Fiesta electrónica en Arroyo Seco
Martes 03 de Enero de 2017

Las drogas, las fiestas electrónicas y los debates pendientes

Las trágicas consecuencias de una sociedad que esconde los problemas bajo la alfombra en lugar de abordarlos

Hay problemas —como todos los relacionados con las drogas y de hecho las drogas mismas— que se ocultan bajo la alfombra. Cuando una bomba se pone bajo la alfombra, no importa la calidad o naturaleza de la alfombra, no podrá mitigar ni camuflar la inevitable explosión.

Hace ya más de ocho meses de la Tragedia de la Fiesta Time Warp en Costa Salguero y pareciera que no han sido suficientes las cinco jóvenes vidas perdidas, ni el impacto mediático de las múltiples irresponsabilidades involucradas, comenzando por la ausencia de una política de cuidado y reducción de daños asociados a las drogas. Pasaron también varios meses desde la Fiesta Salomun en el salón Metropolitano, que en Rosario dio visibilidad (con su saldo de cuatro jóvenes internados) al hecho de que control de las fiestas o de los consumidores de drogas en las mismas no es necesariamente sinónimo de reducción de daños asociados al consumo.

Pareciera que no hemos aprendido aún que demonizar esos objetos malditos, demonizar a quienes los consumen y hasta a las escenas del consumo no es sin consecuencias. Estos escenarios pueden ser los asentamientos irregulares al hablar de cocaína o paco, las calles al hablar del poxy, la marihuana al hablar de un recital de música reggae o las fiestas electrónicas al hablar de las drogas sintéticas o de diseño. La mirada indiferente u horrorizada de nuestra sociedad no alcanza para comprender el fenómeno, a los jóvenes y sus trágicas muertes asociadas al consumo de drogas. Esa zona roja donde las problemáticas subjetivas y sociales y las de los jóvenes se entrecruzan con las drogas.

Sin diferencias

El umbral de tolerancia de todos como seres humanos no debiera hacer diferencias entre Rulo, un "soldadito" que murió en una guerra local por el territorio narco; Johnny, que murió por sobredosis de alita de mosca en un pasillo de un asentamiento en Tablada; Beto, que murió por sobredosis de opiáceos adquiridos en el amplio mercado negro local de los medicamentos; y Marian, que murió a raíz de una combinatoria explosiva de metanfetaminas, éxtasis, ketaminas, cocaína y alcohol en una clandestina fiesta electrónica. La situación social de unos y otros, lejos de eximir de responsabilidad al Estado, le demanda un abordaje amplio y complejo del problema de las drogas y de aquellos que las consumen. Una política de inclusión y cuidado.

En relación a las fiestas electrónicas, a nivel nacional se instaló un gran debate mediático y algunos legislativos. En referencia a estos últimos, pude acompañar dos proyectos en la Legislatura porteña y en Cámara de Diputados de la Nación, que proponen legitimar el abordaje de reducción de daños garantizando el derecho a la salud de los ciudadanos que consumen drogas y obligando al Estado a acciones específicas que hemos implementado hasta hoy sólo desde la sociedad civil.

A nivel local también fue tema de debate de funcionarios y políticos. Se cancelaron algunos eventos, se suspendieron las mega-fiestas electrónicas en algunos lugares para reciclarse en otros, con otros nombres, otros formatos. Incluso la clausura de un local de fiestas infantiles que funcionaba como after, como la persistencia de fiestas privadas en casas de las afueras de la ciudad, no es más que otra evidencia del hecho de la clandestinización de las fiestas, un fenómeno ni aislado ni exclusivo de nuestra ciudad.

El 2017 empieza con luto por una joven de 20 años que asistió a la Fiesta New Year Eve Party en Punta Stage, Arroyo Seco, a la que muchos en las redes sociales catalogan como "un infierno de calor, gente y pastis". Hace algunos meses los titulares sobre otra muerte a la salida de uno de estos eventos de música electrónica interpeló a la sociedad. No pudo menos que sorprender la imagen de un joven en soledad, que llegó sin amigos ni acompañantes y también sin vida en una ambulancia al hospital. Hubo datos encontrados en las redes sociales sobre dónde se descompuso, y hubo quienes se preguntaron si acaso estaba acompañado, pero fue dejado solo al darse la situación que generó su deceso. La escena nos induce a interrogar cómo influye el temor a la hora de responder ante una emergencia o una tragedia. El temor a ser detenidos, en caso de quienes han consumido drogas y/o están en posesión de una sustancia prohibida. El miedo a ser estigmatizados por estar en compañía de quien se ha descompuesto y/o ha muerto de sobredosis.

