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Sábado 22 de Diciembre de 2012

La difícil y urgente tarea de educar en una sociedad que vive armada

Por Laura Daigen / Una oportunidad para no seguir contando niños y niñas muertos en tiroteos o por los misiles de EEUU en Afganistán y en Pakistán

Horror inconcebible. Veintiocho muertos, entre ellos, veinte niños de cinco a seis años. Seis maestras. Todo el país, quizás más que nadie las madres y los padres de familia, nos sentimos en una empatía profunda; cada maestro, una angustia incomparable por nuestras colegas quienes se hicieron héroes cuando sólo querían impartir las lecciones cotidianas. Una escuela nos representa un refugio, una promesa y una misión compartida entre sus paredes. Como maestra, mi salón de clase es un escondite, un oasis donde poner en práctica los valores y los hábitos intelectuales por los cuales escogí la docencia como carrera. Valores como la importancia de buscar y exigir la verdad, y de no dar por sentado la desigualdad. Este último acto de violencia confirma que nuestro trabajo es cada vez más difícil y cada vez más urgente.

Es posible que lo ocurrido en Newtown haya cambiado permanentemente el paisaje nacional, acá en EEUU, haciendo posible que los políticos por fin tengan si no la valentía de oponerse a la voz todopoderosa de la National Rifle Association (NRA, siglas de la Asociación Nacional del Rifle) cuyos fondos inmensos determinan los resultados de elecciones, por lo menos vergüenza de seguir callados. Y ya era hora.

Ironía. Es más fácil comprar armas automáticas que sacar un carnet de conducir o que conseguir documentos adecuados para votar. La ironía triste es que los mismos que oponen la restricción de armas apoyan la restricción del voto. No debemos perder un segundo más para exigir como pueblo que nuestros líderes, empezando con el Presidente Obama, aprovechen este momento de conciencia colectiva para tomar por fin los pasos necesarios para enfrentar la epidemia de violencia que el país ha llegado a tolerar. Lo que sí ha cambiado a partir del horror de Newtown es que ahora se reconoce que ni con el privilegio y los recursos para poder comprar una vida idílica, se puede comprar la seguridad. Además, en el discurso público, hemos comenzado a enfrentar la forma en que nuestra sociedad asume —o no asume— la responsabilidad para nuestros ciudadanos que sufren trastornos mentales o emocionales.

Mientras los docentes alzamos las velas, las voces en las vigilias, compartiendo el dolor y la pena del pueblo de Newtown, sabemos que nuestra crisis no termina con la legislación contra-armas. Mientras los héroes de nuestra sociedad —ficticios y verdaderos— resuelven sus conflictos con armas, habrá más Newtowns. Es más, continuaremos contando los niños y las niñas víctimas que no llegaron a atención de la prensa internacional. La niña de 5 años y otro de 4 que fue herida en dos tiroteos en el Bronx en noviembre; el niño de 4 en julio, 6 jóvenes en Brooklyn, entre ellos una niña de 2 años, y tantos más todos los días, miles por año, incluyendo los centenares de muertos por misiles estadounidenses en Pakistán y en Afganistán.

Tarea. Como docentes, hemos recibido preparación para reaccionar en casos de violencia y a tragedias. Tenemos hasta materiales curriculares. Tenemos demasiado práctica. Así es que en estos días los maestros y los profesores haremos lo mejor que podamos para ayudar a nuestros estudiantes a sentir su tristeza y hablar de su miedo frente a lo ocurrido. Además podemos devolverles su sentido de poder personal ayudándoles a tomar una posición activa, exigiendo los cambios legislativos que parece que el país está listo a promover.

Con el pasar del tiempo nos tocará asumir el papel que quizás hemos un poco olvidado frente al clima actual antimagisterial y pro privatización, el de un magisterio organizado dispuesto a luchar para una educación pública de calidad. Sabemos que las necesidades académicas, emocionales y humanas de nuestros alumnos exigen una educación completa y que esto requiere recursos que son cada vez más susceptibles a los cortes de presupuesto. También requiere una preparación profesional que nos provea las destrezas y los materiales no solamente para reaccionar a tragedias, sino para educar una generación que pueda imaginar otro camino que la violencia para resolver sus conflictos.

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