Selección argentina
Lunes 14 de Noviembre de 2016

La década perdida

Una generación que pudo ser dorada, y que es encabezada por el mejor futbolista del mundo, se desintegra a la velocidad de los resultados. La renovación, que es imprescindible, también debería ser inminente

Una generación que pudo ser dorada, y que es encabezada por el mejor futbolista del mundo, se desintegra a la velocidad de los resultados. La renovación, que es imprescindible, también debería ser inminente

Pekerman se negó a seguir al frente de la selección tras el Mundial de Alemania 2006, en el que Argentina fue eliminada por penales por el local en cuartos de final. Fue aquella Copa del Mundo del papelito de Lehmann y la imagen de Messi mirando el piso en ese mismo partido sentado en el banco de suplentes. Leo jugó tres partidos en ese torneo, uno solo como titular y convirtió un gol.

Descartado José, que había reemplazado a Bielsa cuando Marcelo decidió que era suficiente tras ganar los Juegos Olímpicos de Atenas, Grondona lo llamó a Basile. En ese momento el Coco conducía a un Boca exitosísimo con varios títulos seguidos y se encaminaba a otro. El entrenador y Boca como institución aceptaron priorizar la selección. Aquel equipo xeneize fue el que tomó Lavolpe y chocó de frente luego de desperdiciar una enorme ventaja. Fue campeón el Estudiantes del Cholo Simeone en un partido desempate.

El 3 de septiembre de ese año empezó el segundo ciclo de Basile y también dio a luz la era Messi. Vaya paradoja, ese día Argentina perdió en Londres con Brasil 3 a 0: dos goles de Elano y otro de Kaká. Al año siguiente, en la Copa América de Venezuela, Argentina perdió la final con Brasil, paradoja 2, también por 3 a 0. Marcaron Julio Baptista, Ayala en contra y Dani Alves. Fueron titulares aquel día Messi, Riquelme, Tevez y Verón. En ese torneo, Argentina arrasó en la fase de grupos, goleó a Perú y México, pero perdió el partido que no tenía que perder. En realidad, el único en el que se suponía que el rival le iba a jugar de igual a igual. Nacía la mancha más clamorosa de la última década: Argentina no ganaría en los últimos 10 años ni un solo partido oficial con carácter de definitorio o contra rivales del mismo nivel salvo la semifinal de Brasil 2014 ante Holanda por penales tras igualar 0 a 0. La clasificación a la final llegó con un penal de Maxi Rodríguez en el Arena Corinthians.

El misterio Basile

Basile pegó un portazo en 2008 sin explicar los motivos, aunque las versiones fueron y son miles, y llegó Maradona. Atrás del Coco se fue Riquelme en franca disconformidad con la llegada de Diego.

"No me fui del seleccionado porque tuviera problemas de vestuario. No era con los jugadores la cosa. Me cansé de tanto franeleo y por dignidad debía irme, pero lo lamenté muchísimo, porque mi sueño era dirigir en otro Mundial (Basile fue el entrenador de Argentina en Estados Unidos 1994)... Yo fui el que más insistió siempre para que Messi fuera el líder y con (Juan Román) Riquelme forman una dupla extraordinaria, algo que quedó bien claro en la Copa América de Venezuela. Esto vale aclararlo. Lo demás, como dije siempre, se irá conmigo a la tumba", le dijo el Coco a La Nación en 2011 amplificando el misterio.

Argentina se clasificó angustiosamente para el Mundial de Sudáfrica 2010 tras un gol de Palermo en posición adelantada ante Perú en el Monumental a los 92' bajo una lluvia torrencial y la victoria contra Uruguay cuatro días después en el Centenario. El volante Mario Bolatti marcó a los 84'.

   La selección fue vapuleada por Alemania en cuartos de final de Sudáfrica 2010 por 4 a 0 en el primer y único partido de la Copa del Mundo ante un rival de similar potencial. Todos los cañones apuntaron a Maradona, que entre otras cosas ubicó a Otamendi de cuatro, pero en realidad era una nueva caída en un partido crucial.

   Cuando Diego dejó el cargo, affaire Mancuso mediante, llegó el Checho Batista.

