Edgardo Montaldo
Lunes 26 de Diciembre de 2016

Los sueños del maestro rebelde

Sus últimos días Edgardo Montaldo los pasó en una casa de retiro de la zona sur, pero su corazón estaba en Ludueña.

Sus últimos días Edgardo Montaldo los pasó en una casa de retiro de la zona sur, pero su corazón estaba en Ludueña. Donde estaban sus pibes, el comedor, los maestros de la Luisa Mora de Olguín y la comunidad salesiana. Todos testigos de la inmensa obra que el cura comenzó a tejer cuando en 1968 decidió meter los pies en el barrio industrial, frente a La Cotar, junto con los integrantes del oratorio Domingo Savio.

"No me digas padre, decime Edgardo", decía siempre con un mate en mano. Entendía que la forma de acercarse a los vecinos era tenderles un mate, una sonrisa y escucharlos. No enseñarles sino aprender de ellos. A partir de allí era posible construir todo. Hasta un mundo donde quepan otros mundos.

"Hay que ser rebelde en esto", decía. Ese maestro rebelde fue el alma de un trabajo colectivo que desde Ludueña creó un comedor, jardín, escuelas, una orquesta y múltiples espacios de participación formal e informal. Llevando a cuestas siempre la imagen de un Cristo roto. Yendo de casa en casa y "provocado por tantos trabajadores a tejer redes desde un templo sin ladrillos", como reseñó en el libro de su autoría "Mateando entre sueños".

Su alegría eran los pibes. Como los que iban a llenar de vida y alegría el comedor Betania. O los que participaban de la orquesta de Ludueña, que practicaban en la Luisa Mora de Olguín, la "escuelita del padre Montaldo", como todos la conocían. Hasta no hace mucho el cura guardaba su bastón y recorría la cuadra y media que separa el comedor de la escuela a bordo de una bicicleta violeta de tres ruedas. Cuando la manejaba por la calle Puelche su sonrisa atravesaba tempestades.


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Montaldo y su bicicleta.
Montaldo y su bicicleta.

Su dolor eran los pibes de los barrios. Como los que le tocó velar en la propia escuela, que se transformaba en capilla ardiente para despedirlos. Mientras los medios hablaban de los delitos cometidos por los chicos, él invitaba a pensar "en el robo de nuestros niños y adolescentes" a manos de la violencia y las bandas narco. Un problema "que no vemos y que al contrario, nos preocupamos por cómo vamos a defendernos de ellos", alertaba. Alguna vez utilizó el concepto de "biografías anticipadas" para describir esas vidas breves que transcurrían en entornos crueles y marginados.

Egdardo murió ayer a los 86 años. Estaba cansado y pasó la Nochebuena en la casa de retiro. El destino quiso que la vida de este cristiano comprometido con los más pobres se apague justo el día de Navidad. El año pasado, en una visita de este diario a la casa de retiro que fue su último hogar, Edgardo Montaldo dijo: "No sé qué hago acá, tengo tanto trabajo en Ludueña".

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