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Sábado 08 de Mayo de 2010

La Educación en Haití: del abandono al caos

RAÍCES DEL ABANDONO

Si el Haití de hoy parece estar condenado al olvido, la historia haitiana suele ser despreciada por quienes reducen los procesos históricos latinoamericanos a una sucesión de gestas heroicas comandadas por hombres ilustres. Así, se ignora que fue ésta la primera nación latinoamericana y caribeña a independizarse de un imperio colonial y la primera del mundo en abolir la esclavitud.

La algarabía del festejo bicentenario que invade nuestros países debería haber comenzado hace ya algunos años, cuando se cumplieron dos siglos de esa lucha por la libertad. Un acontecimiento que parece hoy, de cierta forma, incomprensible: un contingente de esclavos venció a las tropas de Napoleón Bonaparte y asentó en América Latina los principios del reconocimiento igualitario entre los miembros de una nación; virtud que casi todos los países del continente reconocieron formalmente sólo medio siglo después y Brasil nada menos que 84 años más tarde.

La impertinencia le costó cara a los haitianos. Francia estableció severas sanciones económicas a su ex colonia, imponiendo el pago de 150 millones de francos-oro en concepto de reparaciones. Estados Unidos, nación también independiente, tratando de evitar que la insolencia haitiana se expandiera como la peste, también impuso sanciones económicas a la nueva nación, demorando más de medio siglo en reconocer la legitimidad de su gobierno. La cifra del castigo quizás pierda dimensión en su perspectiva histórica. Bill Quigley (2010) recuerda con propiedad que Francia vendió todo el territorio de Luisiana a los Estados Unidos por un poco más de la mitad de ese dinero: 80 millones de francos.

Napoleón se deshizo así de una extensión territorial que superaba los 2 millones de kilómetros cuadrados en lo que hoy son los estados de Arkansas, Misuri, Iowa, Oklahoma, Kansas, Nebraska, Minnesota y las Dakotas; en suma, la cuarta parte del actual territorio norteamericano, además de los estados de Alberta y Saskatchewan en Canadá. No debería sorprender que un territorio 80 veces más grande que el de Haití costara la mitad que el valor impuesto a la pequeña isla como pago por su dignidad. El poder colonial mide el valor de los escarmientos por la eficacia que estos tendrán en infringir sufrimiento y penuria a los pueblos.

El castigo francés contra Haití constituiría hoy algo más de 21 mil millones de dólares, valor superior a toda la ayuda internacional que prometen, después del terremoto, países, organismos internacionales, iglesias, ONGs, movimientos sociales, sindicatos y universidades. Se calcula que la deuda con Francia fue pagada finalmente hasta poco antes de 1948, casi 150 años después de la
independencia.

Pero Haití no sólo fue el primer país autónomo, sin esclavitud y estructuralmente endeudado de América Latina y el Caribe, fue también el que tuvo la primera ley de educación obligatoria. Sabían esos esclavos impertinentes y valerosos que para librarse de la opresión había que dominar las herramientas del saber, construir escuelas, educar al pueblo para hacerlo soberano. Lo sabían e imaginaron la necesidad de un sistema educativo que se adelantó en varias décadas a lo que luego sería identificado por la historiografía oficial como el faro iluminista del Sur de las Américas, donde se gestaría la fundación de los modernos sistemas escolares en la región.

Lo sabían y lo imaginaron, aunque las guerras internas y los delirios protoimperiales de quienes habían luchado por la independencia parecían conspirar contra esta posibilidad. Alexandre Pétion, uno de los artífices de la lucha anticolonial, presidente entre 1807 y 1818 prometerá escuelas para todos los hombres y mujeres libres de Haití. Sin embargo, al final de su gobierno, el país contaba con dos escuelas de salud, un liceo y una escuela primaria para hombres (Louis, 2010).

