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Domingo 27 de Noviembre de 2016

La duda

En la fabulosa novela W o el recuerdo de la infancia, el francés Georges Perec intenta reconstruir una infancia de la que tiene apenas algunos recuerdos descolgados, instantes o fotografías que se han desprendido de un álbum, sin saber exactamente a qué etapa ni situación pertenecen.

En la fabulosa novela W o el recuerdo de la infancia, el francés Georges Perec intenta reconstruir una infancia de la que tiene apenas algunos recuerdos descolgados, instantes o fotografías que se han desprendido de un álbum, sin saber exactamente a qué etapa ni situación pertenecen. Su padre murió en la guerra y su madre fue deportada a un campo de concentración desde París; antes de eso lo enviaron a la campiña, en donde unas tías lo criaron escondiéndolo en conventos y cabañas prendidas en las montañas. En esa reposición, ejecutada con inferencias, sospechas y relatos ajenos, refiere un hecho que rememora con firmeza: está subiendo una colina nevada y un trineo baja a velocidad y lo atropella, fracturándole la clavícula. Esa parte del cuerpo no se puede enyesar —reflexiona Perec—, por lo tanto le inmovilizaron el brazo en la espalda con una extraña forma de cabestrillo. Sus tías lo cuidaron y atendieron con deferencia, algo que el autor también recuerda con ternura y satisfacción.

Sin embargo ya de adulto, cuando volvió a aquellos lugares en donde atravesó su niñez, les habló a sus tías de aquel asunto y ellas no lo recordaron. Ni el accidente ni el hecho de haberlo mimado durante su convalecencia. Eso no es todo. Perplejo por la falta de memoria de sus parientas, atribuyéndolo quizá al paso del tiempo o a la vejez, le hizo el comentario a un amigo con el que había compartido la habitación de uno de los conventos. Su amigo no sólo no lo recordaba, sino que le contó que algo exactamente igual le había ocurrido a él: mismo trineo, misma colina, y el sistema curioso de inmovilidad. Perec había robado un recuerdo para rellenar un espacio de deseo, de protección, que necesitaba ocupar. Lo había hecho desde su niñez, sin quererlo, y su inconsciente lo había afirmado con el correr de los años.

Si la ficción es eso, reconstruir hechos o vidas con pequeños pedazos de otras, entonces todos los seres humanos hacemos ficción, muchos de nosotros sin darnos cuenta. En el caso de Perec y de tantos otros, estamos frente a alguien que cuenta historias y lo hace para que otros las escuchen; la necesidad es otra. Por lo tanto, como Borges, son autores que se ubican también como personajes de sus propias historias, dejando una duda en el lector desprevenido. ¿Realmente le pasó esto al Perec escritor? ¿Vio Borges un aleph? Borges también creó la antítesis de su oficio, con el hombre al que le resultaba imposible inventar, porque lo recordaba absolutamente todo. También yo puedo estar mintiendo.

Mi viejo contaba una anécdota, con lujo de detalles, que me despertaba esa duda. Cuando era chico vivía con sus cinco hermanas y mis abuelos en una casa detrás de las vías, en la cortada que divide por calle Salta al Molino Río de la Plata. Lo solían llevar al cine, una de sus pasiones junto con la cancha, a donde también lo acompañaban mis tías. De él heredé, quizá, las mismas obsesiones. Cierta vez fueron a ver La momia, supongo que la versión de 1932, dirigida por Karl Freund, con Boris Karloff. Volvió a su casa aterrorizado. Fue a la cocina y agarró el palo que usaban para revolver la polenta. Lo dejó debajo de la almohada y empezó a calcular el tiempo que iba a tardar la momia en cruzar el océano desde Egipto hasta Rosario; no lo iba a sorprender desarmado. La espera duró un par de días, hasta la tercera noche que pasó algo, algo que terminó con el acecho a la momia, con la paciencia de mis abuelos y con la salud del tío Elvio. Es que el tío intentó atravesar el patio de noche, en silencio, pisando al perro y armando un escándalo en la oscuridad, ligando un furibundo palazo en la espalda que, según contaba mi viejo, lo dejó medio doblado hasta sus últimos días.

La historia tiene una parte que pude constatar: mis tías confirmaban lo del palazo y los problemas de la columna que habían condenado al tío a una zambullida eterna. Lo de la momia no parecía convencerlas, no más que algunas sonrisas incómodas, como para acompañar el entusiasmo del viejo. Quizá había logrado, adrede o de forma inconsciente, desviar la atención hacia el cuento de terror, hacia la humorada, el equívoco, algo con lo que mi viejo sabía condimentar sus historias. Como Perec en ese libro, que contaba tres infancias distintas, la que creía haber vivido, la que le hubiera gustado vivir y la de otro niño con su mismo nombre, yo he fantaseado con otra versión de la historia del palazo. ¿Qué hacía el tío Elvio a la noche en la casa, entrando sigilosamente sin haber llamado a la puerta? Era una casa chorizo, un largo pasillo que conectaba con los diferentes espacios de la casa: primero la cocina, después una sala que hacía las veces de living, la habitación de mis abuelos, después el patio y atravesándolo las habitaciones de mi viejo y de las hermanas. No podía dirigirse a otro lugar que no fuera alguna de las piezas, y no precisamente la del viejo, que salió de ahí disparado para aporrear a la momia.

Mis viejos murieron, uno detrás del otro, entre 2012 y 2013. A mamá se la llevó un cáncer que la torturó durante años, al viejo un ataque al corazón mientras dormía; "la muerte de los justos", quiero creer que fue así. Era el menor de los seis hermanos, todas mis tías también fallecieron, y Elvio antes que todos ellos, naturalmente. Sólo queda la duda, el cuento que mi viejo se logró imponer a sí mismo como un recuerdo, o el que abre una posibilidad de que la víctima se convierta en culpable.

Marcelo Britos / Escritor

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