La ciudad
Martes 29 de Agosto de 2017

Miriam trata de parar la olla todas las noches para unas cien familias

Con las donaciones de los comerciantes del barrio La Lagunita y de alimentos que recuperan del cirujeo prepara guisos y estofados

"Ayer no alcanzó", se lamenta Miriam del Carmen Maldonado. "Yo no quería ver las caras de los chicos que se iban sin comer, raspaba el fondo de la cacerola, pero no alcanzó", continúa. Desde hace un mes, la mujer está al frente de la olla popular donde, cada noche, comen unas cien familias de La Lagunita, una de las barriadas más pobres de la zona oeste de la ciudad. A los guisos y estofados van a parar las donaciones de los comerciantes del barrio y también los alimentos que se pueden recuperar al cirujeo.

Cuando no trabaja como recuperadora informal de residuos en el relleno sanitario Gallino, de Presidente Perón al 8000, Miriam es una de las mujeres que está al frente de la olla popular que cada noche se realiza en una plaza del pasaje 1878 al 3800, a poco más de dos cuadras de Provincias Unidas y Seguí.

Empezaron, recuerda, con un guiso de arroz y "pollo loco" (lo que queda después de sacarle la pechuga) que repartieron entre unas 60 familias. A un mes de esa primera cena, dice, los comensales se multiplicaron. Tanto, como la falta de trabajo formal o de changas temporarias que castigan con dureza en los barrios alejados del centro.

Unas 300 familias viven actualmente en los lotes bajos e inundables que comenzaron a llenarse de casas hacia finales de la década del 80. Muchas, son segunda o tercera generación de recolectores informales de residuos.

Más desempleo

Durante el primer trimestre de este año, en el Gran Rosario el desempleo alcanzó al 10,3 por ciento de la población activa; 1,7 punto más que en diciembre. Unas 9 mil personas se sumaron al ejército de desempleados en la región y otras tantas pasaron a ser subocupadas. Y, como los números medidos por las estadísticas no siempre se distribuyen en forma pareja en toda la geografía de la ciudad, una gran mayoría de los habitantes de la Lagunita cayó en ese saco.

Miriam, Margarita Castaños y Sofía Córdoba, tres de las mujeres que desde hace un mes están al frente de la olla popular, no conocen los números. Sin embargo, saben bien que en el barrio "hace años que no se ve tanta pobreza, toda junta". Por eso, desde hace un mes están recorriendo los negocios del barrio con una nota que, en letras de imprenta mayúscula, pide "una pequeña colaboración", consistente en "sólo insumos, no dinero", para "alimentar a nuestros niños y ancianos" porque "la necesidad se está profundizando y los pocos comedores que hay en el barrio no dan abasto".

El carro

Durante muchos años, la economía de las calles más pobres de La Lagunita dependió del carro. Lo utilizaban los recolectores informales para cargar cartón, metales, vidrio y todo material que pueda tener valor en el mercado de las compra-venta. Pero también vivían del carro, el huevero, el verdulero y el vendedor de sandías del barrio. Y los dueños de quioscos y almacenes que tienen a los carreros, hueveros, verduleros y vendedores de sandías del barrio como sus principales clientes.

"El 30 por ciento de las familias del barrio vive del cirujeo. Todo eso se perdió cuando nos sacaron los caballos, ahora se pueden sacar muy pocas cosas. Apenas para comer", señala Tato.

En marzo pasado, la Municipalidad dispuso dar cumplimiento a la ordenanza 8.726 de 2010, prohibiendo la tracción de vehículos a sangre en el ejido urbano. Tres años antes, en 2014, se había puesto en marcha el programa Andando con el objetivo de reconvertir la actividad del cirujeo en emprendimientos productivos que garanticen un ingreso a los hogares de carreros.

Economía social

La Secretaría de Economía Social del municipio fue la encargada de desarrollar esta iniciativa que convocó a casi 1.700 personas de barrios como Vía Honda, La Lagunita, La Cariñosa y Empalme Graneros. Entre otras opciones, pudieron participar de cursos de microemprendimientos, huerta o distintos oficios como albañilería, pintura, herrería, panificación, auxiliar de peluquería y manicura, electricidad y reparación de artefactos eléctricos, carpintería básica, operador de máquinas de coser industriales y camisería, computación.

El titular del área, Nicolás Gianelloni, señala que también se realizaron aportes económicos en función de las propuestas presentadas por los mismos carreros. Algunos recibieron máquinas de coser, herramientas de jardinería, bordeadoras, maquinas panificadoras y hornos de cocina. Otros, subsidios para comprarse un medio de locomoción alternativo, como carros de mano, motos o algún vehículo.

Otra alternativa fue la de incorporarse a cooperativas de trabajo, relacionadas con el reciclaje de residuos o con otras tareas como albañilería o higiene urbana.

El funcionario municipal destacó que, de acuerdo a una evaluación de los resultados del programa, el 70 por ciento de las familias ingresadas al Andando logró hallar una fuente de ingresos alternativa. "Un buen número —apuntó—. Sobre todo considerando que el cirujeo es una actividad muy informal. Y que la situación social y económica golpeó duramente en las zonas donde se proyectaron estos emprendimientos".

Cruzar los Andes

"San Martín no cruzó los Andes en un carrito tirado por una bicicleta", dice Sofía como conclusión de una larga reflexión sobre cómo los hombres y los caballos trabajan juntos desde hace mucho tiempo.

Por eso, explican, para muchas familias (formadas por personas ya grandes, nietos e hijos de carreros) cambiar de actividad supone toda una epopeya. "Actualmente hay más gente que sale a cirujear que hace tres años, porque no se consigue otro trabajo. Pero apenas se sale a buscar la comida. Nada más", apunta la mujer que desde marzo alcanza a llevar a su casa apenas lo que puede juntar en el cochecito de bebé que sus hijos ya no usan.

Varias veces, antes y después de la prohibición de la tracción a sangre, las tres mujeres llevaron la voz cantante entre las numerosas familias de carreros que llegaron con sus caballos hasta la plaza 25 de Mayo para expresar su rechazo a la ordenanza municipal que, advirtieron, los "condenaba a ser más pobres".

Ahora, dicen, eso se hace palpable en cada una de las cuadras del asentamiento de zona oeste. Sobre todo, cuando entrada la tarde, familias enteras hacen cola frente a las ollas humeantes de guiso que se sirven en uno de los pocos espacios verdes que quedan en el barrio.

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