A las limitaciones impuestas por la precoz deuda externa se le sumaría la persistente incapacidad de los gobiernos haitianos por hacer de sus horizontes de libertad una realidad efectiva. La inestabilidad política y las reyertas internas, que solían cobrar la vida de los ocasionales gobernantes, impidieron la edificación de las bases de sustentación de un sistema educativo universal y progresivamente democrático. Pasada la primera mitad del siglo XIX y luego de diez gobiernos de presidentes, reyes, emperadores y dictadores, la educación haitiana rozaba la insignificancia comparada con la gesta de libertad que había significado el proceso de lucha anticolonial.

Ya en 1860, bajo el gobierno de Fabre Nicolas Geffrard, el Estado haitiano firma un tratado con la iglesia católica para el desarrollo y creación de escuelas en todo el país. Se iniciaría así el proceso de privatización del sistema educativo nacional, beneficiado por las ventajas ofrecidas al clero: promoción para la apertura de escuelas confesionales, donación de terrenos, subsidios para el pago de docentes y otros aportes que fueron definiendo la fisonomía de un sistema escolar atravesado por el crecimiento de las instituciones privadas y el abandono estatal, una característica que se mantiene hasta hoy.

La privatización del sistema educativo avanzó así de forma sostenida, aunque no los ideales universalistas que habían imaginado los padres de la patria. En el centenario de la independencia, de los 350.000 niños y niñas en edad escolar sólo un poco más de 30.000 asistían a una escuela pública o privada. Un sistema educativo abandonado a su suerte, en un país que transitaba entre el naufragio y opresión. Un país, para algunos, sin suerte.

LA POLÍTICA DEL ABANDONO

A comienzos del siglo XX, menos de la mitad de los niños y niñas haitianos asistían a la escuela. Entre 1915 y 1934 el país será ocupado por los Estados Unidos. Los motivos de tal arrebato fueron los que siempre esgrimen las potencias coloniales para justificar sus atropellos. Sin embargo, además de profundizar el proceso de degradación económica vivido en el país, la ocupación significó un drenaje sistemático de recursos haitianos hacia sus invasores. Una verdadera expoliación que se garantizó mediante el control norteamericano de las aduanas, el cobro de impuestos y la depredación de
todos los bienes rentables existentes en el país.

La ocupación trajo muchos más daños que ventajas a la población haitiana, como suele ocurrir cuando el gobierno de Estados Unidos decide fundar, de la mano de su ejército y de su tecnocracia, el reino de la libertad y del progreso más allá de sus fronteras. El crecimiento del sistema educativo siguió a ritmo lento, agónico. La privatización escolar, por el contrario, a ritmo acelerado, siendo ya, en la segunda década del siglo XX, prácticamente irreversible.

Como modesta contribución al futuro educativo del país, la ocupación norteamericana contribuyó a estructurar en 1926 la Escuela de Medicina. Un minúsculo aporte a un país que, aún hoy, tiene una de las esperanza de vida más bajas del mundo y arrastra, desde siempre, pésimas condiciones de salud en su población. Nada nuevo bajo el sol del Caribe.

Los Estados Unidos pasaron como un vendaval, se llevaron todo lo que de valor se interpuso en su camino, violaron derechos y dignidades y dejaron un par de placas de bronce que aspirarían a ocultar el brillo del sol con las manos. La educación haitiana le debe mucho menos a la ocupación norteamericana que lo que la comunidad educativa norteamericana de ayer y de hoy le deben a este pequeño y maltratado país. En 1934 terminará la invasión estadounidense a Haití, aunque la ocupación se mantendrá hasta nuestros días, con una permanente presencia e intervención militar en el país y con un ocasional, paternalista y casi siempre inefectivo aporte de recursos que, en el campo educativo, sólo consolidó los procesos de privatización y el desprecio estatal por el derecho a la educación de todos los haitianos.

