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Domingo 30 de Agosto de 2015

La cultura de la máscara

Cómo se vivió en Corea la llegada del Mers, el enemigo viral, invisible pero letal que saltó de los murciélagos a los camellos y de estos a los humanos. Detalles de una infección que puso en aislamiento a casi 17 mil personas.

En una esquina de Seúl, a metros del monstruo arquitectónico al que los locales llaman el Gyeongbokgung
—uno de los cinco colosales palacios que embellecen la capital surcoreana—, una mujer camina decidida con la espalda bien recta. No es alta ni baja. No es joven ni vieja. El celular — blanco, marca Samsung—, que no se despega ni por un segundo de sus manos y arrastra hacia abajo su mirada como si fuera un ancla, la mimetiza con el resto de los diez millones de habitantes de esta megalópolis asiática. En su burbuja de hipercomunicación, ella se esconde. Es anónima. Salvo por un detalle: la mascarilla que luce la vuelve única, distinta.
  Desde que en mayo de este año el virus del Mers se infiltró en las fronteras surcoreanas y se instaló en Seúl, todos los aspectos de la vida de sus habitantes se vieron alterados. No sin razón: no quedó un lugar —un programa de TV, una reunión de amigos, un descanso del trabajo, un cartel público— en que no se hablara del Síndrome Respiratorio por Coronavirus de Oriente Medio (MERS-CoV), cuyo agente provocador no cuenta ni con vacunas ni tratamientos que lo enfrente.
  El recuerdo del brote mortal en 2003 del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (conocido como SARS) que mató a 765 personas en todo el mundo aún estaba vivo, latente, y nadie quería arriesgarse.
  Como era esperar, la noticia de la llegada de este enemigo viral invisible y silencioso pero letal, proveniente de la Península Arábiga —donde saltó de los murciélagos a los camellos y de éstos a los humanos —, que provoca fiebre, tos, dificultad para respirar, vómitos, fallas renales y que presenta índices de mortalidad superior al 40% desembocó en una espiral alarmista que sembró un estado de miedo y confusión: escuelas fueron cerradas, cayeron las ventas en los almacenes, la economía tambaléo, se cancelaron viajes turísticos y se vaciaron sitios hasta entonces abarrotados de gente como los boliches sacudidos por el ritmo del K-pop, el suntuoso barrio Gangnam —epicentro de aquel efímero hit musical llamado Gangnam Style y su “baile del caballo” del cantante Psy—, la plaza Gwanghwamun,  en cuyo centro se erige una enorme estatua del rey Sejong, creador del alfabeto coreano, el laberíntico Mercado Gwangjang o los miles de pequeños restaurantes donde se sirven las típicas (y picantes) comidas coreanas: el kimchi y el bibimbap.
  “Seguimos insistiendo: por ahora no hay una transmisión sostenida de humano a humano —intentó calmar Peter Ban Embarek, de la Organización Mundial de la Salud—. Para que ello sucediera deberíamos tener un virus que infecta a todos con los que entra en contacto, un poco como el de la gripe estacional. En Corea del Sur esto no sucede”.
  De repente, las avenidas espaciosas y la faraónica red de subte, donde hasta hacía unas semanas se agolpaban millones de hombres y mujeres absorbidos por sus celulares —en esta sociedad hipertecnologizada la red 5G y la conexión WiFi gratis es la regla, no la excepción—, se diezmaron. Solo quedó el calor.

   El primero en morir fue un hombre de 68 años proveniente de Medio Oriente. Le siguieron otras 35 personas. Desde el inicio del brote, 16.700 hombres, mujeres y niños fueron puestos en aislamiento ante el riesgo de que estuvieran infectadas.
  Pero de a poco, rodeados por un clima de paranoia y con los ojos del mundo encima, la vida continúo. La gente volvió a las calles. Pero de una manera distinta: las máscaras dijeron presente. Como una bufanda o un sombrero, las mascarillas sanitarias se instalaron como un accesorio más del vestir. Al igual que en el resto de los hiperpoblados países asiáticos
—tan sacudidos por virus letales y por la contaminación—, pasaron de ser un objeto hospitalario a uno de consumo. El miedo al contagio no hizo más que multiplicarlas con un toque especial: el blanco estéril y anónimo dio paso a la más increíble variedad de diseños y colores. La máscara protectora --más habitual en invierno que en verano-- se volvió una extensión de la personalidad y del gusto: mascarillas con el logo de Louis Vuitton, Hello Kitty y motivos ninja comenzaron a verse en todos lados: en el estadio de Jamsil de béisbol, en cines, en aeropuertos. Incluso en bodas.
Se sabe que desde el paleolótico los seres humanos han usado máscaras con toda clase de fines: en rituales religiosos —en Egipto eran usadas para perpetuar los rostros de los muertos—, para interpretar a personajes en obras teatrales, en fiestas saturnales romanas, para protegerse en peleas, en carnavales. La máscara funciona como intermediario entre el yo y el mundo. Opera como un escudo de la intimidad. Produce un efecto de distancia.
  El brote del virus del Mers en Corea del Sur la volvió nuevamente protagonista. Y expuso también una verdad acallada. El contagio de una enfermedad se esparce más rápido entre las mentes preocupadas que en cuerpos enfermos. El miedo es su vehículo.
  A fines de junio, lo que hasta entonces era un festival de máscaras en las calles de Seúl comenzó a menguar. Una cada dos personas cubría su rostro “por las dudas”. El caos inicial solo aminoró con la información y la contención cuando los especialistas salieron a tranquilizar al decir que el brote de MERS en Corea del Sur no presentaba una amenaza de salud global ni el riesgo de convertirse en pandemia en especial porque se trata de un virus animal, que salta de manera esporádica al humano. Sólo en un contexto hospitalario, su tasa de transmisión es más elevada. Aún así nadie descarta que en un futuro este virus pueda llegar a mutar aumentando su transmisión.
  Finalmente, la calma llegó en los últimos días de julio cuando el primer ministro coreano declaró oficialmente el fin del brote del Mers. “Tras considerar varias circunstancias, el personal médico y el Gobierno consideran que la gente puede estar tranquila —indicó Hwang Kyo Ahn—. Pido perdón a la gente por la preocupación y malestar”.
  Lo sucedido estos meses en Corea servirá ahora como caso de estudio: para entender cómo un virus se extendió como un incendio en especial dentro de los hospitales. O por qué en las megaciudades —donde conviven la alta densidad de sus poblaciones, el anonimato urbano, la cercanía corporal en el transporte público y el calor— estos persistentes enemigos de la humanidad se sienten tan cómodos. Y no se espantan ante una multitud de desconocidos que avanzan con máscaras.

Síntomas

El síndrome respiratorio de Oriente Medio (Mers) es una enfermedad respiratoria vírica provocada por un nuevo coronavirus (Mers-CoV) que fue detectado por primera vez en Arabia Saudita en 2012.
    Los coronavirus son una extensa familia de virus causantes de enfermedades que van desde el resfriado común al síndrome respiratorio agudo severo (Sras).
    Los síntomas típicos del Mers son fiebre, tos y dificultades respiratorias. Es habitual que haya neumonía, pero no siempre. También se han registrado síntomas gastrointestinales, en particular diarrea.
   No parece que el virus se transmita fácilmente de una persona a otra a menos que haya un contacto estrecho, por ejemplo al atender a un paciente sin la debida protección, según informa en su página la Organización Mundial de la Salud.

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