La ciudad
Domingo 17 de Septiembre de 2017

"Cuando entrás a un barrio peligroso, sólo sirve persignarte"

Colectiveros describen las situaciones que deben atravesar a diario en puntos críticos de la ciudad, donde son blanco de robos y agresiones

Atardece y las sombras van ganando la calle. Ya pasaron las 19.30 y Pablo conduce la última vuelta de su turno. El coche de la línea 123 surca el asfalto llevando a estudiantes y trabajadores que retornan a su casa al final de otra jornada. El camino se oscurece, los vecinos comienzan a guardarse tras rejas y postigos y el vehículo atraviesa una barriada que de a poco pierde los cordones y en su lugar aparecen pasto y zanjas. Las casas se hacen bajas, las paredes se descascaran y se ausentan los comercios. En las esquinas, sobre calles laterales de tierra, aparecen jóvenes reunidos alrededor de una moto. Está ingresando a esa zona de Rosario, tras bulevares, que de noche respira algo de bronca. "A esta hora tenés que empezar a mirar bien a quién subís", admite el chofer.

Desde 2015, la 123 rodea, entre las 19 y las 6, un área considerada "peligrosa" cercana a las vías del ferrocarril Belgrano, a cuyos márgenes, entre Cochabamba y Viamonte, hay un humilde asentamiento conocido como Bella Vista Oeste. No es la única que adoptó esa práctica por seguridad: al menos 14 servicios del transporte urbano local cambian los recorridos por la noche (ver aparte).

El año pasado, esta línea dejó de entrar durante todo el día a la zona, después de un violento asalto a un chofer que terminó herido de bala. Por las quejas de los vecinos, que habían quedado prácticamente aislados sin la única línea que pasa por el lugar, retomaron el servicio sólo en horario diurno. En menos de 24 horas ya se habían producido dos nuevos hechos de inseguridad.

Hace unas dos semanas pasó algo similar: hubo cuatro asaltos en el mismo día y los delegados decidieron interrumpir el ingreso hasta hace muy pocos días.

El recorrido de "seguridad" consistía en evitar las calles Riobamba, Gutenberg, Cerrito y Avellaneda, tomando el camino más directo por Camilo Aldao (ida) o Matienzo (vuelta) hasta Pellegrini.

La 123 conecta el centro de Rosario con barrios como Cinco Esquinas, Villa Urquiza o Godoy. El recorrido termina en el Parque Industrial de Pérez. En esa extensión atraviesa varias zonas consideradas "calientes". Pero en ninguna se producen tantos incidentes como en Bella Vista Oeste. "En la vía te tiran piedras para romper los vidrios laterales, se cuelgan por las ventanillas y manotean mochilas, camperas", cuenta Pablo. "En Servando Bayo y Cerrito me apuntaron con un arma desde la calle. A veces se suben varios y le roban a todos los pasajeros", agrega. "A un chico de la 121 le tiraron un escopetazo hace unos meses", recuerda de pronto, y parece que podría seguir todo el día.

El conductor dice que casi todos los asaltos ocurren en el paso a nivel de calle Riobamba porque se ven obligados a bajar la velocidad, ya que ni siquiera hay barrera. El promedio de atracos en ese lugar, en el límite entre la jurisdicción de la seccional 13 y la 14, es mayor a una vez por semana. "Hay vecinos que dicen que cerca venden falopa, por eso hay bardo. Dicen que son dos pibes que salieron hace poco de estar en cana y están haciendo cualquiera", aporta otro chofer.

Estrategias

¿Cómo trabajar en un escenario tan complejo? Hay posibles estrategias, según ambos, pero no son infalibles. "Lamentablemente tenés que mirarle la cara al que te para. No me gusta discriminar, pero si está todo tapado con gorra y capucha, sigo de largo", cuenta Pablo. "Cuando entrás de noche a un barrio peligroso, lo único que sirve es persignarte", lanza el padre de dos hijos. "Acá arriba; si no te cuidás vos, no te cuida nadie", detalla su compañero Adrián, uno de los que fue asaltado hace dos semanas.