A mediados del siglo XX Haití recibiría ayuda norteamericana para "saldar" su deuda reparadora con Francia y, pocos años más tarde, en 1957, el nada despreciable soporte político que llevó a la dinastía Duvalier al gobierno de la nación y la mantuvo en el poder hasta 1986. Dictadura brutal y sangrienta, corrupta y asesina, pero lo suficientemente útil y necesaria como para blindar de anticomunismo ese pedazo del Mar del Caribe, tan cerca del temido infierno cubano, tan lejos de los más elementales derechos humanos y del respeto a la vida.

La dictadura de los Duvalier mató millares de haitianos, multiplicó casi 20 veces la deuda externa, saqueó los cofres públicos incrementando la fortuna de la familia dictadora en más de 900 millones de dólares, empobreció y produjo, ante la indiferencia o la mirada cómplice de los gobiernos de algunas de las naciones más desarrolladas del mundo, el proceso de expropiación educativa más brutal que se haya conocido en el continente. Los Duvalier huyeron de Haití con millones de dólares en sus maletas, millares de muertos pegados en la suela de sus zapatos y dejando un sistema educativo que se transformaría en el más privatizado de la región.

No se trata de una paradoja, sino de una cruel evidencia: el país más pobre de las Américas, uno de los más miserables del mundo, es el que tiene su sistema escolar más privatizado en todo el continente, con 90% de sus escuelas bajo el comando de iglesias, ONGs o pequeños empresarios, con más de 80% de la población escolar estudiando en ellas. No se trata de una paradoja. Se trata de
una política que hace del abandono y del desprecio a la dignidad humana su misión más valorable.

LA PERSISTENTE TRANSICIÓN DEL ABANDONO AL ABANDONO

Lo que siguió en la historia reciente de Haití puede no ser plenamente conocido, aunque seguramente sospechado. La inestabilidad política y el conturbado escenario interno continuaron profundizándose. Una insurrección popular derrumbó finalmente la dinastía dictatorial en 1986, expulsando a Duvalier Jr. del país. (El Bébé Doc, como era internacionalmente conocido, se exilió en Francia gozando de inmunidad y los beneficios que le ofrecía la fortuna expropiada por él y su padre al pueblo haitiano). Asumió el gobierno una junta militar comandada por un aspirante a dictador, Henry Mamphi, hasta
que, en enero de 1988, luego de un proceso electoral muy cuestionado, Leslie François Manigat se transformaría en el 36º mandatario del país. Seis meses más tarde, Mamphi, haciendo uso de una gala militar tan frecuente en la región, consideró que le volvía tocar el turno de gobernar y derrocó al frágil Manigat.

La ambición de Mamphi duró poco para él y mucho para los haitianos. Tres meses más tarde, el presidente de facto fue destituido por un conspirador profesional y, como no podría ser de otra forma, militar de carrera: Prosper Avril, quien se mantuvo en el poder un año y medio, siendo por su parte depuesto por otro militar, el general Hérard Abraham, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas que nombrará en la presidencia provisoria del país, por primera vez, a una mujer, Ertha Pascal Trouillot, jueza de la Corte de Casación y encargada de organizar las esperadas elecciones libres.

En diciembre de 1990, el pueblo haitiano votó. Jean-Bernard Aristide se transformó así en el primer presidente democráticamente electo, con un abrumador apoyo popular, 186 años después de la independencia del primer país abolicionista del mundo. Aristide había sido un destacado sacerdote adepto a la Teología de la Liberación y, aunque consiguió escapar a varias tentativas de asesinato llevadas a cabo por bandas militares o paramilitares, no pudo evitar ser expulsado de la Orden Salesiana, que lo consideraba un estorbo, en 1988. Las perspectivas y esperanzas abiertas en Haití eran, sin
lugar a dudas, enormes.

Entre tanto, una vez más, los anhelos de felicidad duraron muy poco. Luego de un mes de asumir la presidencia, el gobierno de Aristide sufrirá la primera tentativa de golpe militar y, antes de concluir un año de mandato, será destituido por Raoul Cedras. Heredero de toda la prepotencia militar ejercida en el país, Cedras liderará la Junta Militar hasta 1994, haciendo uso de un triunvirato de marionetas que ejercieron ocasionalmente la presidencia durante este período: Joseph Nérette, Emile Jonassaint y Marc Bazin. Este último había sido funcionario del Banco Mundial y uno de los candidatos que había
disputado las elecciones contra Aristide, recibiendo un amplio apoyo de los Estados Unidos, por medio de la National Endowment for Democracy.

