indica que los pibes sin futuro no necesitan una dádiva como paliativo. Sino que necesitan un proyecto de vida que les ponga en el horizonte el futuro. No hay recetas mágicas. Debe haber una planificación que los tenga en la mira y que les ofrezca un proyecto realizable. Que sientan que pueden cumplir. Con un Estado que no piense en cómo encerrarlos sino en incorporarlos. La única solución es la inclusión de la mano de la educación.

 

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