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Lunes 12 de Noviembre de 2012

La derrota republicana, impulsada por el radicalismo de derecha

La derrota republicana del 6 de noviembre permite un paralelismo con una anterior secuencia, similar y con el mismo final.

La derrota republicana del 6 de noviembre permite un paralelismo con una anterior secuencia, similar y con el mismo final. En 1994, en las elecciones de medio término, los republicanos radicales de Newt Gingrich arrasaron. Desde el Congreso impusieron recortes de presupuesto forzados, no negociados, que obligaron al cierre de servicios públicos, muchos de ellos vitales para la ciudadanía. Ante este extremismo, los norteamericanos se espantaron y en las presidenciales de 1996 reeligieron a Bill Clinton. Este era un demócrata que mostraba una real preocupación por el gasto, al punto que a Bush le dejó un superávit que este rápidamente hizo desaparecer.

La historia parece repetirse ahora: en 2010 el movimiento radical Tea Party ganó muchas bancas, y le dio el dominio de la Cámara baja a los republicanos. Romney, el típico republicano moderado, como demuestra su gestión del Estado de Massachussets, debió negociar con esta base republicana dura y darle la vicepresidencia de la fórmula para ganarse su voto en las primarias. Desde la conquista de la Cámara baja, los republicanos practicaron en el Congreso el obstruccionismo y la radicalización, aunque ahora con un cuadro de deuda fiscal mucho más preocupante por el continuo acumularse de los déficit (antes de aquellos superávit de Clinton el último es de ¡1969!). En 2011 los republicanos pusieron al país al borde del default al negarse a subir el techo de deuda. Fue un daño infligido a la imagen internacional de EEUU. Aunque hay otras razones de la derrota de Romney, y seguramente más gravitantes, este extremismo legislativo y doctrinario tuvo que ver con el resultado del martes 6. Romney perdió en todos los Estados cambiantes ("swing states") salvo Carolina del Norte, y el avance demócrata entre las minorías resultó decisivo en el caso latino. El Tea Party y aliados arriesgaron bancas de algunos líderes, y perdieron senadurías que hubieran podido dar la mayoría en la Cámara alta al partido republicano. Igualmente, los republicanos siguen al frente de la Cámara baja, y lograron a nivel nacional un 48,4 por ciento de votos contra 50,1 por ciento de Obama. Su base social sigue existiendo, es obvio. Pero es igual de evidente el retroceso entre los latinos: en 2004 George W. Bush logró el 44 por ciento de ese voto; Romney alcanzó apenas el 27 por ciento. Acá entran de nuevo los ultraconservadores, con su torpe manera de tratar a la primera minoría del país.

Como en el 96, existió la percepción de que un grupo de radicales de derecha no debía gobernar el país, aunque fuera detrás de la fachada moderada de Romney. Esta impresión se impuso, incluso más allá de que los planteos fiscales del Tea Party (debidamente recortados de su fanatismo nacionalista-religioso) sobre un presupuesto equilibrado y un gasto estatal prudente sean válidos (aunque se transforman en fanáticos del gasto público cuando se trata del Pentágono). Pero los modos políticos y legislativos utilizados por esta facción, siempre con el ultimátum a mano, no pueden admitirse. Más aún cuando el planteo viene acompañado de verdaderos Neanderthales, como el candidato a senador por Indiana Richard Mourdock, aquel que dijo que si una mujer violada quedaba embarazada era por designio de Dios. Perdió una senaduría que era republicana desde hace muchos años.

Así, los republicanos deberán recuperarse, no ya de esta derrota de Romney, que fue más que digna, sino de aquel triunfo extremista de 2010, que en buena medida los ha llevado a esta derrota. Como en la secuencia 94/96. Nada casualmente, en los dos casos un presidente demócrata logró la reelección, algo que no se dio en ninguna otra ocasión desde la II Guerra Mundial. Para lograr recuperarse, los republicanos deberán volver a ser realmente lo que fueron: un partido conservador-popular, como en tiempos de Reagan, y no una secta de integristas.

El asunto de fondo es bastante claro y universal: el radicalismo —del signo que sea— espanta a la gente razonable. Los puros y duros, cuando gobiernan o legislan, actúan como cruzados. La noche de la derrota el Tea Party envió un mail apocalíptico a sus seguidores: "Con la catastrófica derrota del candidato de las elites republicanas (por Romney), patriotas como ustedes son la última esperanza de EEUU para restaurar sus principios fundacionales". Este tono épico que llama a la cruzada es sencillamente lo opuesto al carácter intrínsecamente consensual, abierto y gradualista, moderado y racional, del sistema democrático y sus instituciones. Los estadounidenses tomaron nota de esta deriva extremista.

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