En 1990, la truculenta NED, nacida gracias al apoyo del Presidente Ronald Reagan en 1983 y cuya función real siempre ha sido la desestabilización de los gobiernos progresistas y democráticos en América Latina y el Caribe, había aportado a la campaña de Bazin la nada modesta ayuda de 40 millones de dólares. Pólvora en chimangos. El candidato norteamericano obtuvo sólo el 12% de los votos. Meses más tarde, ejercería su destino histórico como bufón del régimen militar, hasta que, con ayuda del propio gobierno norteamericano, Aristide regresará a la presidencia en un contexto de gran inestabilidad y brutal violencia política.

En 1995, se celebrarán nuevas elecciones presidenciales, las que serán vencidas con 88% de los votos por René Garcia Preval, primer ministro y compañero de exilio del ex padre salesiano. Los senderos de la política haitiana son sinuosos y complejos, demasiado empinados para quien aspira a transitarlos desde el llano y provisto apenas de una racionalidad lineal y previsible. Aristide volvió al poder luego de nuevas y muy cuestionadas elecciones nacionales, en el año 2001, más cerca ahora de Cuba y Venezuela que de Estados Unidos.

Más interesado en atender las demandas de las mayorías pobres y excluidas que en prestar atención a las exigencias de los tutores coloniales que siempre guiaron los rumbos del país. Sin embargo, nada de esto logró realizar. La violencia política se extendió a niveles extremos. La crisis económica no dejó de profundizarse, elevando aún más los niveles de desigualdad y miseria. Una nueva conspiración volvería a gestarse.

Si Arístide había vuelto del exilio con ayuda norteamericana, con ayuda norteamericana volvería a ser desplazado del gobierno y del país en febrero del 2004. El presidente que alguna vez supo sembrar esperanzas marcharía a un nuevo destierro, esta vez a Sudáfrica, dejando un vendaval de muertos, rebeliones y enfrentamientos de bandas paramilitares y militares, policiales y parapoliciales, con una población indefensa y sometida a los más brutales atropellos.

El país estaba en ruinas, como casi siempre durante el último siglo. Asumirá el poder Boniface Alexandre, juez de la Suprema Corte. El 30 de abril de ese mismo año, el Consejo de Seguridad de la ONU establecerá la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH). En mayo de 2006, volverá a asumir el debilitado gobierno, René Preval. Desde entonces, las temporadas de ciclones de 2007 y 2008 azotarán la isla. Los huracanes Noel, Ike, Gustav y Hanna dejarán centenas de muertos.

El 12 de enero de 2010, un apocalíptico terremoto destruirá 200 mil vidas, buena parte de la ya precaria infraestructura nacional y casi todas las esperanzas en poder hacer de Haití una tierra de felicidad y bienestar para los haitianos. En una de sus desorientadas y estupefactas declaraciones públicas después de la tragedia, el presidente Preval sugirió que era mejor que sus conciudadanos abandonaran de una buena vez lo que quedaba del país.

¿Qué pasó con la educación en este período marcado por las dictaduras, las intervenciones externas e internas, la corrupción, la violencia y la miseria, la interminable, honda y dolorosa miseria propinada del pueblo haitiano? Como mencionamos, la dictadura de Duvalier dejó una herencia de privatización educativa, brutal evidencia de su persistente violación de los derechos humanos, de la militarización del Estado y de la expropiación casi ilimitada de la riqueza nacional. Poco y nada avanzaron para revertir esta tendencia las breves administraciones civiles de una democracia siempre tutelada y frágil. Siquiera, consiguieron revertir las ofensivas de contrarreforma autoritaria que llevaron a cabo.

