La ciudad
Domingo 14 de Mayo de 2017

La rosarina que fue detrás de sus certezas con la danza en la sangre

Marcela Bragagnolo se convirtió en una marca registrada en la formación de bailarines y asombra a las escuelas de ballet del mundo

"Me encantaba esconderme detrás del sillón de mi papá y soñar con la música que ponía cuando volvía de trabajar, con su copita de coñac". Desde la primavera de Nueva York, Marcela Bragagnolo evoca su relación con la danza y hay algo de certeza celebrada en su relato, la de aquella sensación de plenitud en los atardeceres de Parque Field, cuando era tímida y no sabía que su cuerpo diría más que sus palabras. Hoy es una marca registrada en la formación integral de bailarines y asombra con diferentes técnicas a las escuelas de ballet del mundo.

Bailarina, pedagoga y master trainer de gyrotonic (actividad física de cuatro disciplinas), la rosarina vive y enseña en Nueva York, pero recorre las principales capitales de ballet por su original propuesta de formación profesional. "Recién termino de entrenar a un grupo de sexto año de la escuela del American Ballet Theatre", dice desde su estudio. Horas antes había enseñado en Steps on Broadway, donde convergen figuras de la danza, como lo hacían Julio Bocca y Paloma Herrera cuando estaban en esa ciudad.

Bragagnolo aquilató experiencia como bailarina en la Opera de París y el Ballet de Cuba. En su rol de docente, desde el año 2000, sumó técnicas contemporáneas, teatro, pilates y yoga. En la actualidad tiene una activa carrera internacional con clases de ballet y formación de profesores. Madrid, Montreal, París, Singapur, Ginebra y Buenos Aires, por citar sus últimos destinos.

Su tarea en Nueva York también incluye clases de ballet en la compañía Alvin Ailey y haber iniciado, en 2015, el departamento de ballet en la escuela de Martha Graham. En su trabajo pedagógico convergen lo transitado en las escuelas de Francia, Cuba y el American Ballet Theatre, disímiles y complementarias, las postas recorridas detrás de su certeza.

El sueño secreto

La tarde es cálida en Nueva York, dice Marcela, dispuesta a entrar en el arco de tiempo sutil que la separa de su barrio natal en Rosario, cuando sentía la música dentro del cuerpo "pulsando la sangre". O de su primera actuación, cuando fue "florcita" en un acto en la primaria. O cuando comenzó a soñar su futuro en las clases de la Escuela Municipal de Danzas y Arte Escénico Ernesto de Larrechea, mientras cursaba la secundaria en el San Francisco de Asís, de Alberdi.

"Bailar era mi sueño secreto, no podía decirlo porque en aquel momento era considerado un hobby", dice y cuenta que su inspirador fue el maestro Eduardo Ibañez. Terminó la secundaria a los 16 años y mientras preparaba el ingreso a la facultad, escribió en secreto para probar suerte con una beca. "Las fotos que envié salieron bonitas y mi carta de solicitud muy emotiva", explica riendo de aquel intento que incluyó una carta al entonces presidente Raúl Alfonsín para amortiguar el costo del pasaje.

Consiguió las dos cosas y voló a Suiza con una autorización de sus padres porque era menor. El sueño daba sus primeros pasos en una cultura diferente, un idioma que no conocía, el dinero escaso y trabajos cuidando niños. Pero había cruzado el Rubicón, sería bailarina. Sin embargo, para eso debía subir un par de escalones en técnicas y enfrentar un ambiente "muy competitivo" como encontró en la Opera de París, su segunda beca, dos años después y donde trabajó con Raymond Franchetti.

En medio de ambas, pasó por Bruselas donde en esos momentos triunfaba Jorge Donn porque la escuela de Maurice Béjart la atraía como un imán y pasó un año en Buenos Aires estudiando teatro con Agustín Alezzo. Era muy joven, la nostalgia pesaba, pero la certeza de que con su cuerpo casi podía crear momentos vivaces, ingrávidos, sintiéndose uno con la música, era más fuerte. "Nadie iba a definir mi camino, ahora trato de estimular a mis alumnos les digo que pueden llegar a lo que desean si trabajan libremente y lo exponen con pasión, siempre trabajo para lograr mis sueños", cuenta, después de dar clases, desde su estudio de Nueva York.


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Marcela, dando clases en el Centre National de Danse de París.
Marcela, dando clases en el Centre National de Danse de París.

Atletas en el aire

En la escuela de Béjart intuyó la profundidad de la carrera que había elegido. No todo era tutú y puntas; en ellos el espectador debía vislumbrar la personalidad, la pasión, casi la forma en que la música acompasaba la sangre o viceversa. Fue entonces que vislumbró otra certeza: el ensamble entre técnica, cuerpo y alma. "Un bailarín es un atleta, alguien que hace música con su cuerpo y a la vez un intérprete", explica.

Considerar la formación en la danza como una confluencia de arte, inspiración y destreza, también tiene una génesis en la carrera de Bragagnolo. Corría la década de 1980, ya era bailarina, aunque una extranjera en el conservador ambiente de la Opera de París. Probó suerte con un concurso que, aunque ganó el Ballet de Cuba, fue una llave casi mágica para su destino.

"Me invitaron al Ballet Nacional de Cuba y acepté para hacer mi primera experiencia mientras encontraba una solución creativa para tener la nacionalidad que me permitiera trabajar en Europa", explica. Y dice que como no "adhirió a su política ni al comunismo", estuvo como invitada, sin recibir pago, sí una casa y una bicicleta con la que se movía de acá para allá en jornada de ensayos agotadores y privaciones que la fortalecieron.

Para zanjar otra vez el tema de ciudadanía, ingresó a un programa de la Universidad de La Habana, cuatro años de arte y pedagogía para convertirse en maestro de ballet. "Fue fantástico", evoca de aquellas figuras de fuste que conoció en la isla donde tomaba clases mañana y tarde para convertirse en profesora y aprender las técnicas del Ballet de Cuba.

"Allí comencé mi formación pedagógica y lo que hace a la originalidad de mis clases ahora; no sólo aprendí técnica, también a ser fuerte, había que resolver problemas todo el tiempo, pero con humor como lo hacen ellos", cuenta sobre la falta de luz, agua y "comer arroz todo el tiempo".

Cuando consiguió su pasaporte italiano regresó a Francia. "Alguien me vio bailar, audicioné y me mandaron a probar los trajes para la Bella Durmiente", evoca. Otra certeza confirmada, estaba en la Opera de París, haciendo las grandes producciones. Fue allí donde terminó su carrera "temprano" por varias razones: su hermana estaba enferma y su novio había encontrado trabajo en Nueva York.

Allí formó su familia, se fascinó con la preparación de los actores, estudio teatro porque pensó que "eso faltaba en la danza". Ahora entrena estudiantes de ballet y forma instructores de gyrotonic, mientras recorre el mundo con la convicción de lo que pueden la pasión y las certezas. Marcela saluda con la misma satisfacción de toda la charla. La distancia entre pasado y presente tiene la flexibilidad de una pirueta en el aire.


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