El desastre de 2011

   La AFA organizó la Copa América 2011 y en el primer mano a mano de jerarquía el equipo nacional quedó eliminado por Uruguay, que lo sacó por penales tras empatar 1 a 1. Ese torneo estuvo teñido por la polémica convocatoria de Carlos Tevez que, dicen, fue una imposición de Grondona al entrenador: incomprobable.

   También hubo un descontento de los futbolistas por el escaso apoyo del público que varias veces se expresó con abucheos. Y no era para menos. En ese torneo la selección ganó un solo partido: 3 a 0 a Costa Rica en el cierre de la fase de grupos. Había empatado en el debut 1 a 1 con Bolivia y 0 a 0 con Colombia después.

   El Checho voló por el aire y llegó Sabella, el entrenador que pondría a la selección en la final de una Copa del Mundo después de 24 años.

   Para que ello sucediera, Argentina debió superar las eliminatorias y lo hizo sin problemas: logró el boleto con anticipación y ganó la clasificación, que no tuvo a Brasil por ser país organizador.

   El 6 de diciembre de 2013, en Costa do Sauípe, se sorteó la Copa del Mundo que organizaría al año siguiente el rival de toda la vida.

   La sorpresa fue tal que bien podía aventurarse en esa mismísima ceremonia que las bolillas habían puesto a Argentina en cuartos de final. Salvo una catástrofe futbolística, el equipo capitaneado por Messi llegaría a esa instancia, como en los cuatro mundiales anteriores por la nula jerarquía de los primeros tres rivales y el muy accesible cruce de octavos de final. Podía apostarse que sería así.

   Costó mucho más de lo imaginable, pero el equipo de Pachorra se encontró con un rival a su altura recién en las semifinales, cuando chocó con Holanda.

   La historia es conocida y reciente. Argentina ganó la fase de grupos con puntaje ideal luego de jugar mal con Bosnia, peor con Irán y más o menos con Nigeria, todos rivales de tercer orden en el mejor de los casos.

   En octavos de final le ganó a Suiza 1 a 0 con un gol de Di María que llegó un puñado de minutos antes de ir a los penales.

   Los cuartos de final frente a Bélgica se abrieron con un gol tempranero de Higuaín. Fue el mejor partido del equipo hasta allí, el único aceptable en realidad.

   En la semifinal con Holanda el desarrollo fue parejo con leve predominio del equipo europeo y una actuación sublime de Mascherano. En los penales apareció Romero. Argentina convirtió los 4 que ejecutó y el ex arquero de Racing atajó 2.

   A la distancia, cuando se desvanece la efervescencia de una Copa del Mundo inolvidable en la casa de Brasil, se puede analizar el rendimiento de la selección con un mayor porcentaje de desapasionamiento. Y allí se comprueba, con cierto estupor, que Argentina llegó a la final del Mundial casi de chiripa, sin jugar nunca al nivel de un equipo de jerarquía y gracias, fundamentalmente, a los enormes beneficios del sorteo.

   Curiosamente, ante Alemania mereció mejor suerte, pero perdió en el alargue.

   Y ahí nació otro karma, el de las finales perdidas.

   Esta generación, de enorme suceso en el fútbol europeo y con varios de sus protagonistas considerados entre los 2 ó 3 mejores de su puesto en el mundo, perdió dos finales seguidas con Chile luego de caer ante Alemania.

   Una generación que tuvo la chance de transformarse en la más importante de la historia del fútbol argentino comenzó un rápido proceso de descomposición.

   Siempre depende del cristal con el que se mire, pero para poner en la columna del haber el acceso a dos finales es imprescindible sopesarlo antes con la jerarquía del plantel propio y la envergadura del rival. No es lo mismo caer ante Alemania que ser derrotado por Chile, aunque sea por penales. Y dos veces. La selección trasandina nunca se había impuesto a la albiceleste por Copa América.

   Ambas historias, la de Chile 2015 y la de Estados Unidos 2016, con Gerardo Martino como DT, fueron muy similares a la Copa América de 2007: sin demasiado esfuerzo hasta la final y un equipo de rendimiento desconcertante en el encuentro decisivo.

