La ciudad
Domingo 21 de Mayo de 2017

"Fue Martín, pero esta noche puede ser cualquiera de los pibes"

El cura de la parroquia a la que iba un adolescente asesinado el jueves pasado afirma que "el Estado, la sociedad y la Iglesia están llegando tarde".

"Firmé como Martín RC", le dijo orgulloso el adolescente a Gonzalo Carbone, sacerdote de la Parroquia María Madre de Dios, cuando bajó de terminar el trámite para tener el nuevo documento de identidad. Martín Reina, con 17 años, llegó a la iglesia de barrio La Lata sin saber leer y escribir, y este año estaba cursando la primaria, igual que su hermana. Por eso, estampar su firma había sido un desafío. Es más, ese miércoles el adolescente se levantó para hacerse el DNI y esa misma mañana le preguntó al cura si podía llevar a Feo, su perro, para que el Imusa lo esterilizara. Fue a clases, le prometió al profesor "ponerse las pilas" y se quedó jugando al metegol. Perdió y pagó la Coca Cola de sus contrincantes. Jugó en el mismo salón de usos múltiples de la parroquia donde al otro día, luego de que le pegaran un tiro en plena madrugada, su familia pidió permiso para velarlo porque no tenía otro lugar.

"Es el primero de los chicos de la escuela que muere de esta forma y fue un shock para todos, pero sabemos que no hay un solo Martín, sabemos que hoy, sábado a la noche, puede ser cualquiera de los pibes, porque esta violencia no discrimina", admitió ayer, no sin impotencia, el sacerdote de 32 años que lleva dos al frente de la parroquia del barrio.

El salón de la esquina de Paraguay al 3000 solía estar abierto sólo los domingos. Desde hace dos años se convirtió en centro de día, espacio de prevención y contención en casos de consumos problemáticos, club deportivo, espacio de capacitación en oficios y talleres, y este año también abrió la escuela, con nivel primario y secundario para adultos.

"Empezamos con actividades un par de horas a la tarde y ahora estamos desde las tres de la tarde a las 10 de la noche; y así y todo, cuando pasan cosas como la muerte de Martín, se siente la impotencia de que no alcanza", admite Gonzalo, que se refugia de esa impotencia no sólo en su fe, sino en la certeza de que "el camino es contenerlos y mantener las puertas abiertas".

Esos espacios abiertos por los sacerdotes radicados en La Lata son parte de una experiencia que se puso en marcha hace dos años y que se replica en otros ocho barrios, como Tablada, Las Flores, Tío Rolo, Ludueña, Puente Negro, Saladillo y Mangrullo, y que son parte del proyecto que empujan unos 15 curas integrantes de la pastoral villera y la pastoral de drogadependencia de la ciudad.

"No hay prevención: el Estado no tiene políticas para frenar el consumo de sustancias ni en los barrios ni en el centro"

Allí concurría a diario Martín, el adolescente asesinado en la madrugada del jueves en Villa Moreno, a unas 20 cuadras de su casa, donde había ido a ver a una amiga pese a había recibido amenazas a través de la red social Facebook. No era el único de su familia que pasaba tiempo en la parroquia: su hermana concurre también a la escuela y él había estado la mañana anterior a morir tramitando su documento.

"Estuvo todo el día, era de los pibes que te peleabas, los echabas y volvía sin rencores, porque de eso se trata", contó el sacerdote y señaló que como a muchos otros, le costaba sostener la asistencia cotidiana a clases.

"Les pasa a muchos de los chicos —continuó—, pero sobre todo a los que ya son adolescentes y, como le pasó a él, no llegaron a terminar el primario. Se les hace difícil la constancia porque el estigma que cargan es mayor".

El sacerdote no habla de bandas en el barrio, pero sí una y otra vez de "violencia y consumo naturalizados por todos".

Por eso, puertas adentro, las reglas son dos y claras: no consumo y no violencia. Sin embargo, no deja de decir que "cuando pasa lo de Martín, como lo de muchos otros pibes, es que todos llegamos tarde, el Estado llegó tarde, la sociedad llegó tarde, y la Iglesia llegó tarde".

Contener

El sacerdote recalca que vive y duerme en la parroquia junto al referente de la pastoral de la drogadependencia, Fabián Belay, porque está convencido que eso es lo que le permite "tener otro vínculo y contacto con los chicos y con el barrio".

Son los dos sacerdotes y más de 25 voluntarios —apenas dos rentados— los que trabajan en la contención en tres ejes centrales: deporte, cultura y educación. Sin embargo, mucho de lo que pasa en las calles aledañas resuena en el salón de Paraguay 3011.