Doble moral

A los riesgos de las combinatorias de sustancias, riesgos de falta de conocimiento sobre la composición química de la pastilla que se supone es éxtasis y la ausencia de información sobre qué hacer si a un amigo le pasa algo a consecuencia del consumo de drogas y alcohol, debemos sumar los riesgos y los daños de la clandestinidad y la doble moral de nuestra sociedad. Una sociedad en la cual de la droga no se habla, las fiestas electrónicas se trasladan o metamorfosean, las políticas que pretenden abordar el tema lo hacen sin hablar de drogas como si fuera posible hablar de los riesgos de la deshidratación asociados al consumo de ciertas sustancias de laboratorio, sin hablar de estas drogas y en particular de sus efectos, de la hipertermia, la situación de baile, o sin fundamentar por qué no se trata de tomar cualquier bebida o sobrehidratarse.

Una sociedad que ha llegado al punto de poner bajo la alfombra sus problemas; empresarios que simplemente no quieren terminar como sus colegas porteños Conci o Stinfale, o los dueños de la productora cordobesa Buenas Noches (que a pesar de instalar un amplio sistema privado de salud con shockrooms en el estadio Orfeo debieron enfrentar recientes allanamientos en sus casas por la muerte de una joven por sobredosis de metanfetaminas y anfetaminas que habría comprado en la misma fiesta), que modifican el formato de sus eventos; funcionarios que apelan a los dispositivos de control, clausuras preventivas, suspensiones, operativos policiales y registros ampliados.

Ciudadanos que prefieren no ser asociados con las fiestas electrónicas, que temen la estigmatización y sanción social o la detención policial y el eventual castigo penal. Jóvenes usuarios de drogas que continúan en las fronteras de la transgresión y el peligro o sumidos en la vorágine de la experimentación y el poli-consumo de múltiples sustancias legales e ilegales, rehuyéndole a la mirada ciega de los que no los comprenden, ni los acompañan, ni los cuidan. Y en esta espiral, paradojalmente, los usuarios de drogas quedan más expuestos a los riesgos de sus efectos, pero también a los daños de sus combinatorias y de la falta de información y posibilidad de acceso al sistema de salud, a merced del dealer y su preocupación por la rentabilidad del negocio y de los peligros que el aislamiento y la soledad, pero especialmente el temor, añaden.

A nivel local

En mayo del año pasado el Concejo Municipal de Rosario se preocupó y ocupó del tema del consumo de drogas en las fiestas electrónicas. A raíz de un proyecto del concejal Carlos Comi pudimos realizar los parlamentos estudiantiles en el Concejo Municipal e incluir este tema en jornadas y talleres con jóvenes de escuelas secundarias de la ciudad. A raíz de un proyecto de la concejala Daniela León, nuestros concejales aprobaron por unanimidad un decreto para "la celebración de un convenio con el Centro de Estudios Avanzados en Drogadependencias y Sida (Ceads) de la UNR, con el propósito de crear estrategias de intervención en reducción de daños, asesorar sobre dispositivos de salud en eventos, realizar un relevamiento en terreno sobre drogas de consumo en fiestas electrónicas y realizar una experiencia piloto en la ciudad con intervención del programa de reducción de daños del Ceads UNR que permita contribuir a la reducción de daños y al relevamiento de datos necesario para la elaboración de un mapa de consumo y riesgos en la ciudad.

Confiamos, a partir de esta iniciativa, en poder contribuir a reducir situaciones como las de Costa Salguero, Metropolitano, Club Brown o Punta Stage, pero fundamentalmente que podamos finalmente aportar a que pueda instalarse en la ciudad un abordaje de cuidado y protección a nuestros jóvenes en estos escenarios, que más o menos camuflados, más o menos cosméticamente modificados, y a pesar de en ocasiones demonizados, seguirán existiendo.

Silvia Inchaurraga

Directora del Centro de Estudios Avanzados en Drogadependencias y Sida Ceads de la UNR Presidente H. Asociación de Reducción de Daños de la Argentina (Arda)

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