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Sábado 24 de Mayo de 2014

La construcción de una patria de hermanos

Siempre habrá trabajadores, estudiantes o jóvenes pensadores que busquen en Jauretche inspiración para construir "un modo nacional de ver las cosas".

Arturo Jauretche nunca esquivó en vida ningún convite a la polémica en torno a los grandes debates nacionales, movilizado por una férrea vocación por clarificar conciencias y desmontar lugares comunes cuya fuerza de instalación devenía no de su racionalidad, sino más bien del sitial privilegiado con que los prestigiaban los dispositivos culturales de la oligarquía vernácula.

En tiempos de restauración del "régimen falaz y descreído" animó (junto a Gabriel del Mazo, Raúl Dellepiane, Homero Manzi, Raúl Scalabrini Ortiz, Manuel Ortiz Pereyra y Francisco Capelli, entre otros) la rebelión forjista que en lúgubres sótanos o en improvisados mitines callejeros sobre desvencijados cajones de manzana, golpeaba al contubernio de liberal-conservadores, radicales alvearizados y socialdemócratas pasteurizados, protagonistas de un sistema político que —impuesto por las bayonetas y sostenido por el fraude— permitía las divergencias entre elites, mas nunca la participación de las masas o la impugnación del carácter de "perla de la corona de su Graciosa Majestad británica" que ostentaba por entonces la Argentina.

Si bien aquel recio grupo de intelectuales militantes no se agenció por entonces el favor de una nueva y pujante clase obrera que emergía en la escena pública, nos es dable afirmar que le aportó un conjunto de ideas fuerza determinantes a la alianza al seno del Estado que nacería con el peronismo, entre aquel novel proletariado junto a sectores de las Fuerzas Armadas imbuidos de un pujante nacionalismo económico.

Defendió con vehemencia y mordacidad aquellas ideas que promovían un desarrollo nacional autocentrado, en las buenas y —me permito una metáfora futbolera— "en las malas mucho más". Porque del discreto protagonismo con el que atravesó la década peronista que culminó en 1955 (en la que acompañó como funcionario a Domingo Mercante en la provincia de Buenos Aires), pasó a combatiente de primera línea en tiempos de la "fusiladora".

Pero si —como señalábamos al inicio— Don Arturo polemizó en vida con toda la superestructura cultural de una Argentina agropastoril que se negaba a transformarse en beneficio de las mayorías populares, luego de aquel fatídico 25 de mayo de 1974 siguió peleando, y como el Cid, ganando batallas. Cada vez que, desde las usinas ideológicas de los que añoran un país para 10 millones de compatriotas, se enuncie con pretensión de verdad revelada que "achicar el Estado es agrandar la Nación" o que el "gasto público" es el padre de todos los males que nos aquejan, habrá trabajadores, estudiantes o jóvenes pensadores que busquen en Jauretche inspiración para construir "un modo nacional de ver las cosas" y una Patria en la que el hombre no sea lobo del hombre, sino su hermano.

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