mas
Domingo 30 de Octubre de 2016

"La dictadura empezó en octubre de 1975"

El periodista Ricardo Ragendorfer investigó las infiltraciones en las agrupaciones armadas en los meses previos al golpe de 1976. El resultado: Los doblados, una historia sobre los preparativos de la represión a gran escala en clave de thriller como sólo un gran cronista la puede contar.

"Este es un libro que pedía a gritos que lo escribiera yo", dice sobre Los doblados (Sudamericana) Ricardo Ragendorfer, con esa voz rasposa y atabacada que lo caracteriza. ¿Y quién más que esa máquina de narrar apodada Patán para contar una historia jamás contada?

Figura emblemática y en cierta forma mitológica en el periodismo de policiales, Ragendorfer es una referencia obligada cuando de analizar a la policía o las fuerzas de seguridad se trata. Está considerado uno de los mejores cronistas del género en la Argentina y tiene una autoridad que pocos detentan, que es la de mirar con conocimiento del bajo fondo la trama secreta sobre la que funcionan estas organizaciones. La nota "Maldita policía", que publicó junto a Carlos Dutil en 1996 en la revista Noticias, fue la que dio origen a su libro La Bonaerense, que por primera vez desnudó la trama de corrupción policial en la provincia de Buenos Aires. Esta vez, fue la entrevista al mayor Carlos Españadero titulada "El exterminador da su versión" —publicada en Caras y Caretas— la que significó el comienzo de una investigación que le llevó más de una década y culminó con la edición de Los doblados, un libro que se interna en la historia de la última dictadura militar a través de una figura poco explorada: la del traidor.

"Esta, señores, es una guerra de inteligencia, y su clave es la información". La frase —que se lee al comienzo del libro— pertenece al coronel Alberto Alfredo Valín, jefe del Batallón 601 en 1975, y fue recordada por el mayor Carlos Españadero en uno de los primeros encuentros con el periodista en mayo de 2005. "Resultaba extraño estar con él; era como la frase de Walsh al revés: «Hay un fusilador que vive»", escribe el autor acerca de Españadero, un engranaje dentro del Batallón 601 que le abrió al autor el camino para indagar acerca de los doblados, aquellos espías que se infiltraron en la guerrilla argentina en los meses previos al golpe de 1976. Entre ellos sobresale la historia del Oso, cuyo verdadero nombre era Rafael de Jesús Ranier, un soplón enquistado en el PRT-ERP a quien se le atribuye la entrega de medio centenar de compañeros.

El relato de Ragendorfer es atrapante y aunque incluye archivos de origen militar nunca develados (actas, directivas, evaluaciones, legajos de servicio y partes operativos, así como gran cantidad de testimonios, tanto de antiguos militantes como de jefes sobrevivientes de esas organizaciones, y también de represores) se lee como un auténtico thriller de intriga y espionaje. Pero el autor no sólo logró hilvanar una historia narrada en diversos planos, también fue a contrapelo de la historia oficial y arribó a una hipótesis sobre el golpe de Estado de 1976. "La dictadura comenzó en octubre de 1975 y lo del 24 de marzo fue apenas una mudanza", sostiene Patán, y tiene con qué.

—¿Cómo nació la idea de escribir sobre el Batallón 601 y esta parte de la historia?

—El puntapié inicial fue una serie de entrevistas que le hice a un represor del Batallón 601, el mayor Carlos Antonio Españadero, que ahora está preso por delitos de lesa humanidad, para hacer una nota en la revista Caras y Caretas que finalmente salió publicada con el título "El exterminador da su versión". En ese momento surgió el libro, aunque de eso me di cuenta mucho después. De alguna manera, aquella nota se podría considerar ahora una versión reducidísima de Los doblados, es decir, el libro comprimido en ocho mil caracteres. A partir de ese momento me empezó a interesar el tema de las infiltraciones, que no es otra cosa que el tema de la traición. Un tema que vale la pena explorar. Porque, por empezar, la traición política es una figura universal que de algún modo atraviesa la historia de la humanidad como un fantasma apenas disimulado. Por un lado, me resultó muy interesante estudiar esa figura en el contexto de la última dictadura militar.

—El libro se llama Los doblados, que no es lo mismo que Los quebrados. ¿Quiénes fueron esos doblados?

—Acá no me refiero a personas que bajo tortura o en cautiverio dieron datos o direcciones. Acá me refiero a personas que decidieron tomar el camino de la traición sin perder su condición de sujetos responsables de sus actos. Me refiero a personas que por motivos ideológicos, por guita o por algún encono decidieron traicionar a las organizaciones. El denominador común de esas personas es que, si bien no iban perdiendo su condición de sujetos responsables de sus actos, sí iban perdiendo su identidad porque pasaban a ser elementos cancerosos de las organizaciones a las que habían pertenecido y a las que ahora simulaban pertenecer. Y por otra parte no eran parte del Ejército, eran personas que estaban subordinadas a las generales de la ley, y las generales de la ley es que Roma no paga traidores.

