Siete días en Rosario
Domingo 03 de Septiembre de 2017

Cuando los vecinos actúan ante la falta de respuesta estatal

Los rosarinos asistieron esta semana a una decisión que dejó al desnudo cómo en esta ciudad los vecinos se organizan para dar solución a problemas que deberían ser resueltos por el Estado. Pero se pagan impuestos y se escuchan discursos donde la palabra convivencia se repite hasta el hartazgo y esas soluciones no llegan.

El lunes pasado, cerca de las 20, vecinos de barrio Alvear tomaron mazas, picos y todo lo que estuvo a su alcance y derribaron un muro que cortaba una calle desde hacía cinco años. Había sido levantado en 2012 para resguardar el predio delimitado por las calles Ameghino, Constitución, Garibaldi y Castellanos. Allí, el gremio UPCN construyó viviendas para sus afiliados. En plena construcción y ante el cotidiano faltante de materiales, la firma constructora cercó el lugar.

Es más, ese año la urbanización había cambiado drásticamente porque parte del terreno había sido usurpado por decenas de familias. Con el tiempo, el cerco se convirtió en muro, el muro bloqueó la calle y al paredón hasta le pusieron puerta de ingreso. Se abría a las 6 y se cerraba a las 19.

La pared estuvo cinco años. Los que estaban del lado de adentro decían que eso les daba seguridad. Los que quedaron afuera protestaban porque les bloqueaba, entre otras cosas, el paso directo hacia un dispensario.

Los "extramuros" además se mostraban molestos porque sus vecinos los hacían sentir como delincuentes. El paredón los dividía al tiempo que acrecentaba los rencores en la ciudad que hace de la convivencia toda una gran política discursiva.

El zanjón

A varias cuadras de allí, en 2014, los vecinos del barrio Tango, ubicado a la vera de calle Mendoza en su prolongación hacia Funes, se cansaron de robos y arrebatos. Juntaron plata, alquilaron una retroexcavadora y cavaron un gran zanjón a metros de la autopista a Córdoba. Aseguraban que por allí escapaban los motochorros, y la excavación se erigía como una barrera física bastante compleja de atravesar para los amigos de lo ajeno.

El barrio quedó así delimitado por una gran zanja, similar a las que antecedían a los castillos medievales. Es decir, en pleno siglo XXI los problemas son los mismos de antaño y ante la inacción oficial, las soluciones las toman los propios vecinos echando mano a recetas ancestrales. Levantan muros, cavan zanjas.

En otras barriadas pagan seguridad privada, que muchas veces llegan tras la extendida sospecha de que la seccional de la zona libera el sector para que las bandas delictivas se hagan un festín.

Y así pasan los años, y muchas veces el cansancio deriva en situaciones extremas. Desde 2012 estuvo el muro en barrio Alvear. La política de "búsqueda y articulación de consensos" jamás llegó a ese lugar.

Cuesta entender que la Secretaría de Ambiente de la ciudad haya diseñado una recolección puntual de los residuos en esa zona. Esta semana, voceros del área, y se recalca el término "voceros" porque los máximos responsables de la misma jamás respondieron las inquietudes de La Capital, explicaron que en el barrio cerrado por el muro se hacía una "recolección diferencial". Los vecinos juntaban la basura, la colocaban por fuera de la pared y el camión la retiraba de allí.

Pasándolo en limpio: el municipio no sólo naturalizó la ilegalidad de construir un muro sobre una calle pública sino que hasta modificó la prestación de los servicios para adecuarlos a una realidad que surgió por fuera de las normas.

Algo así como el refrán "si no puedes con ellos, únete", pero llevado al paroxismo de lo absurdo. Y en medio de todo ese cambalache y ausencia de respuestas oficiales, sucedió lo inevitable. Alguien se cansó, otros lo siguieron y el muro fue derribado a mazazos. Por fortuna, nadie resultó herido.

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