   Por más que se reconozca como mérito haber llegado a tres finales consecutivas, el mote de equipo perdedor de finales empezó a caer sobre la cabeza de los futbolistas y los cuerpos técnicos como la gota que horada la piedra: cada vez más lacerante.

   La trilogía de finales perdidas descabezó la autoestima del plantel. Messi anunció que se alejaría al menos un tiempo tras fallar un penal en la definición y perder en Estados Unidos, algo que después no pasaría. Pero era lo que él sentía en ese momento. Y varios pensaron lo mismo. Y lo siguen pensando, pero no se animan a tomar la decisión. No son felices en la selección, más bien todo lo contrario. Sienten una presión que los paraliza. Por eso, por ejemplo, el Higuaín de Juventus parece el gemelo de Pipita, pero ni por casualidad la misma persona. La lista podría seguir con Agüero, Otamendi y hasta con el propio Messi, aunque en este caso le alcance por varios cuerpos para seguir siendo imprescindible. Sobre todo porque Argentina jamás se preparó para jugar sin él.

   A veces queda la sensación de que si a Leo se le ocurriera dejar la selección varios de sus compañeros lo copiarían porque no resistirían ponerse la camiseta albiceleste sin su paraguas protector.

   El jueves por la noche cuando Higuaín tomó de la camiseta a Neymar groseramente no pareció un acto de impotencia por el desarrollo del partido. Más bien pareció implorarle al árbitro por una amarilla que lo liberara de tener que estar a disposición de Bauza para el partido en San Juan. No lo consiguió.

Aroma a ciclos cumplidos

   Hay muchos futbolistas de esta generación que muestran una clara sintomatología de ciclo cumplido. Se aliviarían si no volvieran a ser convocados. O en todo caso verían con muy buenos ojos tomar distancia por un tiempo para desintoxicarse hasta que pase el temblor. Se ve en la cancha sin necesidad de hacer foco en ninguno de ellos exclusivamente: Zabaleta, Biglia, Mascherano, Di María, Agüero, Higuaín... No pueden con la cruz, no dan más. Y por más que declaren lo que declaren, el verdadero mensaje lo dan adentro del campo de juego con su rendimiento. Quedó expuesto como nunca antes en el Mineirao. Diferencia de velocidad, de fortaleza para ir a los cruces, desconcierto, desconcentración... Todo de la cabeza. El equipo se desintegra minuto a minuto desde arriba hacia abajo, de la cabeza a los pies. Ante el primer contratiempo, la derrota es casi un hecho. Y ante un rival como Brasil el escarnio casi una garantía. Argentina venía de caer en Córdoba frente a Paraguay. Y el equipo guaraní fue goleado el jueves 4 a 1 en el Defensores del Chaco por Perú. Tremendo golpe de realidad.

   Como dijo Messi en la inmensidad del impiadoso Mineirao, la selección tocó fondo. Y cuando eso sucede se deben tomar decisiones drásticas. Y allí debe entrar en acción el entrenador.

   Si el resultado ante Colombia se lo permite, Bauza tendrá la compleja pero impostergable tarea de iniciar la renovación.

   Brasil resurgió del fondo del mar en un puñado de decisiones. Estaba mucho peor que Argentina, pero hoy es un equipo competitivo y potencialmente candidato en cualquier competencia.

   Primero ganó los Juegos Olímpicos para recuperar status. Mientras el scratch se refundaba, el Vasco Olarticoechea se devanaba los sesos tratando de juntar 11.

   ¿Cómo hizo para rehacerse tan rápido después del 7 a 1 en esa misma cancha en la que el jueves sometió a Argentina?

   Tite no tuvo dudas en realizar cirugía mayor. Depuró el plantel. Sólo dos titulares de aquel trágico 8 de julio frente a Alemania repitieron el jueves: Marcelo y Fernandinho.

   Argentina necesita que el Patón asuma ese rol por más desagradable y arriesgado que resulte. No parece haber nadie en la AFA que vaya a apoyarlo ante una decisión trascendente. En realidad, en la AFA no hay nadie.

   Para llegar hasta allí, para iniciar la renovación, primero debe ganarle a Colombia. Como también dijo Leo: "El margen de error es cero". Esa sentencia ya corre para el choque de mañana frente a los colombianos.

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