"Seguridad no tenés, no la tenemos nosotros y no se la podés dar al pasajero. Pero si te dicen que hay que entrar, entrás", aseguran los trabajadores. Sobre posibles soluciones, Pablo opina que "no sirve que se suba un policía a pedir ticket para decir que controló". Sin embargo, asegura que el botón de pánico y la cámara sí evitan incidentes.

"La solución no es dejar de pasar, porque la gente queda a pata, sino que pongan un patrullero fijo en el punto donde afanan", opina Adrián.

Los pasajeros se llevan la parte más dura, porque se ven obligados a caminar siete cuadras por zonas inseguras para tomar un colectivo o al bajarse. "Por algunas lacras, pagamos todos", se queja una mujer que vive en la zona que queda aislada.

Los chicos que vienen de la escuela coordinan por WhatsApp con sus padres para que los esperen en la parada. Otros cuentan que tienen vecinos solidarios que a la ida los acercan a las avenidas donde pasan los coches. Algunos toman la decisión que pueden para sobrevivir: se bajan apurados y directamente corren hasta sus casas. Como se ve, en algunos barrios subir, bajar o llegar hasta el colectivo, no es tarea fácil.

Recorridos alterados durante la noche

Al menos 14 servicios del transporte local poseen recorridos diferenciados entre el día y la noche. Cuando se pone el sol, los choferes toman avenidas o calles principales y evitan las arterias internas de los barrios donde suele haber robos y agresiones. Unas 9 líneas y 5 enlaces sobre 65 que tiene el sistema presentan esta modalidad. Son el 106 (rojo y negro); 107 (rojo); 122 (verde); 123; 138; 139; 140; 153 (negro); y la K. Además, los enlaces Noroeste, Avellaneda Oeste, Parque Ibarlucea, Santa Lucía y la Ronda del Centro, no circulan en horario nocturno.

"En este laburo no queda otra: hay que curtirse"

Pablo trabaja desde hace seis años en la línea 123. Durante los primeros dos le tocaban los turnos nocturnos los fines de semana, esos que nadie quiere. Dice que "hay que curtirse" para hacer frente a situaciones difíciles. "Hay que aprender a poner cara de bulldog, sobre todo los viernes y sábados y con los pasajeros que vienen de salir", describe. "Cuando te manguean y les decís que no, a veces te ligás un ladrillazo en el parabrisas. Estás siempre expuesto, lidiás con borrachos, con faloperos", completa. Y cuenta una situación usual: "Por ahí se sube uno y te pide que lo lleves. Después quiere una moneda. Te bate que recién sale de la cárcel. Ves que se le traba la lengua y tiene los ojos rojos. Y le das, no te roba, pero te aprieta. Porque vos pensás que en cualquier momento saca un destornillador y te lo clava", admite.

   Otra situación compleja es cuando hay partido de Newell's y en Pellegrini se suben los hinchas que vuelven de la cancha: "Ahí a veces tocás el botón de pánico, porque roban o manosean a las mujeres, cae el Comando Radioeléctrico y los requisa". Sin embargo, en esas situaciones aclara que "el chofer nunca está del todo solo, porque vos ya conocés a todos, sabés quién te quiere y puede decir «paren muchachos que este chofer es buena onda» para que aflojen un poco". El hombre dice en ese sentido que nunca tuvo agresiones ni golpes: "Uno de noche aprende a manejarse".

   Como una paradoja del relato, cuando está próximo a llegar a destino el vehículo se detiene en una parada y suben su esposa e hijos. En las últimas cuadras del viaje el colectivo va vacío, sólo Pablo y su familia, como si fuera su propio auto un día de franco, compartiendo un mate cocido con galletitas. Y ahí, en ese resquicio de rutina, aunque el chofer dice que "esto no sucede todos los días", puede verse que a pesar de todo, aún considera que ese coche es un lugar seguro mientras el volante esté en sus manos.


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