La ciudad
Jueves 31 de Agosto de 2017

Mecheras roban sin pausa en el centro, pese a que el gobierno dice lo contrario

La cartera de Seguridad registra que ese tipo de robo bajó 37,5 por ciento entre 2016 y 2017, aunque los empleados describen una "impunidad total"

"Nosotras los llamamos Mecho y Mecha: llegan hasta esta esquina todos los días en taxi, roban a todo el que les pasa al lado y se vuelven también en taxi ¿Que si son humildes? ¡Pero no...! si ella hasta tiene las tetas hechas", cuentan a coro las empleadas de una perfumería céntrica. Metros más allá, en un local de bijouterie, la encargada afirma que ven al menos un "trabajo" de punguistas y mecheras diario, y da por sentado que existe complicidad policial, porque apenas después de denunciar alguna maniobra a los agentes que caminan la peatonal han sido "amenazados" con la típica seña de "garganta cortada". Tan impunes son los hurtos, que en un negocio de telefonía una ladrona entró "en cuatro patas" desde plena calle para pasar desapercibida bajo el mostrador y se llevó una pila de auriculares y parlantes.

Los relatos refieren que por la peatonal Córdoba hay actualmente no menos de 15 personas adultas que, en pareja o grupos de cuatro o cinco, se dedican a hurtar artículos de los negocios o billeteras y celulares de bolsos, bolsillos y carteras.

El fenómeno es tan viejo como la injusticia, al punto de que el lunfardo ya universalizó el nombre de los oficios: punguista o su apócope punga, que es el que "limpia" el bolsillo (o bolso) de su víctima, tradicionalmente varón, y mechera, ladrona de tiendas que usa las "mechas" (dedos) para robar y esconde su botín entre la ropa.

Aun así, y pese a que los relatos de los comerciantes y transeúntes sobre el tema no tienen fin, yendo de lo angustioso a lo desopilante, las estadísticas del Ministerio de Seguridad provincial muestran un descenso en esa modalidad de delito.

Según los números oficiales, si se comparan los primeros semestres de 2016 y 2017, las denuncias pasaron de 368 a 230, lo que representa un descenso del 37,5 por ciento. Y el cálculo del subregistro (los casos padecidos, pero no declarados) no varió.

De todos modos, en una recorrida que realizó LaCapital por locales céntricos pudo advertir que la gran mayoría de los casos no se denuncian. Entre los que sí, abundan los intentos policiales de disuasión (ver aparte).

Modus operandi

A los formatos más clásicos de hurto de mercadería, celulares y billeteras, protagonizados por una o dos personas, ahora se suman nuevas modalidades: la que los empleados de los locales definen como "piraña", que implica el súbito ingreso de un grupo de chicos o adolescentes que se dispersan rápidamente por el negocio "manoteando" lo que pueden, y la que llevan adelante familias (o pseudofamilias) enteras, casi siempre con chicos.

En los negocios prefieren no dar nombres para preservarse de "vendettas", pero los relatos surgen en cascada.

"Desde acá vemos todo: cuándo llegan, cuándo roban, cuándo se van, cómo tienen calculado el momento en que ya pasó la GUM (Guardia Urbana Municipal) y va a tardar en volver a pasar, cómo hacen para sacarle las cosas a la gente, hasta hemos visto cómo le pasaban un billete a un policía", desgranan cuatro empleadas de una perfumería.

Ese papel de testigos involuntarios vuelve a comerciantes y empleados verdaderos cronistas. Cuentan por ejemplo que los roles de hombres y mujeres ya no son estancos (mujeres mecheras, hombres punguistas), sino que suelen moverse en grupo. Los conocen a todos.

"Sabemos quiénes son y ellos saben quiénes somos nosotras", cuenta la encargada de un local de novedades sobre la peatonal. En general las mujeres trabajan más adentro y los hombres en la calle, pero se dan apoyo mutuo y a veces directamente actúan en grupo", cuenta Florencia.

"Y para ser sinceros —dice la chica— la poli está con ellos". Si no, ¿cómo explicar que a "la media hora de haber alertado" a los efectivos de la zona los estuvieran "amenazando en la puerta"?

En otro gran local de perfumería y limpieza ubicado sobre Sarmiento, las amenazas de venganza se concretaron y una empleada fue golpeada por un grupo que un rato antes había estado "trabajando" sobre los clientes del lugar. "Le pegaron mucho a las 5 de la tarde", grafica una compañera.

Ni siquiera se salvan del todo los negocios con vigilancia privada. "Ahí lo que hacen es esperar al cambio de guardia", comenta Andrea.

Sectores calientes

Según dicen, el tramo de Sarmiento entre San Luis y Santa Fe es uno de los que más riesgo presenta para potenciales víctimas. Y es más, la esquina de una gran zapatería en el cruce con la peatonal, donde mucha gente se detiene para mirar las vidrieras, funciona como cebo.

Los puestos de flores y revistas ubicados en plena calle son otra atalaya desde donde se "la ven venir". ¿Qué hacen? Pasan la posta a los locales vecinos para que se prevengan.

"Nosotros, por ejemplo, cerramos con llave", cuentan en otra perfumería de importados, pese a lo cual no pueden evitar que de golpe les abran la puerta y les "manoteen" un producto. Al saberse vistos, los pungas y mecheras les hacen la seña de que van a"cortarles el cuello".

Tampoco se salvan las librerías. Más si tienen cafetería anexa que, como cualquier bar, es una fuente de botines valiosos, léase carteras y celulares.

Según cuentan en dos de esos negocios céntricos, los libros y discos que se hurtan suelen ir a parar a las ferias de usados.

No les tomanla denuncia

A Julia y Analía les robaron sus billeteras con todas las tarjetas, respectivamente, por Sarmiento y la peatonal. Pero al ir a radicar la denuncia a la seccional 2ª nadie se las quiso tomar. A las dos las obligaron a llevarse una constancia de extravío, aunque ambas insistían en que no habían perdido nada. Una de ellas recordó haber dicho a los efectivos: "Así les baja la estadística".

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