Las intervenciones militares y el desgobierno de los poderes provisorios que se instituyeron en el país desde mediados de los años 80. Con la caída de Duvalier, lejos de consolidarse políticas públicas democráticas y generadoras de un mínimo bienestar para la mayoría de la población excluida, se profundizaron acciones orientadas a "liberalizar" la economía, privatizar los precarios servicios públicos existentes, reducir el gasto social y estimular "alianzas" con el sector privado para dotar al raquítico Estado haitiano de mayor competitividad y dinamismo en la economía regional.

Haití, prometían, podría transformarse en la Taiwan del Caribe. De tal forma, las mejoras necesarias en el campo social serían la consecuencia inevitable de la modernización económica, algo que, claro, nunca ocurrió. Las políticas nacionales han sido más que limitadas para atender la enorme deuda social existente en el país. La ayuda externa ha navegado entre las recetas inocuas para revertir la crisis, el despilfarro, la corrupción y la inoperancia de la burocracia nacional, así como la ampliación de un endeudamiento externo que Haití conoce desde que tuvo la impertinencia de declarar su independencia
más de 200 años atrás y fue, como afirma Eduardo Galeano, "arrojada al basural, por eterno castigo de su dignidad".

LA EDUCACIÓN EN EL ABISMO

El Censo Nacional de 2006 reveló las carencias de una población de 8,4 millones de personas, casi todas ellas en estado de pobreza extrema. Hoy, con casi 10 millones de habitantes, Haití tiene indicadores sociales alarmantes que la posicionan entre las naciones más pobres y desiguales del planeta: altas tasas de mortalidad materna (523 mujeres mueren por cada 100 mil partos), 1 de cada 8 niños y niñas mueren antes de cumplir cinco años de vida y 1 cada 14 antes de cumplir un año, la esperanza de vida es de 59 años para los hombres y de 63 para las mujeres. La tasa de alfabetización de la población adulta no llega al 60% y la de niños y niñas que asisten a un establecimiento educativo no supera el 50%. Más de 500 mil niños y niñas en edad escolar nunca pisaron una escuela.

La falta de alimentos y el vaciamiento de la capacidad productiva del país comprometen el desarrollo de la infancia, colocando a millones de niños y niñas en una situación de precariedad extrema en el acceso a los bienes fundamentales para su sobrevivencia. La desnutrición infantil y la falta de prevención no sólo cobran la vida de centenas de niños y niñas cada año, sino también condicionan severamente las oportunidades educativas de aquellos que acceden al sistema escolar. Menos del 75% de los niños y niñas son vacunados contra la tuberculosis, 53% contra la difteria y el tétano, 52% contra la poliomielitis, 58% contra el sarampión y vaya a saber cuántos pocos contra la hepatitis B.

En Haití, los derechos del niño son pisoteados cotidianamente ante la mirada indiferente de sus gobernantes y la incompetencia cómplice de algunos organismos internacionales que, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, han promovido políticas de ajuste que no han hecho otra cosa que profundizar las condiciones de miseria y abandono en los sectores más vulnerables de la población. La escuela pública es casi inexistente y, como afirmamos anteriormente, más del 80% de los niños y niñas escolarizado asiste a una escuela privada. Estas, casi siempre, poseen pésimas condiciones de infraestructura y siquiera pueden ser reconocidas como establecimientos escolares a la observación de los ocasionales visitantes de Puerto Príncipe.

En efecto, antes del terremoto, una recorrida por las calles de la ciudad permitía identificar que decenas de escuelas funcionaban en galpones o en el segundo piso de construcciones altamente precarias, mezcladas con viviendas y negocios, superpuestas, apelmazadas, en ruinas antes mismo que se anunciara que Puerto Príncipe había sido destruida por causa del temblor de tierra. La escuela privada tiene un costo muy alto. El país que gasta menos del 2% de su PBI en educación, siendo el 65% de los gastos educativos sustentados por las familias haitianas, según un informe de la Coordinación
Haití-Europa (Louis, 2010).

