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Lunes, 25 de noviembre de 2013  01:00 | La Ciudad

Unos 430 jóvenes de Rosario retornaron a la escuela para terminar la secundaria

La maternidad prematura y la necesidad de trabajar los habían hecho alejarse del colegio hace algunos años, pero en marzo pasado regresarony se sumaron al programa Vuelvo a Estudiar.

Sí se puede. Jonatan y Alejandra son alumnos de cuarto año de la Escuela Santa Lucía.

Por Carina Bazzoni / La Capital

María Alejandra González tiene 21 años y quiere ser enfermera. Jonatan González, quien cumplió hace poco 20, sueña con convertirse en preceptor de su escuela. La maternidad prematura y la necesidad de trabajar los habían hecho alejarse del colegio hace algunos años, pero en marzo pasado regresaron y en apenas unos días los dos jóvenes terminarán el cuarto año de la secundaria. Y ya empezaron a hacer planes para un futuro no tan lejano.

   Ale y Jony no son los dos únicos alumnos de la Escuela Santa Lucía, de Riobamba al 7600, que se sumaron al programa Vuelvo a Estudiar, lanzado en febrero por la provincia. Otros doce pibes del mismo establecimiento se sentaron en sus pupitres este año después de largas ausencias.

   Según estadísticas del Ministerio de Educación santafesino, la iniciativa posibilitó que en Rosario 430 jóvenes, de entre 14 y 22 años, se acerquen a 60 escuelas secundarias y establecimientos de enseñanza media para adultos de siete barrios de la ciudad. El año próximo el desafío será mayor: duplicar el número de jóvenes, escuelas y barrios a donde llega la propuesta.

   Para acompañar el regreso de estos alumnos se capacitó a 103 referentes institucionales dentro de las escuelas y doce consejeros que los asisten dentro y fuera del salón de clases. Cada uno de los regresos demandó distintas intervenciones: contactar a los jóvenes, a sus familias, invitarlos a acercarse a la escuela y, sobre todo, apoyarlos para que sostengan la decisión, resumió la ministra de Educación provincial, Claudia Balagué.

   El resultado, evaluó la funcionaria, es “muy positivo: el 60 por ciento de los chicos a los que pudimos localizar hoy está escolarizado y con un seguimiento dentro de la escuela”. Y aseguró que en 2014 el programa se extenderá a otros siete barrios, duplicando el número de escuelas y de adolescentes involucrados en la iniciativa.

Una gran familia. Alejandra vive en el barrio Las Palmeras, a pocas cuadras de la escuela Santa Lucía, con su marido y sus dos hijos: uno de 7 años y el más chiquito, de un año y medio. Es la segunda de nueve hermanos de los cuales sólo uno terminó la secundaria. Sus padres tampoco completaron la escuela media. “Pero siempre me ayudaron para que pudiera seguir estudiando”, afirmó la joven, que además de estudiar trabaja dos veces por semana limpiando casas.

   Ale dejó la escuela dos veces: la primera, cuando tenía 14 años y se convirtió en mamá. Después retomó, llegó hasta cuarto año y volvió a dejar. “Se me hacía muy difícil dejar a los chicos”, contó. Una situación que pudo resolver este año gracias a una hermana que se hace cargo de los menores por la mañana y un permiso especial para amamantar al más pequeño.

   “De mis cuatro amigas que hicimos desde el jardín de infantes en la escuela, sólo una terminó quinto año. Las otras quedaron embarazadas y dejaron de estudiar porque no tenían quien cuidara a los chicos. Sería importante que en estas escuelas haya guarderías donde las mamás puedan dejar a sus bebés”, planteó.

   Jonatan también tiene una familia más que numerosa. Es el más chico de doce hermanos y espera ser el único que convierta en realidad “el sueño de la vieja”: tener el título de bachiller.

   De todos modos, no lo convence la idea de terminar el colegio. “Sabés que pasa, siento que la escuela me saca de los malos caminos. Tengo un aprecio grande por todos los maestros, por todo lo que hacen por nosotros. Mi sueño es ser preceptor en esta escuela y compañero de mis maestros. Porque estar acá te cambia todo”, afirmó.

   Para los pibes como Jony, el tiempo que se pasa en la escuela es importante. La calle es la única alternativa posible a los salones de clases y, casi como en una espiral, la calle lleva a las adicciones y las adicciones a los problemas con la ley.

   La primera vez que Jony dejó el colegio fue en 2010 para trabajar en el bar Torino, de Pellegrini y San Martín. El año siguiente retomó, pero se quedó libre. “Me costaba levantarme a la mañana”, se disculpó. Este año volvió a intentarlo. “Le dí tiro parejo”, graficó, para luego agradecer el “aguante” de sus docentes.

   Mantener la asistencia tampoco se le hizo fácil. Gran parte del año trabajó en el supermercado Coto del shopping Alto Rosario en tareas de limpieza, desde las 23 a las 7, y apenas hacía tiempo para tomar el colectivo y llegar a la escuela.

   En unos días, Ale y Jony terminarán cuarto año. A ella le gustaría estudiar enfermería, quiere trabajar junto a sus docentes, en la escuela. Sus proyectos están por empezar.

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