La ciudad
Sábado 25 de Marzo de 2017

Se cumplen 10 años del primer trasplante infantil de hígado en Rosario

Dylan estudia hoy Ciencias Económicas y habla de la necesidad de donar. A Leticia la operaron hace una semana.

Leticia levanta su brazo pequeño y abre la palma de su mano. "¿Me estás saludando?", le dice el cirujano que acaba de entrar a su habitación. "No doctor, te estoy haciendo el cinco porque me quiero comer cinco Rocklets. Dale...¡porfa!".

   Tiene apenas tres años y habla con una claridad y una rapidez que asombran. La ternura con la que se dirige a los profesionales —ahora parados frente a ella— conmueve.

   Su cuerpo chiquito se pierde un poco en la inmensa cama de la terapia intensiva del Sanatorio de Niños de Rosario. Su mamá, Florencia, intenta darle una compota mientras ella insiste en convencer a su médico de que la deje comer chocolate.

   Hace una semana estaba ingresando a un quirófano donde le practicaron un trasplante de hígado. El donante fue su papá, que se recupera en su pueblo.

   Un dato importante: Leticia no tiene obra social, pero fue intervenida como si contara con la prepaga más cara. El programa nacional de trasplantes así lo determina: quien lo necesite, será trasplantado sin tener que pagar un solo peso, en un centro de alta complejidad autorizado para estas intervenciones.

La nena viene de soportar un año durísimo a partir de que le detectaron cáncer de hígado. El mismo tipo de enfermedad que tiene el hijo de Luisana Lopilato y Michael Bublé. El tratamiento implicó sesiones de quimioterapia (aún no le crece el cabello) y en noviembre intentaron extirparle el tumor en una delicada operación, pero el cáncer volvió con fuerza. Por eso, el recambio del órgano dañado por otro sano era la única alternativa para que siguiera viviendo.

   Después de una intervención exitosa, se recupera favorablemente. Sus médicos están conformes con la evolución y aseguran que en poco tiempo volverá a su casa y que tiene todas las chances de hacer "una vida normal". Hace diez años, el mismo equipo de profesionales encaraba un hito para la medicina de Rosario: el primer trasplante hepático infantil en la ciudad.

   Los cirujanos Lisandro Bitetti y Daniel Beltramino junto a Alejandro Costaguta, pediatra hepatólogo, son la cabeza de un enorme grupo de profesionales, asistentes y administrativos que constituyen el equipo de trasplante hepático del Sanatorio de Niños de Rosario que desde 2007 lleva realizadas 38 de estas complejas intervenciones. Se trata del único equipo del interior autorizado.

Orgullo  

A una década de la primera operación aseguran a La Capital que están orgullosos de lo construido, del compromiso de todos los que conforman el grupo. También recuerdan experiencias difíciles y momentos que parecen sacados de una película, como cuando tienen que tomar aviones sanitarios en medio de una tormenta para ir a buscar un órgano a otro sitio del país, y volver con el hígado intacto a Rosario para empezar el trasplante.

   Pero más allá de las anécdotas y de la intensidad de lo vivido, juran que volverían a hacer lo mismo, que tienen todavía muchos desafíos por cumplir y que entre sus objetivos está ampliar el alcance de su tarea: "Queremos llegar a muchas más localidades, ya hemos operado pacientes de Entre Ríos, de Mendoza, pero esperamos asistir a mucha más gente. Tenemos la experiencia y los recursos para hacerlo".

Primeros tiempos

Los cirujanos Bitetti y Beltramino llevaban años trabajando en trasplante hepático de adultos. Se habían formando en la Fundación Favaloro y tenían grandes maestros en Buenos Aires como Gustavo Podestá, Oscar Andriani y Martín Fauda, nombres prestigiosos en el área y que incluso han viajado en varias oportunidades a Rosario para acompañarlos en los procedimientos.

   Los médicos habían empezado a prepararse para trasplantes en niños y bebés y el objetivo era hacerlos en Rosario. Acá tenían el respaldo institucional de Grupo Oroño y el apoyo e impulso de médicos como Hugo Tanno y Alejandro Costaguta. El Cudaio (la pata local del Incucai) los aprobó para estas intervenciones. Estaban listos.

   El 23 de marzo de 2007 el sanatorio recibió a Dylan, un nene de 11 años que mostraba los primeros síntomas de lo que se confirmó horas después: una hepatitis fulminante que lo dejó al borde de la muerte. "Era un caso muy difícil. Debutamos contra el Barsa", dice Bitetti, para graficar la epopeya a la que se enfrentaron.

   La gravedad de la situación de Dylan no daba tiempo para esperar un donante cadavérico. Contrarreloj estudiaron a los familiares cercanos y fue Nicolás, el hermano de Dylan por parte de padre, quien tenía la compatibilidad necesaria y quien no dudó un segundo en darle una porción de su hígado al nene.

   Casi 100 personas (entre personal del Sanatorio de Niños y del Instituto Cardiovascular de Rosario) participaron del operativo para intervenir a Nicolás e implantar sin perder tiempo parte del órgano sano al chico que luchaba por sobrevivir.

   Diez años después, La Capital —que dio cuenta en aquel momento de este hecho y hasta vio tras los vidrios de terapia a Dylan conectado a tubos y rodeado de aparatos— habla de nuevo con él.

—¿Qué recuerdos tenés de aquellos días?

—No muchos. Incluso pasó tiempo hasta que me mostraron la nota del diario porque en ese momento yo era un nene que no entendía bien por lo que había pasado. Para mí, entré a un sanatorio sin siquiera sentirme muy mal y me operaron. Punto.

—¿Cómo fue tu vida en estos diez años?

— Supongo que salvo por los controles y la medicación que tomo, hice la vida de cualquier chico. No lo viví como un drama. Yo acepté que tenía que venir a Rosario al médico cada tanto (vivió siempre en Alcorta), tomar algunos medicamentos, hacerme ecografías, radiografías. Lo tomé con naturalidad, era lo que tenía que hacer para estar bien. Y en gran parte lo logré por el apoyo de mi familia, que fue fundamental. Ellos pasaron la peor parte cuando me enfermé y me trasplantaron. Son los que vivieron todo con más angustia.

— ¿Cómo son tus días ahora, con 21 años?

—Re normales. Estudio Ciencias Económicas en Rosario, hago deporte, me gusta el fútbol. Desde hace tiempo voy una o dos veces por año a verlo a Ale (así se refiere al médico Alejandro Costaguta) que es un maestro y me da mucha, pero mucha tranquilidad. Les estoy muy agradecido a todos ellos.

—¿Qué pensás de la donación de órganos?

—Yo tuve la suerte de contar con mi hermano Nicolás, pero no siempre contás con un familiar compatible o que esté dispuesto. Por eso soy tan consciente de lo importante que es donar. Es como dice el slogan: donar órganos salva vidas; y es así, no es una frase hecha. Yo estoy acá porque me donaron parte del hígado. Me parece que la gente tiene que hablar mucho más de esto. Tiene que haber más y más difusión.

   Dylan habla durante toda la comunicación telefónica con enorme amabilidad. Apenas contesta el celular confiesa que está despierto —aunque son las 11 de la mañana de un feriado— porque "anoche no salí, pero si salía seguro que me encontrabas dormido". Como cualquier chico de su edad.

   Dice que no sabe bien a qué se dedicará en el futuro, pero que no le preocupa demasiado. El sabe que la vida da muchas vueltas, que el azar tiene sus trampas y que nada te da garantías, pero confía —por experiencia propia— en que las cosas también pueden salir muy bien.

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