El costo promedio de una escuela preescolar haitiana ronda los 70 dólares anuales y el de una escuela primaria los 160. Un valor desmedido en un país con un ingreso medio per cápita de 414 dólares. En otras palabras, enviar a un niño o una niña a la escuela primaria consume el 40% de la renta anual promedio de un adulto haitiano, suponiendo que este posea algún tipo de ingreso. Considerando que más de 30% de la población no posee empleo formal o informal, que no existen políticas asistenciales que financien la falta de recursos derivados de la inexistencia de una renta laboral y que sólo el 10% de las escuelas nacionales son públicas, es inevitable reconocer la trágica insignificancia del derecho a la educación para las familias más pobres en Haití.

Por otro lado, al igual que en todos los países latinoamericanos y caribeños, los beneficios educativos, como la riqueza, se distribuyen de manera muy desigual. De los niños y niñas que no asisten a la escuela, casi 75% de ellos pertenecen a los dos quintiles más pobres de la población, un dato que se agudiza mucho más en las zonas rurales y, particularmente, en la población femenina.

La reconstrucción de la escuela pública parecería ser una urgencia democrática y un imperativo ético en Haití, aunque no parece haberlo sido para el Banco Mundial, uno de cuyos proyectos consistía, antes del terremoto, en financiar las matrículas de 100 mil niños y niñas haitianas que cursaban sus estudios en mil escuelas privadas de todo el país. Tampoco, ciertamente, una prioridad del gobierno nacional que, en el año 2006, gastó la irrisoria suma de 82,9 millones de dólares en el financiamiento educativo público, siendo menos de la mitad aplicado en la enseñanza fundamental. Las familias pobres
haitianas que no tuvieron la suerte de contar con el subsidio aportado por el Banco Mundial, debieron arcar con algo más de los 270 millones de dólares que fueron necesarios para escolarizar a sus hijos e hijas.

Un dato espantoso, si se considera que más de la mitad de la población sobrevive con menos de un dólar diario y casi 80% con dos; donde el 20% más rico concentra más del 60% de los ingresos nacionales y el 20% más pobre apenas el 2%. Dicho de otra forma, mientras el Estado gastó menos del 2% de su PIB en educación, las familias gastaron cerca de 9% del PBI en garantizar la
escolaridad de la mitad de los niños y niñas que asisten a la escuela. La otra mitad, simplemente, no asiste. El primer país de América Latina en poseer una ley de escolaridad obligatoria no establece ni garantiza, aún hoy, la gratuidad de la educación en su legislación nacional.

Es en este marco, que cualquier debate acerca de la calidad de la educación, de las condiciones de aprendizaje y educabilidad en las escuelas, de los procedimientos y métodos de instrucción, de los currículos y de libros didácticos, puede parecer irrelevante. En Haití se gradúan un poco más de 350 docentes por año: ¿puede hablarse aquí de algo parecido a la "formación docente"? Por su parte, el sistema universitario, altamente precario y frágil, produce profesionales que rápidamente abandonan el país, huyendo a República Dominicana y, cuando pueden, a Canadá, Estados Unidos o Francia.

Casi 85% de los haitianos con nivel superior de educación han salido del país durante los últimos años, según datos proporcionados por el SELA.El tamaño de abismo que separa el sistema escolar haitiano de los valores y principios democráticos que hacen de la educación un derecho, no parecen haber sacado del autismo a gobiernos locales y agencias internacionales más proclives a ver la infancia como un mero producto de exportación destinado a satisfacer las carencias afectivas de solidarias familias extranjeras, que como un sujeto de derechos plenos y efectivos.

El abandono se nutre de una política indiferente al sufrimiento de millares de niños y niñas que, al igual que su país, son vistos como objetos de saqueo o chatarras que sólo pesan en la borda de un naufragio que se hace visible ocasionalmente, apenas cuando la tierra tiembla.