"El mismo día que murió Martín vino otro alumno del secundario porque su beba, que había nacido seismesina, había fallecido; y detrás llegaron referentes de 24 familias de la comunidad paraguaya porque habían recibido una orden de desalojo", enumera Gonzalo.

Sobre la contención, cuenta que a los más chiquitos, unos 60 pibes, se los logró anotar en la Liga Rosarina de Fútbol de Salón, lo que permite que entrenen dos veces a la semana, y compitan los sábados.

"Esa continuidad les permite hacer un hábito y tener un compromiso, es diferente que jugar a la pelota de vez en cuando", afirma.

Prevención cero

Con los adolescentes la tarea es más ardua, pero todos tienen la puerta abierta. "Abajo está siempre libre para que estén jugando al metegol, hablando y tomando mate, pero si suben saben que es para otra cosa: para sumarse a un taller, empezar la escuela, hablar con la psicóloga o participar de las actividades que requieren de otro compromiso", dice Gonzalo.

Llevan una estadística y saben que una vez cada diez días van a tener que ayudar a un pibe a salir de una comisaría o acompañar a la familia.

Sin embargo, deja en claro que "eso es moneda corriente porque a veces los chicos se la mandan, pero también porque la policía viene al barrio, los patotea y los agrede sin razón".

"Cuando pasan muertes como la de Martín, se siente la impotencia de que nada de lo que hacés para evitarla alcanza"

Así, la violencia y el consumo son cosas de todos los días. "Esta naturalizado, la violencia de género y de las otras, es algo cotidiano; así como el consumo, que lo tienen tan naturalizado que no vienen acá a pedir ayuda por eso, cuando sabemos que hay consumo y que es muy problemático, sobre todo los fines de semana. que al alcohol y la marihuana se suman las pastillas", cuenta.

Por eso, las intervenciones que llegan son "en la emergencia", y remarca que "no hay prevención: el Estado no hace prevención del consumo de sustancias ni en los barrios ni en el centro, el problema es que en el centro hay mayores recursos y acá, la combinación de consumo y violencia son un cóctel complejo de abordar".

Pero esa no es la única ausencia del Estado. "Estamos hablando de un barrio que dejó de ser villa y por donde el Estado pasó, así y todo no hay ni siquiera un club en la zona", dice el sacerdote recalcando una ausencia, esa que convirtió a la parroquia en escuela, club, centro de día y de tratamiento, espacios de contención y capacitación.

"Se hace difícil", admite, sin alejarse de la convicción de que "hay que ir por más".


Primaria y secundaria con lista de espera

Con tres aulas y un mástil austero que, como todo, se guarda en el salón de la planta baja, y a pedido de los propios chicos del barrio, este año también empezó a funcionar en el edificio de Paraguay 3011 la escuela primaria y secundaria. Ya hay 12 alumnos cursando la primaria y otros 25 en la secundaria. "Y tenemos lista de espera, pero no tenemos más lugar", cuenta Gonzalo Carbone sobre el espacio que funciona, en el caso del primario, como aula radial de la Escuela Nuestra Señora de la Merced y, del nivel medio, como establecimiento de educación para adultos (Eempa). "Tenemos todas las autorizaciones, pero nadie puso un peso", aclara el sacerdote, e incluso señala que la actividad de los docentes también es por ahora ad honorem.

"Tener la escuela nos parece central. Es una de las claves que plantea el padre Pepe", dice en referencia al padre Pepe Di Paola, referente de los curas villeros en Capital Federal y que incluso participó de varios encuentros con los sacerdotes que integran el movimiento de curas barriales en la ciudad.

"El dice que el centro de día es club, colegio y capilla contra consumo; cárcel y cementerio. Llevamos las de perder, pero vamos para adelante".

Lo cierto es que tras un año de talleres, que el sacerdote mismo admite "no dieron muchos resultados", los mismos adolescentes y jóvenes del barrio pidieron la escuela, y arrancó este año. Es que muchos, como Martín, no habían siquiera podido terminar la primaria.

Así, un aula multigrado funciona con 12 alumnos, cuatro de ellos ya adultos y el resto pibes de 16 a 25 años; y el secundario tiene 25 estudiantes, de 17 a 25 años. "El 80 por ciento de ellos ya tienen familia y las chicas son sobre todo las que vienen incluso a clases con sus hijos", relata el sacerdote, mientras muestra orgulloso las aulas del segundo y tercer piso del edificio.

Sin embargo, además de las clases, la clave está en "combinar la teoría con la capacitación: todos hacen carpintería, después los varones hacen electricidad, y las chicas serigrafía y estampado de prendas". Es más, ahora hay un local céntrico que podría comercializar sus productos y eso tiene a las chicas entusiasmadas.

La demanda del barrio es grande y por eso, insiste en que "hay lista de espera"; pero también recalca "la necesidad de recursos".

Comentarios