La ciudad
Domingo 16 de Abril de 2017

Tiene 86 años y está al frente de su farmacia como el primer día

"La clave está en la pasión por el trabajo", dice Lydia Balzarini, propietaria del comercio de Pellegrini y Roca. La mujer se levanta todos los días a las 6.

Detrás el mostrador Lydia Balzarini de Moroni va y viene. Despacha, cobra y saluda por su nombre a los clientes. Con 62 años en el rubro, hace 45 años que está en su farmacia de Pellegrini y Presidente Roca y poco más de una semana que cumplió 86. Fue el 7 de abril y ni siquiera ese día se detuvo, comió unas masas con sus empleadas a la hora del café, mientras atendían. Se recibió la semana que cayó Perón, después de pedir por favor que no suspendieran la mesa porque era su última materia; desde esa firmeza premonitoria forjó una pasión por el trabajo que hoy es todo su orgullo.

   Se levanta a las seis porque una hora después atiende por teléfono a la droguería. Fresca y desafiante para el nuevo día que terminará como todos, a la una, cuando finalice la faena administrativa, en la mesa del comedor de su casa, frente a un magnífico vitraux del tamaño de una pared, el reloj de su bisabuela y un televisor que casi ni mira, absorta en su tarea.

   "Sí, me conocen todos y yo a ellos", dice Lydia que es menuda, vivaz y enérgica. Una coraza que construyó con plena conciencia para hacerle frente a la vida que le restó afectos tempranos y de los otros. "Perdí a mi hija, mis padres, mi hermano, mi marido", enumera y contrasta con el presente de dos bisnietos gemelos y cuatro nietos universitarios. Una de ellos, Aldana, sigue sus pasos y compartirá el mostrador de la histórica farmacia.

   "Lo que me salvó fue el trabajo, me encanta lo que hago. Dios me da fuerza, por eso digo a todos los que tienen problemas que no dejen de trabajar", aconseja. Como botón de muestra una de sus empleadas llega con papeles y la consulta, la voz de Lydia tiene varias décadas menos que su cumpleaños de la semana pasada.

   Dice que no tuvo ni tiene tiempo para otras cosas que no sean estar el frente de la farmacia Moroni. Los únicos recreos son los domingos cuando se reúne con Rosita, su amiga de toda la vida, entonces almuerzan y pasan el día. Los vínculos incluyen a Teresita, también amiga y colega, pero no mucho más. No hay tiempo, repite, y aclara que con su esposo la vida social fue más activa.

   Pero mientras la charla avanza, la certeza de que la coraza es sólo externa crece. Lydia quiere dejar sentado que hace décadas tiene el mismo equipo de trabajo: Susana, Mónica, Andrea y Ernesto, su hijo. Otra Susana sirve café con masitas y queda claro que el clima es de afecto y que los comentarios en internet sobre su farmacia, están en lo cierto: es un lugar familiar.

   "Estoy muy satisfecha de mi vida, volvería hacerla de la misma forma", dice Lydia convicta de sus propios sueños. Valora a su gente, afirma que nunca se sintió relegada por ser mujer y, a los 86 años, reformula su proyecto de trabajo cada día, cuando el sol llega oblicuo al mostrador de la farmacia por la vidriera y los madrugadores de la cuadra se asoman al paso para saludarla.

Historia

Cuando Lydia nació en Casilda en 1931, el físico Niels Bohr introducía novedades importantes en la tabla periódica de los elementos químicos. Justamente, la materia que junto a física y matemática siempre le gustó. Llegó a Rosario con su familia a los dos años y vivieron en Alberdi.

"Mi papá era ferroviario, mi mamá cosía para afuera para que yo pudiera estudiar", evoca. Hubiera elegido medicina, pero en aquel tiempo no había fotocopias y "los libros para esa carrera eran muy caros, por eso no podía", agrega. Así que le hizo caso a su capacidad y llegó al mundo de las fórmulas.

   Fue la primera y única de aquella familia en llegar a la universidad. Motivos sobraban, jamás la bocharon y siempre se destacó en la carrera que hizo de corrido. Por eso, el día en que se recibió, el orgullo y la alegría de los Balzarini ganaban por mucho a la conmoción política que había en el país.

Arribeños  

Su primer trabajo fue en Arribeños, allí llegaba desde Venado Tuerto, adonde la gente del pueblo la recogía en jeep cómo única opción de traslado en camino de tierra. Después y ya casada con Ernesto Moroni compraron una farmacia en Santa Teresa.

   "Nos venían a buscar del campo en sulky para ir a dar inyecciones y nos alumbraban con candil", cuenta y recuerda a los recolectores de maíz que llegaban del norte y en la farmacia "se quedaban ahí callados hasta que uno le preguntaba qué necesitaban". Al mediodía cerraba y se iba a dar clases de física y química, actividad que siguió aún después de regresar a Rosario hasta jubilarse como profesora.

   "Viajaba y era tan apurada que un día fui con dos carteras", festeja Lydia. Allí nacieron sus hijos y quedó un anclaje fuerte, los alumnos del secundario aún pasan por la farmacia a saludarla y hubo una fiesta de reencuentro inolvidable. La siguiente posta fue Rosario, en la esquina frente al lugar que hoy ocupa.

Producción propia   

Arrancó en el oficio cuando se preparaban pomadas, óvulos, supositorios, píldoras, comprimidos, bebibles y hasta limonada Roge (laxante) en el laboratorio de las farmacias.

Por entonces, las obras sociales no estaban generalizadas y la gente que no podía pagar al contado concurría con una "libretita como la del almacén" y pagaba a fin de mes.

   "Después todo comenzó a cambiar, fue de a poco", explica como testigo de la evolución cercana de su rubro "de la vida y de todo", enfatiza; pero hay anécdotas que prefiere guardar.

La nota termina, vuelve a la farmacia donde suena Milenium, la radio que le gusta, saluda a la cronista y casi apurada pregunta: "¿El número 70?". Afuera el ritmo de la avenida no desentona con la pequeña mujer de chaquetilla blanca, bien peinada y paso rápido.

Cayó Perón

De aquella semana de septiembre del 55, cuando Lydia se recibió de farmacéutica, la mujer no olvida el susto. En esos días, graves conflictos tuvieron lugar mientras se desarrollaba la segunda presidencia de Juan Domingo Perón. El enrarecido clima político dio origen a la denominada Revolución Libertadora, que estalló aquel mes en la ciudad de Córdoba, encabezada por el general Eduardo Lonardi y a la que se plegó la Marina a la orden del almirante Isaac Rojas. Pocos días después, Perón delegaba el mando en una Junta Militar. Lydia no olvida los francotiradores en los techos, el ímpetu de quienes arrancaban carteles del presidente y una anécdota que circulaba por entonces desde Córdoba: "Les enviamos huevos cordobeses para las gallinas rosarinas".

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