Ovación
Martes 10 de Enero de 2017

La Copa de la vida

"Vacca; Marante y Dezorzi; Sosa, Lazzatti y Pescia; Boyé, Corcuera, Sarlanga, Vázquez y Pin", recitó de memoria el Nene, un bostero venido a menos hincha desde que Macri llegó al poder de todo... de Boca y también del país. "Pero a esos no los vio jugar ni tu abuelo", lo cruzó González, que no era muy afecto a las discusiones pero al que le pareció que recurrir a un equipo de 1946 era un argumento bastante remanido.

"Naa... ni ahí. Buticce; Villar, Calics, Albrecht y Rosl; Rendo, Telch y Cocco; Pedrito González, Fisher y Veglio", retrucó el Cuervo, hincha azulgrana de ley y especialista en denostar abogados, para terciar en la disputa y con aires de suficiencia (algo tan propio de los dueños de la verdad) remarcó el carácter de Los Matadores, primeros campeones invictos, San Lorenzo del 68.

La Copa anochecía agitada otra vez por estertores deportivos, como casi todos los inicios de semana. El lugar común de los escribas de suplementos de deportes cobraba especial vigencia, pero no le hacía honor a la verdad, porque en La Copa no era más fácil con el diario del lunes.

Esa noche eran seis alrededor de la mesa en la vidriera que da a calle San Lorenzo. Iban saliendo del laburo y se juntaban en el bar de la esquina, como casi todos los días, "como casi todos los días que se puede", corregía Samuel, quizá el más modosito de la barra.

La Copa, como nombre y como grupo de pertenencia, había nacido sin querer y se fue adentrando en el corazón de los parroquianos. "Es terapéutica", sostenía el Negro, aunque todos sabían que ese era un verso para enganchar alguna mina. "Es lo único que vale la pena. Yo voy a laburar solamente para después poder hacer La Copa", pontificaba Bermúdez, desnudando de manera intencionada sus vicios y dobleces.

La Copa no tenía una sede fija, en realidad era cualquier bar que los aguantara hasta horarios non sanctos, que se atreviera a fiar de vez en cuando y que no molestara cuando la voz o la risa se elevaban demasiado por los avatares de la discusión. Tampoco tenía únicos protagonistas. Aunque había una base de históricos, por lo general se llenaba de satélites que iban y venían por razones de horario, divorcio y/o matrimonio. Tenía personajes más queridos y otros no tanto. "Una copa no se le niega a nadie", sostenía el Cuervo a modo de carta de presentación y axioma fundacional.

González creyó necesario enarbolar el estandarte ciudadano y, luego de disculparse por quizá no tener la memoria de sus contertulios, se largó de una, con los ojos cerrados y mucha fruición: "Menutti; González, Pascuttini, Fanesi y Mario Killer; Aimar, Landucci y Colman; Bóveda, Poy y Gramajo. Central campeón del 71, qué equipazo", se enseñoreó y al abrir los ojos la mirada se le quedó colgada en el recuerdo. El Cuervo lo palmeó suavemente en la espalda y con aquiescencia lo dejó así, como ido...

Bermúdez no podía quedarse atrás, era una cuestión de orgullo que iba más allá de pasiones futboleras. "Carrasco; Rebbotaro, Pavoni, Capurro y Barreiro, Picerni, Berta y Zanabria, Santamaría, Obberti y Rocha. Esos son equipos, qué saben ustedes. Eso era fútbol, mi Dios. El Newell's campeón del 74, si todavía me acuerdo...", alcanzó a decir pero fue interrumpido por codazos y cargadas varias, coronado todo con grandes carcajadas, que sellaron en parte la incipiente disputa.

Otra de las maneras de cerrar y olvidar entredichos era pedir una nueva ronda, algo que funcionaba como el más eficaz de los antídotos para calmar a las fieras. Una mínima seña de cualquiera de los de la mesa y las mozas y encargados ya sabían: con la bandeja repleta de bebestibles, el silencio llegaba de la mano de la camarera distribuyendo los elixires, a cada cual de la manera preferida.

No eran alcohólicos, no. Rara vez ocurrían episodios de borrachera que hayan hecho pasar vergüenza a alguno de los miembros de esta "organización dedicada exclusivamente al ocio", como le gustaba decir al Nene. Aunque, digno es reconocerlo, los mejores relatos, los más memorables, eran aquellos que mezclaban curdas y equívocos en partes iguales.

La noche se desgranaba lentamente aquel lunes, como invitando a soñar futuros plenos de pasmosa tranquilidad en el horizonte. El pulso de la ciudad bajaba al mínimo su diástole y los integrantes de La Copa se regodeaban para sus adentros. "Ni autos che", observó el Cuervo. "Mejor", lo corrigió Bermúdez, "la noche es cómplice del silencio", poetizó. Mientras González pensaba para sus adentros "qué manga de viejos chotos", el Negro pareció captar el rumbo de sus elucubraciones y, mirándolo condescendiente, le espetó: "Somos viejos precoces". El Nene se sumió en la más profunda de las depresiones: "Yo soy viejo", musitó.

En eso estaban cuando Samuel dio el alerta. "Mirá... la Nueva. ¿Vendrá para acá?", dijo y todos giraron la cabeza. Por calle San Lorenzo, apenas pasando el teatro, venía ella y todos se preguntaron si el destino sería La Copa. "Yo la invité", se agrandó el Negro, que ensayó la mejor sonrisa y acomodó una silla en la cabecera.

Joven, bonita, desenvuelta, con la prepotencia de la juventud como estandarte, apenas sonrió cuando con una mirada panorámica escrutó a los integrantes de la mesa. Mientras se sentaba y acomodaba sus bártulos esbozó, ante el monumental silencio que su llegada había provocado, un "¿de qué hablaban?", con la mayor candidez que le fue posible ante tamaño recibimiento.

Se sucedieron gestos agolpados, huidizas explicaciones y tartamudeos varios, como chicos al ser descubiertos en una travesura, todos minimizaron la situación, banalizaron las disputas y hasta quisieron por un momento olvidar el tema. "Nada", "boludeces", "pavadas", "cosas sin importancia" fueron algunas de las respuestas balbuceadas, hasta que Samuel se vio obligado a poner los puntos sobre las íes: "De fulbo", resaltó con error de dicción a propósito y como queriendo marcarles a sus compañeros que no era ninguna ignominia perder la noche discutiendo sobre qué equipo era mejor y todas esas cuestiones.

La Nueva se acomodó el pelo con estudiada despreocupación y, consciente del imán que tenían sus ojos y su sonrisa, descerrajó sin dejar lugar a dudas o equívocos: "¿De fútbol? ¡Qué bueno! Me encanta el fútbol, voy a jugar dos veces por semana".

Quedaron boquiabiertos, perplejos, noqueados. El Cuervo fue el primero en salir del estupor y con tono didáctico y algo de ironía le explicó: "En realidad hablábamos de los mejores equipos de la historia, los campeones de épocas pasadas... ¿Vos tenés alguna preferencia?". La Nueva no se amilanó y con la confianza que da la erudición remató: "Los mejores y los campeones no siempre son los mismos. A mí me gustaba Atlanta del 70: Laino; Fernández Vázquez, Rico, Morales y Gutiérrez; Collado, De la Iglesia y Gómez Voglino; Mastrángelo, Cano y Juárez. Esos sí que eran buenos".

Comentarios