La ciudad
Domingo 29 de Julio de 2012

Las maestras estadounidenses del siglo XIX que nunca se fueron de Rosario

En el Cementerio de Disidentes hay seis sepulturas de otras tantas mujeres estadounidenses que llegaron a Rosario a fines del siglo XIX. Eran maestras y las trajo el afán de Domingo Faustino Sarmiento, por hacer brotar en estas tierras el movimiento intelectual que había visto en sus viajes al extranjero.

En el Cementerio de Disidentes hay seis sepulturas de otras tantas mujeres estadounidenses que llegaron a Rosario a fines del siglo XIX. Eran maestras y las trajo el afán de Domingo Faustino Sarmiento, por hacer brotar en estas tierras el movimiento intelectual que había visto en sus viajes al extranjero. Al país llegaron 65 y se distribuyeron en distintas provincias. A esta ciudad arribaron 16, pero sólo seis quedaron para siempre.

Ellas vinieron a formar docentes, legaron su saber y hasta sus vidas muy lejos de las acomodadas comarcas donde habían nacido. Con el paso del tiempo, lentos pero firmes, van llegando los reconocimientos para aquellas jóvenes aventureras tal como las consideraba la mirada conservadora de aquella época.

Las tumbas pertenecen a Sara Strong, Virginia Disosway, Clara Gillies, Jenie Hunt, Guillermina Tallon y Mary Ann Gillies. Ellas integraron el grupo de 64 mujeres y un varón que arribaron entre 1869 y 1891, cuando el país todavía sentía los cimbronazos internos de la organización institucional.

Ese escenario necesitaba escuelas para sistematizar la educación pública y Sarmiento encontró la forma: motivó a un grupo de docentes de Estados Unidos que aceptó el desafío.

De ese grupo, que algunos aumentan a 67 con 4 varones, a Rosario llegaron 16 entre 1870 y 1912. Fueron directoras, profesoras, maestras, secretarias y regentes. Algunas formaron familia dentro de comunidades locales anglosajonas. Otras volvieron a su país y hasta hubo quienes no tuvieron el sueldo prometido y los propios alumnos les costearon el pasaje.

Pero seis de ellas quedaron para siempre en esta ciudad y hasta en tumbas tempranas, por las que nunca nadie reclamó, como en el caso de Guillermina Tallon, que murió en 1907 de sarcoma de ovario, a los 25 años y sólo tres después de haber llegado. Por intrépidas, en un época brava para las mujeres que se atrevían a los desafíos, sus vidas cautivaron a los historiadores y a quienes gustan abismarse en el inefable universo de la condición humana.

Hacia atrás. Como médico y docente, Jorge Barragán encontró en aquella epopeya una metáfora de la biología evolutiva en la que una generación prepara a la siguiente en el camino de la vida, le enseña a vivir. "No es poco lo que hace un ser humano cuando toma el rumbo de la docencia", explicó por analogía en un escrito que llamó Maestras sin Fronteras. Allí cuenta que la motivación le llegó después de recibir un mensaje en el día de los educadores de quien fuera profesor suyo: Alberto D'Ottavio y que en el mail mencionaba la historia de aquellas pioneras que hicieron escuela.

"Es mucho lo que significa enseñar. Implica el convencimiento de una trascendencia segura. Y no importa si se trata de un viejo tibetano o de una joven norteamericana que cruza el mundo para ser maestra en la Argentina de aquellos años", hilvanó Barragán. Y enumeró las barreras que afrontaron las jóvenes intrépidas: discriminación sexual, religiosa (eran protestantes y no las enterraban en cementerios católicos), idioma y costumbres.

Pero, además de los cambios en la vida cotidiana, también se las vieron con escollos más contundentes, como los insultos y las piedras que solían arrojarles porque se las asociaba con culturas y creencias ajenas a las de estos lares.

Detrás de pistas imperceptibles, Barragán rastreó las causas de sus muertes. Hunt, a los 31 años en el invierno de 1892, víctima de influenza (gripe). Sus restos están en el osario común de Disidentes. Gillies, a quien criticaban por heterodoxa, por un aprendizaje basado en la motivación, sin

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