CAOS Y RECONSTRUCCIÓN

El terremoto del 12 de enero de 2010 destruyó la educación haitiana, que ya se encontraba en ruinas. Escombros sobre escombros, destrucción sobre destrucción. El tamaño de los desafíos abiertos es tan enorme como las carencias que desde antes del sismo se ponían en evidencia, aunque se silenciaban o ninguneaban por parte de los gobiernos locales y de la llamada comunidad internacional, hoy tan visiblemente conmovida ante la tragedia.

Durante los días que sucedieron al desastre, un eco resonó tanto en el Norte como en el Sur: se abre ahora la posibilidad de una reconstrucción duradera. Sin embargo, para que esto sea posible, no parece ser un buen camino despreciar la experiencia que nos aporta la mala cooperación ejercida por algunos organismos internacionales y los trágicos errores que siempre ha significado militarizar las estrategias de ayuda externa a naciones que han sufrido desastres sociales o naturales. Así las cosas, es necesario estar atentos a las propuestas providenciales que aportarán los sagaces y siempre
listos funcionarios de los bancos solidarios o las prepotentes acciones de guerra que aportarán ejércitos imperiales más acostumbrados a bombardear naciones periféricas que a reconstruirlas.

Aunque quizás resulte simplista proclamar que las fuerzas de la ONU deben retirarse de forma inmediata del país, no menos irresponsable puede resultar que dejen de ponerse bajo estricta evaluación la contribución efectiva que éstas han tenido para la pacificación y la reconstrucción de una nación en ruinas. La educación, una vez más, puede ser la clave desde la cual imaginar la edificación de un futuro de libertad y justicia para este país que iluminó los horizontes de igualdad en nuestro continente al fundar, dar sentido y legibilidad al abolicionismo anticolonial.

Hay que hurgar en los escombros de apiló el trágico terremoto. También en los que había antes que la tierra se pusiera a temblar. Cuando la ONU instaló la MINUSTAH esta fuerza estaba conformada por 6.700 efectivos militares, 1.622 agentes de policía, 548 funcionarios internacionales, 154 voluntarios de las Naciones Unidas y 995 funcionarios nacionales. Ningún maestro.

Hay que revisar, evaluar, ponderar con cuidado y con rigor, el tenor de la ayuda internacional ofrecida al pueblo haitiano en materia educativa. No sólo porque la aspiración a la repetición de malas experiencias por parte de los organismos internacionales poco ha ayudado a superar las demandas educativas de los países más pobres, sino también porque buena parte de los recursos
destinados a estos programas suelen no ser otra cosa que mera pirotecnia propagandística. Haití recibía, en el 2006, nueve dólares por año de ayuda internacional para la educación básica por cada niño o niña en edad escolar, bastante menos que República Dominicana, que recibía 32 dólares y Nicaragua, que recibía 97 o Guyana, que recibía 52.

Fueron sólo algunos pocos países los que mandaron a Haití, antes del terremoto, algo más que armas, blindados y ropa de batalla. Cuba, como siempre, brindó su ejemplo de solidaridad, aportando más de 400 médicos y paramédicos, quienes estaban en el país trabajando arduamente el 11 de enero, víspera de la tragedia, y pudieron contribuir enormemente en el socorro y el auxilio a las víctimas. Haití precisa de ayuda y la precisaba mucho antes del terremoto. Los huracanes y ciclones que asolaron el país algunos pocos años atrás habían destruido centenas de escuelas y no se hizo mucho por ellas. Casi un centenar de niños y niñas murieron al derrumbarse una escuela en Puerto Príncipe en noviembre del 2008. Ese día la tierra no tembló. La escuela se cayó simplemente porque, como casi todas, estaba mal construida. La noticia duró pocos días en los periódicos y nadie juntó dinero para ayudar a las familias de las víctimas. Ni siquiera llamó la atención que esta escuela se llamaba "La Promesse".