"El libro no sostiene la hipótesis de la guerra sucia, hubo una guerra pero fue contra toda la sociedad civil, y por eso cuesta cicatrizar las heridas sociales y culturales y la tragedia humana que significó eso".

—El recorte que usted hace marca la antesala de lo que fue el 24 de marzo de 1976 y eso no es para nada casual.

—La ubicación temporal del libro oscila entre octubre de 1975 y el otoño del año siguiente. Esa es la etapa donde hubo mayores casos de infiltración, porque con posterioridad las informaciones y los datos de inteligencia los militares los obtenían en las mesas de tortura directamente. Pero para abarcar ese período fue necesario enfocar dos cosas: tratar de analizar, disecar, hacer una especie de autopsia sobre el organigrama, la estructura, los hábitos represivos del Batallón 601, cosa que fue muy poco explorada sobre la bibliografía de la dictadura, ya que fue más estudiado el grupo de tareas de la Armada. Cosa errada, porque el Batallón 601 fue el órgano rector de la represión. Sin que me lo propusiera a priori —pero en última instancia resultó así— al abarcar este tema, necesariamente ese período incluye una especie de crónica sobre el desfile de los militares hacia el 24 de marzo de 1976. No es arbitrario que empiece con el ataque montonero al Regimiento 29 de Infantería de Formosa siendo que muchos investigadores consideran que ese fue el hecho que desencadenó el proyecto golpista de las Fuerzas Armadas. A mí esa me parece una hipótesis tipo Billiken. Porque es imposible que un episodio fáctico, casi de carácter policial, desvíe el rumbo de un país de tal manera. El golpe fue preparado mucho antes, y lo que sí se esperaba es un hecho de envergadura para presionar al gobierno de entonces, de Isabel Perón en manos del presidente interino Ítalo Luder, para firmar los decretos de aniquilamiento. En consecuencia, a medida que fui escribiendo el libro se fue delineando una de las hipótesis al respecto y es precisamente que, a raíz de la firma de decretos y al pasar el control operacional del país a manos de los militares, pasó también el poder real de la Casa Rosada al Edificio Libertador. Este libro plantea que la dictadura comenzó en octubre de 1975 y lo del 24 de marzo fue apenas una mudanza.

—Y además de esa hipótesis, usted se afirma en la vereda opuesta de aquellos que hablan de "guerra sucia" abonando a la teoría de los dos demonios.

—De hecho este libro no cree ni sostiene la hipótesis de la guerra sucia, hubo una guerra pero fue contra toda la sociedad civil y en ese sentido la gravitación que tiene el tema de la dictadura ya sea en el aspecto editorial o en muchos aspectos que son más importantes que el editorial, es que cuesta cicatrizar las heridas sociales y culturales y la tragedia humana que significó eso. El hecho de que sigan apareciendo nietos recuperados, o mejor dicho, el hecho de que se sigan recuperando nietos y que todavía haya más de 380 bebés de entonces apropiados y dados en pseudoadopciones indica que ciertos delitos de la dictadura están vigentes y transcurren hoy en el tiempo y en el espacio.

patan3.jpg

—Hay una construcción de personajes terribles pero perfilados desde los detalles más íntimos que hacen a la complejidad de la condición humana. ¿Cómo trabajó esto?

—Este libro, a diferencia de muchos otros que tratan sobre esta temática, tiene muchas entrevistas a represores. Al general Harguindeguy, Españadero, Dalla Tea —que al momento de la dictadura era secretario general del Ejército—, el capitán Héctor Vergéz, el agente chileno Enrique Arancibia Clavel. Y en efecto cada uno de estos tipos son una representación viva de lo que Hannah Arendt llamaba "la banalidad del mal". No son monstruos, no son hombres con garras, lo terrible es que son personas normales, que tuvieron cargos gerenciales en sistemas basados en el exterminio. Son tipos que después de torturar volvían a sus casas como después de cualquier trabajo, acariciaban las cabezas de sus niños e iban a dormir. Y de algún modo en todas las entrevistas que les hice a estos tipos trataba de enfocar esa faceta, porque de los represores se conocen sus nombres, dónde prestaron servicios, las aberraciones que cometieron y algunas otras cosas aportadas por sobrevivientes, cosas sesgadas porque son testigos con los ojos vendados. Pero a mí me interesaba explorar el alma de estos tipos, y en ese sentido no me interesaba tanto que me confesaran sus crímenes, eso ya era de dominio público. Me interesaba que hablaran de cualquier cosa porque cuando hablan, aunque sea del clima, los tipos demuestran lo que son. Pienso que periodísticamente es un error cometido por muchos cuando entrevistan a represores ser inquisitivos con ellos o discutir con ellos, porque discutir con esa gente es como discutir de astronomía con alguien que cree que la Luna es un pedazo de queso gruyere.

