La ciudad
Domingo 10 de Septiembre de 2017

Hostels: una alternativa para quienes llegan a trabajar a Rosario

Los jóvenes que arriban a la ciudad buscan superar las dificultades de encontrar dónde vivir y los eligen porque les exigen pocos requisitos

El primer hostel que hubo en Rosario empezó a funcionar en 2004. La modalidad de alojamiento a turistas ya estaba instalada en otros lugares del mundo pero, a nivel local, era novedosa. Habitaciones compartidas a precios más bajos que otros tipos de alojamiento y atractivas para otro tipo de público: los jóvenes. Trece años después, el espíritu sigue siendo el mismo: albergar en la ciudad al turismo joven. Sin embargo, a Rosario no sólo llegan personas a conocer la ciudad, muchos lo hacen para quedarse. Por estudio, por necesidad de trabajo o por vivir la experiencia de habitar en otro lugar. Pero instalarse en un lugar nuevo enfrenta a los recién llegados a las dificultades de encontrar dónde vivir. "Cuando no tenés recibo de sueldo, alquilar es difícil", dijo Gonzalo (23), que hace unos meses llegó de Gualeguaychú para trabajar y encontró en un hostel su casa.

No hay que confundirse: los hostels no son pensiones. El objetivo de este tipo de albergues no cambió. Siguen apuntando al turismo como norte de su actividad. Pero lo cierto es que, en muchos casos, tienen algunas de sus plazas ocupadas por personas que viven allí, aunque sea de manera temporal y rotativa.

La mayoría tiene menos de 30 años y llegó hace poco a Rosario. Y, en una ciudad grande donde no conocían a nadie, el movimiento de un hostel se convirtió en un alivio al desarraigo que les tocó o decidieron vivir.

Joaquín tiene 25 años. En Romang, al norte de Santa Fe, trabajaba en una fábrica de premoldeados de hormigón, pero quería vivir en una ciudad más grande. Por eso buscó trabajo hasta que lo consiguió. En apenas tres días dejó todo y llegó a Rosario como playero en una estación de servicios. Desde hace un mes y medio, vive en un hostel del centro.

La diferencia burocrática con gestionar un alquiler es sustancial. Los recién llegados muchas veces no tienen recibos de sueldo porque, si vienen a trabajar, están en período de prueba. Además, reunir el dinero que requiere comenzar a alquilar tampoco es sencillo: sellados, depósitos y mudanzas. A un hostel se ingresa sólo con DNI o pasaporte y abonando el mes.
De todos modos, no todos los hospedajes de este tipo reciben huéspedes por estadías tan largas. "Depende de cada hostel. Los que los aceptan, les destinan un pequeño porcentaje de camas, porque la mayoría las dejan reservadas para los turistas. Y además por ordenanza las estadías no pueden ser de más de un mes, que después se pueden renovar", remarcó Omar Ortiguela, presidente de la Cámara de Hostels de Rosario.
Sin embargo, en algunos hostels los dueños asumen que, en las épocas donde hay poco movimiento, esos residentes de largo plazo les aseguran un ingreso fijo mensual. Así, el beneficio es mutuo.
Franco llegó a Rosario por trabajo. Abandonó Gálvez, en el departamento San Jerónimo, porque consiguió un empleo en una imprenta con condiciones más favorables que las que tenía en la carpintería en la que solía trabajar. Tiene 28 años y los primero que hizo fue averiguar en residencias de estudiantes que le habían apuntado. Pero allí el requisito era, justamente, ser estudiante, y no lo cumplía.
"El trabajo me salió medio de repente y no tenía dónde parar. Por ahora me quedo acá, porque no se si con mi sueldo me alcanza para alquilar", contó el joven imprentero.
Además de los requisitos, el precio de los alquileres de departamentos es determinante. Un monoambiente, sin gastos, no baja de tres mil pesos. A eso hay que sumarle las expensas y los servicios. Con esos mismos tres mil pesos, en algunos hostels alcanza para acomodarse un mes completo en habitación compartida. La solución no es ideal, pero se amolda al bolsillo.
Desde Ecuador
Eduardo, de 25 años y ecuatoriano, estudia en Rosario desde hace 5 años y vive en un hostel desde hace algunos meses. Llegó allí porque no tenía trabajo ni plata para renovar el contrato de alquiler. "Vivir acá tiene cosas buenas y cosas malas. Me gusta compartir cosas con gente que no hubiera conocido. Los que están viviendo acá y los que vienen por unos días de otros lugares del mundo. Pero se hace difícil mantener el ritmo laboral cuando hay gente de joda", bromeó.
Las comodidades no son las mismas, pero las ventajas son otras: la familiaridad. "Los que vivimos acá somos un grupo muy reducido. Vivir al ritmo del un hostel tiene sus cosas. Te tenés que adaptar a los horarios de gente que está viajando, pero eso también te hace conocer mucha gente de distintos lugares, aprender cosas. Cuando no estamos trabajando o estudiando pasamos mucho tiempo juntos, se generan grandes amistades".

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