Ovación
Viernes 02 de Diciembre de 2016

La costumbre de no disfrutar

Las críticas sistemáticas y las anacrónicas comparaciones entre referentes deportivos generan un clima de insatisfacción hasta en los momentos de grandes conquistas.

En Argentina se exhibe una enorme dificultad para disfrutar de los hechos deportivos. Un contexto potenciado por las redes sociales donde el anonimato mantiene impune a la crueldad de la ignorancia. La satisfacción de iniciar un camino enseguida se tiñe con una tensión que ni siquiera permite capitalizar el beneplácito de transitar. El dilema entre querer avanzar y el temor a no llegar genera un estado donde la angustia y el alivio juegan en el sube y baja. Porque si el objetivo quedó inconcluso, un rayo de energía negativa desecha todo. Y los críticos por vocación, quienes hasta ese momento se sentían parte de la misión, con la ductilidad de un contorsionista se ponen afuera para juzgar a los "culpables del fracaso". Pero si se alcanza la meta, como un flash se suman al título de propiedad de los deportistas. El "perdieron" y el "ganamos" son las dos caras de esa moneda con la que la sociedad de los necios vivos compra su mayor esplendor.

La crítica fácil, espontánea, sin anclaje argumental y con endebles conceptos es una costumbre transversal sin distinción de posiciones sociales. Incluso hasta son televisados los debates precarios de contenidos a través de esta distorsión que se fue dando en los últimos tiempos con el panelismo, programas de multiplicidad temática en los que "todólogos" hablan de política, economía, ciencia, deportes, salud y educación sin la rigurosidad del conocimiento. Exacerbando la polémica como excusa de confrontación, lejos del debate constructivo. Por eso el sketch "Hablemos sin saber", de Sin Codificar, fue una semblanza de este realismo inconcebible.

Es que el virus de la polémica no tiene antídoto. Tras la conquista histórica del tenis argentino y en paralelo con la llegada al país del equipo de la Copa Davis, desde Buenos Aires un periodista radial sufrió la abstinencia de la controversia e invitó a opinar si luego de este éxito deportivo Del Potro era más importante que Guillermo Vilas. Reeditando esa incomprensible manía de cotejar deportistas sin contemplar circunstancias ni tiempos. Un hábito de aquellos que pugnan trascender por la polémica y no por la construcción de un pensamiento. Claro, esto último requiere de instrucción, lectura e investigación. Porque así como intentaron ahora comparar a Vilas con Del Potro, ya lo hicieron con Maradona y Messi, con la particularidad de que quienes incurren en este análisis anacrónico vieron a Guillermo y a Diego sólo en videos retaceados de sus extensas y gloriosas trayectorias. Porque el paralelismo no se formula desde el análisis, sino desde la controversia.

Vilas masificó el tenis en el país. Y si hay un Del Potro y tantos más destacados es porque antes estuvo Vilas, quien está más allá de las equivalencias. Como Maradona, quien en el ámbito estrictamente deportivo constituyó un emblema para generaciones, fundamentalmente las contemporáneas a él.

Una vez Usaín Bolt aludió a una comparación que hicieron con su velocidad como atleta en los cien metros con la de ciertos futbolistas en sólo cuarenta metros. "No he oído nunca hablar de un futbolista que baje de los diez segundos en 100 metros", contestó desafiante cuando le comentaron que Hector Bellerin, jugador del Arsenal, había completado una carrera de 40 metros en menos tiempo que él. "Estas comparaciones son divertidas, pero ridículas, provocan risa, pues los futbolistas son rápidos en 10 o 20 metros, que es para lo que entrenan. Yo entreno para serlo por encima de los 100 o 200 metros", respondió el jamaiquino.

Durante la final de la Davis, el periodista Gonzalo Bonadeo aludió a los vaivenes de las opiniones inconsistentes en las redes afirmando con certeza: "Muchos que no hacen nada extraordinario cuestionan a los pocos que sí hacen cosas extraordinarias. Vayan borrando los tuits".

Es increíble la patología de no saber disfrutar de los momentos cumbres del deporte. Es como que la construcción de estas murallas dialécticas buscan aislar la satisfacción de una conquista para mantener un clima de frustración colectiva. Sería petulante considerar que estos intentos de encontrar siempre un motivo discordante son parte de una estrategia de dominación política. Si así fuese sería más fácil de contrarrestar. Pero no. Este comportamiento responde a un patrón cultural más complicado de modificar. Una mala costumbre argentina.

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