—¿Y cómo fue encontrar el tono que logra que una investigación periodística tenga el ritmo de una novela policial?

—Pienso que si tuviera que escribir una receta de cocina le daría la estructura de un policial. Es una especie de formación profesional mía y desde luego es un tema que daba para eso. Hubiera sido un desperdicio darle un tono académico o el tono frío y protocolar de las investigaciones periodísticas. En ese sentido, creo que siempre la escritura es un acto de ilusionismo. Siempre me pregunto si la vida imita a la literatura o la literatura imita a la vida. Esa es, desde luego, una pregunta incontestable, pero sí sé la diferencia que hay entre una ficción y una no ficción. Cuando uno escribe una no ficción el truco consiste en tratar de que ese texto ficticio parezca el relato de algo que realmente sucedió y cuando escribís una investigación periodística, creo que el truco, al menos en mi caso, es que ese texto parezca una novela.

"Es un error de muchos cuando entrevistan a represores el discutir con ellos, porque discutir con esa gente es como discutir de astronomía con alguien que cree que la Luna es un pedazo de queso gruyere"

—¿Cuáles fueron las repercusiones o mejor dicho las devoluciones que tuvo de los involucrados en el libro, ya sea los que fueron entrevistados como los que aparecen mencionados como protagonistas?

—Hubo repercusiones que francamente me sorprendieron. La mayoría de los militares que entrevisté estando en libertad o con arresto domiciliario siguen presos o, como en el caso de Harguindeguy, han fallecido. Pese a que este libro no adscribe ni a la guerra sucia ni a la teoría de los dos demonios, esperaba que algunos lectores que estuvieron vinculados en su momento con las organizaciones revolucionarias me hicieran una crítica o una corrección al respecto. Y esto estuvo lejos de suceder: les ha caído muy bien, al punto que han sucedido cosas que me han emocionado. Por ejemplo, un llamado de una sobrina de Patricio Biedma, que era el segundo jefe del Movimiento Izquierdista Revolucionario (MIR) chileno, una organización como el ERP. Ella me dijo que le regaló el libro a su padre, y a través de la obra él pudo conocer ciertos aspectos de la vida de su hermano que no conocía. Se comunicó conmigo Mario Santucho, el hijo de Mario Roberto Santucho, y me dijo que le causó cierta gracia o ternura que yo calificara a su padre como el hombre que jugaba al ajedrez con la historia. También se contactó quien fuera la compañera de Gorriarán Merlo. Y curiosamente ciertos medios que no adscriben a esa tesis política del libro también hablaron bien de Los doblados. Estos días salió en un diario cordobés muy importante una crónica muy elogiosa hasta que unos párrafos más abajo leo "la organización terrorista ERP". Y también sucedió que Seprin, un portal de los servicios de inteligencia, publicó un anticipo del libro con un extraño copete donde admiten su adscripción a la teoría de los dos demonios, aunque aseguran algo así como: "Pero Ragendorfer fue aún más allá". Yo ignoro hacia dónde llegué. Quizás involuntariamente fui un artífice de la reconciliación nacional.

patan1.jpg

Bio

Ricardo Patán Ragendorfer nació en La Paz, Bolivia, en 1957. Inició su carrera periodística en 1978 como redactor en la edición mexicana de la revista Interviú. Formó parte de la mítica revista Cerdos & Peces, donde retrató a delincuentes en la sección "Vidas ejemplares" y publicó incontables artículos sobre investigaciones policiales en Noticias, Rolling Stone, TXT, Tres Puntos y La Mano. Trabajó en Página 30, El Porteño, Diario Sur, Tiempo Argentino y Le Monde Diplomatique, entre otros. En La Bonaerense (1997), el libro que develó en detalle la trama de corrupción de la policía en Buenos Aires, quedó plasmada la impronta de su pluma. Además, escribió La secta del gatillo (2003) y A pura sangre (2006), entre otros libros. En televisión realizó investigaciones para el programa El otro lado y fue uno de los conductores del ciclo Historias del crimen, que se emitía por Telefé. En cine fue coguionista del filme El bonaerense (Pablo Trapero) y realizó entrevistas e investigación para el documental Parapolicial negro (Javier Diment) y en el largometraje El túnel de los huesos (Nacho Garasino).

Comentarios