Días más tarde, otro edificio escolar se vino abajo. El tema dejó de ser noticia porque ya lo sabemos: lo que se repite de forma sistemática deja de ser atractivo en materia periodística. Y una vez más, todos nos olvidamos de Haití. Nuevamente, ejerciendo nuestra obsesión por el olvido y nuestro habitual desprecio hacia los más pobres del planeta. Como nos olvidamos cuando, gracias a la valerosa acción de un conjunto de organizaciones de mujeres haitianas, los soldados de Sri Lanka que servían a las fuerzas de la ONU, fueron expulsados de Haití por sus reiteradas violaciones a niñas indefensas, a aquellas niñas hacia las cuales ellos, los soldados de la MINUSTAH, debían ofrecerles protección y seguridad, respeto y dignidad. Nos olvidamos de esas niñas y de las mujeres que valerosamente las
defendieron. Myriam Merlet y Magalle Marcellin, dos de esas grandes militantes, dirigente de las organizaciones feministas que denunciaron el atropello, fueron algunas de las tantas víctimas fatales del terremoto del 12 de enero.

¿Quién defenderá a las niñas haitianas ahora que ellas no están y que nosotros siquiera llegamos a olvidarlas porque nunca llegamos a recordarlas? La violencia sexual era brutal antes del terremoto. Y era ésta una de las tantas causas que explicaba el abandono escolar de las niñas haitianas. La Brigada de Protección de Menores contaba en Haití, en marzo de 2008, con 12 agentes en todo el país. Carecían de vehículos para su movilidad. Una catástrofe humanitaria en una nación donde la violación es y ha sido desde hace mucho tiempo un arma política; donde 19 de cada 100 niñas que viven en Puerto Príncipe ha sido violadas. (Amnistía, 2008)

Una catástrofe humanitaria en un país donde casi la mitad de los hogares tiene como cabeza de familia a una mujer. Esas mujeres que dejan casi todos sus ingresos, cuando los tienen y cuando no los tienen, para permitir que sus hijos e hijas vayan a la escuela, sospechando, imaginando, soñando que allí será posible tejer un horizonte de felicidad y prosperidad. Hay que reconstruir Haití
con los haitianos, con sus organizaciones democráticas y populares. Refundar, desde su pueblo y junto a su pueblo, esa nación autónoma que no acabó de nacer, porque no la dejaron. La educación puede ser una buena forma de hacerlo.

ACURRUCADAS EN LA ESPERANZA

La madrugada del 13 de enero un llanto estremeció las calles de Puerto Príncipe. Minutos antes hubiera parecido absurdo que fuera posible diferenciar uno de entre los miles de llantos que inundaban la ciudad, que bañaban con lágrimas de luto y dolor tanta muerte y tanta destrucción, ese desarraigo absoluto que se cuela por las grietas del alma y de una tierra seca que parece querer vengar todos los crímenes que se cometieron contra ella. En una pequeña tienda de campaña, en una especie de hospital improvisado sobre los escombros de la Cité Soleil, había nacido una niña.

Las lágrimas de su madre iluminaban silenciosas el cielo gris de ese pequeño pedazo del mundo, donde se espejan nuestra indiferencia, nuestra impotencia y nuestra obsesión por el olvido. El llanto de la niña reinaba milagroso en las calles de Puerto Príncipe, mientras su madre la abrazaba, todavía marcada por las heridas de los escombros que la habían cubierto hasta hacía algunas pocas
horas, en una escuela cerca de allí. Te llamarás Lu, le dijo al oído en un creole dulce y amoroso. La enfermera brasilera que había asistido el parto cerró los ojos y rogó no volver, una vez más, a llorar desconsoladamente. La niña llevaría su nombre como forma de agradecimiento. Así lo había prometido su madre. Y allí estaban ellas, abrazadas, acurrucadas, fundidas en sus lágrimas de amor y en la esperanza de un futuro que, como su patria querida, también estaba naciendo. Haití, una vez más, pese a todo, la utopía.

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Pablo Gentili es Secretario Ejecutivo Adjunto de CLACSO
Cuadernos del Pensamiento Crítico Latinoamericano, febrero 2010

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